Apología de las presentaciones de libros | Letras Libres
artículo no publicado
Foto: Beatrice Murch [CC BY 2.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/2.0)]

Apología de las presentaciones de libros

En contra de las presentaciones de libros pueden decirse muchas cosas, siempre abogando por el público, que se aburre. Pero que no se olvide que quien acude a ellas tiene un vínculo con el autor o desprecia las emociones fuertes; de otra manera no estaría allí.

De mi funesto periodo como promotora cultural, las tres presentaciones de libros que mejor recuerdo fueron ridículas. La primera: el autor llegó a mí emocionadísimo porque había ganado una convocatoria para publicar su libro debut de poesía en una editorial nacional… solo había tenido que dar 30 mil pesos para insumos y voilá!, le tocaban 200 ejemplares de un supuesto tiraje de mil. Mi trabajo era conseguirle un recinto acorde a la ocasión y, como todos los autores, se empeñó en que fuera en el Museo Francisco Villa (uno de los más grandes de la ciudad). Traía invitaciones impresas pagadas con su dinero y me dijo que él conseguiría los bocadillos. Cuando le pregunté por qué pagaba todo, me explicó que la editorial ponía el diseño del libro y difusión en redes a nivel nacional. Inocente, pobre amigo. Pero este no es un texto sobre la nueva modalidad de estafa que han encontrado editoriales e imprentas para sacarle dinero a escritores ilusos.

El día de la presentación el museo estaba a reventar porque el autor se las ingenió para que asistieran colegas sindicalizados. El protocolo fue tedioso, innecesario y especialmente cursi, pues el director del museo era amigo del autor e intervino para resaltar que esa sí era manera de publicar: en una editorial nacional “de a de veras”. El poeta llevaba preparado un video documental en el que su familia platicaba cómo la poesía tocó su espíritu desde la más tierna infancia y tan emotivo momento hizo que el interpelado rompiera en llanto.

La segunda presentación inolvidable fue la de una desconocida que llegó a mi escritorio con su flamante libro autopublicado, también de poesía, con un post-it con una lista de demandas:

-foyer del teatro Ricardo Castro (el más importante)

-brindis (vino de honor y bocadillos)

-invitaciones impresas

-rueda de prensa, entrevistas

-cobertura de medios

Fue muy difícil explicarle que, en la actual administración estatal, las instituciones públicas están bajo decreto de austeridad y que hasta los refrescos se consideran un lujo (reservado para los influyentes, claro está, porque a pesar de que nos prohibieron solicitarlos yo seguí viendo latas en las reuniones), que el teatro y su foyer estaban reservados para otro tipo de eventos (léase: a los que sí asiste gente, aunque sea acarreada) y que la única cobertura de medios que teníamos era la del departamento de difusión del mismo instituto. La carita de aquella señora ya mayor pasaba de la incredulidad al dolor y al enojo conforme mi discurso (aprendido a fuerza de repetirlo) avanzaba. Le ofrecí el Guillermo Ceniceros, un museo más pequeño que, además de bonito, tiene la virtud de que si va poca gente no se nota mucho. Aceptó a regañadientes y la programé para la siguiente semana.

Llegado el día me desconcertó que la mujer armara su propia mesa de bocadillos con bombones, frituras (tomó la precaución de llevar una botella de salsa) y refrescos tamaño familiar. Pero esa fue la más amable de las sorpresas: primero tuve que lidiar con su enojo porque solo hubo un fotógrafo presente y después me pidió que la entrevistara, para que pudiera declarar barbaridades como que dormía con muchas libretas en el lado izquierdo de su cama porque una voz extraterrenal le dictaba sus “poesías” e incluso las escribía con los ojos cerrados. La prueba de que esta voz venía de alguna parte remota del universo era que le decía palabras que ni ella misma conocía y por tanto debía buscar en el diccionario.

La tercera presentación todavía la recuerdo con un poco de coraje: fue un evento endilgado a fuerzas por ser amigo de una autoridad. El primer problema era que el señor, poeta también (acabo de notar un patrón), vivía en otro estado y era menester pagarle todo. En el presupuesto que yo manejaba no había una partida especial para patrocinar viajes a autores, ni mucho menos para hospedaje y alimentación. Pero como ya se sabe que vivimos en un país donde las amistades valen oro, se hicieron malabares financieros para cubrir los gastos. Cuál no sería mi sorpresa cuando le llamé al autor para darle la clave de su boleto redondo y me contestó que no le gustaba esa línea de autobuses, que mejor tomaba otro y que partiría antes para poder pasar una noche extra en la ciudad. De nada sirvió tratar de explicarle que los boletos ya estaban pagados y no podíamos darle dos noches de hotel.

Aquella tarde de miércoles la sala del Ceniceros estaba tan vacía que el administrador del museo mandó al chico de servicio social (quien llevó a su novia y una amiga) a fungir de público. La funcionaria artífice de aquel despropósito llegó con su asistente personal, quien me regañó por no haber arriado gente. El poeta, a su vez, me obligó a leer un texto que escribió para la ocasión una amiga argentina suya que hablaba de todo, menos del libro. El gesto complacido del poeta me hizo dudar seriamente de su compresión lectora. Pero todo salió bien: la funcionaria se sintió tan apenada porque el autor se quejó de que lo había invitado con la promesa de vender muchos poemarios, que acabó comprando libros hasta para los vigilantes. 

No son pocos los eventos en los que he escuchado a los participantes afirmar que las presentaciones de libros son un formato caduco que más valdría erradicar. Sostener que hablar de un libro en un espacio cultural ante un público (cautivo o no) es una práctica sin sentido mientras se es presentador me parece incongruente y de tan mal gusto como cuando a uno de los presentadores se le ocurre criticar con saña el libro presentado, creyendo que con ello lucirá objetivo y brillante. Autores como Daniel Espartaco Sánchez, Antonio Ortuño y Cristian Vázquez han escrito a propósito de las presentaciones, y aunque me parece textos muy atinados, no puedo evitar preguntarme cuáles son las alternativas que proponen los punks de las letras para liberarse del yugo de la formalidad y la autocomplacencia.

Contraria a ellos, creo en la eficacia de las presentaciones de libros porque, dependiendo de la labia de los involucrados, se cumple el objetivo elemental de vender. A menudo la presencia del autor es gancho suficiente, para prueba están las filas larguísimas de las ferias del libro. Por supuesto que si se trata de ilustres desconocidos o glorias locales, ese cartucho se quema a medias: si bien hay pocas probabilidades de que el lugar se llene de fanáticos seducidos por la esperanza de que, tras la muerte del autor, la historia de la literatura le otorgue gran valor a su ejemplar firmado, se compensa con la alta afluencia de parientes y amigos, quienes tienen el compromiso moral de comprar un ejemplar. Eso sin contar las anécdotas que el autor comparte y que establecen una suerte de complicidad/intimidad con el lector.

En mi experiencia como funcionaria pública pude constatar también la importancia de estos eventos para subsanar la autoestima de escritores y poetas que, a ojos vistas, sufrieron de falta de atención durante su infancia o acoso escolar. Nada mejor que una hora de reflectores para compensar una vida de incomprensión y aislamiento.

Quizá la solución esté en otro lado: hace poco fui parte del público de una presentación de novela en Guadalajara. A diferencia de la mayoría de los eventos que suelen extenderse ad náuseam, este fue breve, conciso y maravillosamente cómodo para mí, que llevaba puesta mi pijama. No se malentienda: ni era una nueva modalidad desesperada de los museos nocturnos para atraer visitantes, ni soy hippie. Asistí desde de mi cama, vía Instagram.

Transmitir en vivo o subir a redes sociales los momentos clave de los eventos literarios es una tendencia que va al alza y que aplaudo porque le encuentro numerosas ventajas. La primera es obvia: permite ser parte del público a quien no está en posibilidad de desplazarse a otro lugar, con la ventaja de poder desconectarse cuando los ociosos comiencen a hacer largas glosas sobre detalles que no vienen al caso o cuando al autor se pone a echar cebollazos en plan actor recibiendo un Oscar. La segunda es que no implica gastos ni se está obligado a comprar el libro, en caso de que los laudatorios textos de los presentadores no hayan resultado convincentes. La tercera es que con mirar unos minutos es suficiente para opinar y felicitar al autor para asentar que se estuvo presente a la distancia (hay quien considera obligatorio seguir estos formulismos para construir “relaciones públicas”).

En lo personal, no estoy de acuerdo con esta otra tendencia de tomar por asalto cantinas y table dances (lo viví en un encuentro de escritores en Mexicali, no hablo a tanteo). Me resulta chocante interrumpir el esparcimiento ajeno imponiendo la cultura en espacios a donde las personas van a divertirse. No me parece transgresor ni contestatario, antes bien, le encuentro un tufillo de superioridad intelectual, como si se hiciera el favor de acercar el arte al vulgo. Además en los bares hay mucho ruido y es lamentable ver a los autores compartir sus poemas o cuentos a gritos. En cambio, sí considero eficaz hacer lecturas en calles y plazas porque se queda quien quiere, dado que no hay galletitas como carnada.

En contra de las presentaciones de libros pueden decirse muchas cosas (todas son ciertas), siempre abogando por el pobrecito público, que se aburre. Pero que no se nos olvide que quien acude a ellas o tiene un vínculo con el autor (amor, odio, morbo), o desprecia las emociones fuertes; de otra manera no estaría allí. Nuestra obligación primordial como escritores es impedir que los asistentes se duerman. Hay que hacer ejercicio de humildad y aceptar que si uno es aburrido o tímido lo mejor es echar mano de un amigo simpático que haga ameno el asunto. El humor involuntario y los chismes que hagan la noche memorable surgen solitos.