Zonas húmedas, de Charlotte Roche | Letras Libres
artículo no publicado

Zonas húmedas, de Charlotte Roche

“La risa es lo propio y noble del alma”, escribió François Rabelais en el prólogo a su Gargantúa y Pantagruel, una obra del siglo XVI que su propio autor reconoce como non sancta, proclive a los excesos fisiológicos y al desparpajo de los sentidos. Origen de numerosos y sesudos estudios como el Rabelais y su mundo de Bajtin, esta novela da origen al concepto del “cuerpo grotesco”, una metáfora que relaciona la fisiología del cuerpo humano con el cuerpo social de una época.

De semejante estirpe de desmesura proviene la primera novela de la escritora anglo-germana Charlotte Roche (High Wycombe, Inglaterra, 1978), Zonas húmedas. Aunque los comentarios de las contraportadas suelen ser excesivos, Ed Caesar de The Sunday Times acierta al afirmar que estamos ante “el libro más osado que se haya escrito jamás sobre el cuerpo de la mujer”. La novela gira en torno a las peripecias anatómicas y sexuales de una muchacha de dieciocho años recluida en un hospital para someterse a una intervención quirúrgica por una fisura anal que ella misma se ha provocado al depilarse los genitales.

Con semejante pretexto, Helen Memel, protagonista de la historia, pasa revista a su vida sexual polimórfica: sola o con hombres, mujeres y objetos tan peculiares como huesos de aguacate. Si en su origen la palabra “escándalo” –del griego skàndalon, etimológicamente “piedra de tropiezo”– define aquello que amenaza con sacar algo de su curso normal, la novela de Roche es realmente escandalosa pues lleva la búsqueda del placer corporal a terrenos que transgreden la higiene, la mesura, el buen gusto. Pero también es escandalosa en un sentido literal, pues si hay algo que Helen disfruta tanto como los variados placeres que le procuran sus zonas húmedas es la verbalización de su creatividad e imaginación puestas al servicio de tales veleidades. Así, en una suerte de verborrea que inunda todo intersticio imaginable, nos enteramos también de los nombres con que bautiza partes y funciones de su cuerpo, y de sus aficiones nada convencionales en torno a orificios, secreciones, excrecencias, flujos y mucosidades de una manera desparpajada y totalmente desinhibida.

Porque, según la protagonista, “todos somos animales deseosos de copular”, ella se abre de capa y de piernas para hurgar y ofrecer al lector no una exploración erótica sino ginecológica pormenorizada, con un sentido del humor y de lo grotesco que en muchos momentos raya en la provocación gratuita –como en el episodio en que se sube al elevador del hospital y deja en el pasamanos la toalla sanitaria que acaba de quitarse porque le encanta propagar sus olores y gérmenes. Helen ejercita también el sentido de la ironía: se burla de las estampitas religiosas que cuelgan de la cabecera de su cama de hospital, de su jefe racista que vende hortalizas exóticas provenientes de pueblos colonizados, de su madre pudibunda que afirma que “no estamos en la tierra para ser felices”, de las prostitutas que ella misma paga y luego no lo quieren hacer por detrás; en fin, de un mundo de doble moral al que opone la desfachatez de su liberalidad guarra y su cachondería incontenible.

Y hacia dónde se perfila todo este gasto y festín de la carne y de sus fluidos, se preguntará el lector impaciente por decidir si se trata de una obra de valor o de simple pornografía. Con más de un millón y medio de ejemplares vendidos y veinticinco traducciones, Zonas húmedas debe sin duda mucho de su éxito a la morbosidad de un público ávido de escándalo y transgresión. Pero tanto las fotografías del ano recién operado de Helen como los embriones de aguacate que ella cultiva en su recámara y que solicita que le lleven al hospital para sentirse como en casa, o su negativa a “evacuar” el intestino porque eso significaría que la den de alta, son caprichos de una joven de dieciocho años que en realidad, a pesar de todas sus travesuras, se aburre, está sola y lo único que desea es que sus padres divorciados vuelvan a unirse en su cuarto de hospital. Y esta complacencia de un corazón desconsolado, aunque de apetitos incontinentes, es también atractiva para un público proclive a las historias rosas por más que se entinten y se suban de tono.

Una lástima porque la imaginación pantagruélica de Roche daba para mucho más. “La risa es lo propio y noble del alma”, pero en Zonas húmedas la risa termina por convertirse en un gesto de decepción. Si aplicamos la metáfora del “cuerpo grotesco” bajtiniano a esta novela, tendríamos que reconocer que con Helen Memel asistimos, en términos sociales, a la banalización del cuerpo como espacio para el placer erótico en aras de una fascinación por el vacío y el desencanto más anodinos.

Tanta incontinencia para nada. Claro que uno puede entender el anticlímax del desenlace –cuando la protagonista se resigna a que no podrá reunir a sus padres– trayendo a colación la era del vacío y la hipermodernidad rampante de nuestros días, pero a nivel de trama el lector exigente queda francamente decepcionado. ~