Zonas extraterrenas | Letras Libres
artículo no publicado

Zonas extraterrenas

Francisco Tario

Aquí abajo

pról. Ricardo Bernal, México, Conaculta, 2011, 174 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

_______

La noche

pról. Alejandro Toledo, Girona, Atalanta, 2012, 284 pp.

 

Mucho se pregunta, el asombrado lector, por qué del errático destino editorial de Francisco Tario (México, 1911-Madrid, 1977). Sus libros han circulado de manera discontinua, a menudo vistos como ejemplos curiosos de una vertiente fantástica que, se dice, no se ha injertado con familiaridad en la ficción literaria de México. Esta condición de escritor de culto ha dejado en los márgenes el valor de una escritura que, recurriendo a lo macabro y lo fantasmal, busca una ampliación de la realidad aprehensible por la conciencia.

Pero antes una precisión: no todo Tario es fantástico. En 1943, habiendo apenas debutado con los aterradores cuentos de La noche, el autor publicó su único libro de corte realista y psicológico: Aquí abajo. Esta, su primera novela, ciertamente cojea en su prosa, lastrada por no pocos adjetivos de más y lugares comunes que viran hacia lo grandilocuente (“La melancolía más profunda lo invadió”) y lo sentencioso (“De pie, por los siglos de los siglos, el misterio se mantenía en pie”), fallas de un narrador que acaso teme no dejar clara, con la mera descripción, lo pavoroso de los hechos. Pero, con todo y esas imperfecciones, la novela es inquietante: la voz en tercera persona, fincada en el discurso indirecto libre, focaliza la narración, con persuasiva movilidad, en la psique de los personajes y no se censura al zambullirse en situaciones drásticas: la violencia de los sueños, el sexo casi animal, la blasfemia y, sobre todo, una forma de náusea cuasiexistencialista. El membrete de libro menos favorecido que los adeptos de Tario le han colocado a Aquí abajo puede tener que ver con la presencia de un realismo, si bien bastante mórbido, nunca trasgredido en su verosimilitud, al lado de una invasiva manifestación de lo siniestro, a través de “guiños oníricos” –como los llama Ricardo Bernal–, “trallazos de una realidad terrible solo vislumbrada en estados de exaltación” por los personajes, para quienes el pasillo de una casa parece “una fosa” y la mirada de una mujer conoce “una especie de transfiguración súbita, semejante a la del místico que cree descubrir a Dios sentado sobre cualquier mueble”. Este choque entre el pacto realista y una imaginería de lo extraterreno es de alto riesgo: Aquí abajo pareciera hacer desventajosos malabares para quedar bien con el Dios de Zola y el Diablo de Villiers de l’Isle-Adam.

Antonino, el protagonista, vive en la ciudad de México en los años 1940, inserto en la rutina de la paternidad, el matrimonio y su oficio periodístico. Lo suyo es un estado interior conflictivo: frecuentes ataques de angustia y miedo lo hacen sentir vulnerable e intrascendente y le impiden integrarse a las expectativas de la sociedad. Esa desazón ante una “vida que nadie sabe para qué demonios sirve” llega a dimensiones casi cósmicas cuando Antonino se entera de una traición; advierte entonces la analogía de los seres humanos por encima de nacionalidades y religiones (“Pero un día, un irremediable día sin fecha fija, todos los hombres [...] se pondrían de acuerdo, [...] abrirían las bocas, se levantarían en puntas y lanzarían el grito más espantoso y dilatado de que se tenga memoria”) que lo impele a cometer un acto de violencia.

Así, incluso en su novela realista el autor dejaba ya la impronta de una visión de lo suprarreal tan propia de sus relatos fantásticos. De estos aparece ahora una antología en la editorial Atalanta: La noche reúne cuentos del homónimo primer libro de Tario, así como de Tapioca Inn (1952) y Una violeta de más (1968). En la superficie, la ficción breve de Tario sería vista como el afán recreativo de traer al paisaje literario mexicano espectros ingleses, brumosos jardines y casonas lúgubres. Pero Tario no se limita a un juego epigonal: los fantasmas y los monstruos –las dos categorías de entes de su fabulación, como señala Alejandro Toledo– le permiten traducir la percepción de una realidad más amplia, permeable e inmaterial que la que fija el racionalismo: una diégesis en la que, con dosis iguales de zozobra y humor, se mezclan estados que supondríamos desunidos: el sueño y la vigilia, la vida y la muerte.

Así se podrá argüir que la “rica imaginación” de Tario no es una facultad o una destreza sino una sensibilidad para distinguir lo invisible. Su fantasía se habría de verter en relatos que buscaban, sí, entretener, pero también soliviantar. Su humor no saca sonrisas sino muecas de estupefacción, pues Tario destruye aquello en lo que el lector cree (“¿Nunca, de veras, se te ha ocurrido incendiar tu casa con toda tu familia adentro? ¿Y por qué no lo has hecho?”, pregunta en Equinoccio, su breviario filosófico de 1946), y lo que el lector es: un ser risible constreñido por prejuicios, leyes y dogmas que ocultan una certeza: “¡Gran abono el hombre, realmente!”

De su primer tomo de relatos –en que predomina la operación de dotar de voz a animales, fantasmas y objetos, con una prosa de perverso poder sensorial–, esta antología trae las piezas magistrales, como “La noche de Margaret Rose”, “La noche de los cincuenta libros” o “La noche del féretro”. En este, un ataúd de sexo masculino, al ser llevado al velatorio, se pregunta cómo será la mujer que le tocará en suerte para su casamiento, eso que los humanos llaman entierro. Pero “un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio” lo espera para convertirse en su pareja por la eternidad, con lo que la narración hace una sátira del matrimonio. También, al invertir el luto de un solitario deceso en la boda de una imprevista pareja, el texto sugiere que féretro y cadáver, vinculados por un ritual de tanto peso, comparten un destino más trascendente que el que la visión antropocéntrica aceptaría: que la vida sensible no acaba con la muerte humana.

El desigual Tapioca Inn no está a mi parecer bien representado en esta antología: de él solo viene “La semana escarlata”, prolija relación sobre un hombre que en sueños asesina a gente que muere en el mundo real. En su lugar echo de menos, por ejemplo, “Ciclopropano” o “La polka de los curitas”, historia, esta última, por demás heterodoxa ante la temática del campo tan presente en el México del medio siglo: los habitantes de un pueblo empiezan a desaparecer misteriosamente, hasta que se descubre que han trasmigrado y ahora, felices de la vida, están... ¡en el Tíbet! Ante el temple telúrico de Al filo del agua o El llano en llamas, Tario bosqueja así, en clave jocosa y con un guiño al budismo, una ruptura con lo que, en el contexto campirano, era considerado lo verosímil.

De Una violeta de más destaco en esta antología el relato más extraordinario de cuantos Tario escribió: “Entre tus dedos helados”. Aquí el narrador ha dejado atrás el equinoccio visceral y burlesco de su juventud para adentrarse en la melancolía. Al irse a dormir la víspera de un examen, un estudiante vive una historia que involucra un amor incestuoso, un cadáver decapitado y el propio fallecimiento. El texto presenta, con una prosa compleja y de varias capas evocativas, una diégesis en la que no hay fronteras que tranquilicen: la existencia es plena, vívida, absoluta en cualquiera de los estados en los que hay materia.

Así, la narrativa de Tario tiene un influjo disolvente porque, a partir de la exploración de un estado de angustia connatural a la existencia corriente (“Daba terror vivir”, se informa en Aquí abajo), coloca a su lector ante la percepción de una realidad más vasta en la que todas las formas de la materia (lo humano, lo animal, lo inanimado) comparten identidad y capacidad sensible, y en la que se dejan atrás los límites de la razón para reconocer esferas superiores de lo existente, cruzando “el puente que nos mantiene en contacto con zonas extraterrenas que de algún modo nos pertenecen”, como dice Tario en una entrevista incluida en esta antología. Solo grandes autores son capaces de propiciar en quien los lee una tan poderosa expansión de su conciencia y su sensibilidad. Por eso Tario está, sin exagerar, a la altura de autores como Nikolai Gogol, Virginia Woolf o Juan Carlos Onetti. ~