Yerba americana, de Pablo Soler Frost | Letras Libres
artículo no publicado

Yerba americana, de Pablo Soler Frost

Sorprende que un narrador tan vehementemente antimoderno entregue ahora un “guión cinematográfico”. Pablo Soler Frost (ciudad de México, 1965), quien ha ejercido el escolio de la novela histórica de aventuras, presenta una inmediatista road-novel que parecería contrariar los perfiles de sus volúmenes previos.

Soler Frost no es autor de un Libro sino de una obra múltiple. Primero tenemos a un narrador explícitamente amexicano. Sus textos iniciales propalan una inexactitud: asumen la decisión de contar historias de épocas y lugares lejanos como un valor literario en sí mismo, sin caer en cuenta de que anteponer al color local del realismo el color bien documentado del exotismo nada añade al conocimiento de la ficción. Epígono de Borges –qué otra cosa acepta Borges sino epígonos–, en los relatos de Birmania (1999) y El misterio de los tigres (2002) Soler Frost privilegia la erudición y la anécdota y, con la excepción carismática del doctor Greene, que infunde vitalidad y gracia, los personajes tienden a verse como títeres en trasfondos concienzudamente detallados.

En paralelo, el autor noveló en tres tomos la saga de los Jensen, una familia de marinos daneses. La historia arranca en La mano derecha (1993), el ejercicio de un lector de Melville y Conrad que sin embargo sólo crea personajes de Verne. Su narrador hiperconsciente se afana en el decorado –lo que estipula multiplicar los nombres de platillos y barcos– y se rehúsa al conflicto interior: el capitán Nemo triunfa por encima de Lord Jim. Es ahí la suya una imaginación documentada, antes que una fabulación problemática de la vida aventurera. Pero con la continuación de la trilogía, Malebolge (2001), y sobre todo con el cierre, Edén (2003), que es también su novela más entretenida y sólida, Soler Frost se discierne como un narrador maduro, con un firme pulso prosístico en su apasionada omnisciencia. Aunque sus personajes siguen sin caracterizarse por ser inolvidables, él logra dar relieve humano a su imaginación, que se nota ya no pétrea sino vivaz.

Luego vino 1767 (2004). De muchas cosas se puede acusar a Soler Frost, pero no de ingenuo. Aquí se muestra conscientemente maniqueo, un narrador antimoderno y dogmático en su concepción de la “novela de tesis”: los jesuitas son víctimas pías y Carlos III un demonio. No vivimos el drama del novohispano Pablo Rayón; él no es un joven jesuita desterrado, es cualquier jesuita desterrado, el pretexto para una clase de historia apologética y para un desagravio histórico de la Compañía de Jesús. Las reglas así quedan claras. Lo buscado por el autor, entonces, no sería la novela de caracteres sino la novela de folletín; no el comprender desde la sensibilidad sino el enjuiciar desde la religión; no el personaje en su laberinto sino la peripecia en su torrente.

Su sexta novela, Yerba americana, parecería contradecir al Soler Frost exotista e historiador. Pero no hay tal. Cambia, de nuevo, el decorado, mas no la visión narrativa. Originada en un guión propio –que dio pie a la película 40 días–, la novela delata las texturas de su núcleo cinematográfico. De ritmo raudo y prosa eléctrica y viva, se funda en una afortunadísima voz en segunda persona que, entre la cercanía y la distancia frente al protagonista, no tropieza por excesos, si bien se limita por recato. ¿Qué sucede? Los entornos tienden a describirse en enumeraciones ausentes de construcción imaginística –más sospechosas de sugerir escenografía al cineasta que de hacer ver al lector. Luego, la travesía no da pie a hechos en que se muestren, y no sólo se expliquen –como sucede en los diálogos sobre historia y política– las relaciones, claro, tortuosas de México y el país vecino. No obstante, el punto central es que la exploración dramática se ve de nueva cuenta desestimada. Al apropiarse de una técnica tan emblemáticamente moderna como el cine, el pensador tradicionalista de las Cartas de Tepoztlán (1997) no muta, sino que refrenda su escaso interés por el desarrollo caracterológico, al punto de que la novela se antoja más una agradecible enciclopedia de la cultura estadounidense comentada por un erudito mexicano. Atiendo una réplica posible: si el prosista decide insistir en la novela de aventuras –ya sean marítimas o de carreteras–, un lector de antojos dostoievskianos, como es mi caso, apenas si tiene derecho a censurar la ausencia de un fuste dramático. Pero en Yerba americana la circunstancia es otra.

Con el antecedente de Jacinto, del relato “Eclipse” (incluido en El misterio de los tigres), David, el protagonista de esta novela, podría haber sido uno de los más complejos y entrañables seres de la ficción mexicana, por su encrucijada entre la homosexualidad, la fe católica y el alcoholismo. Los elementos: un triángulo amoroso que va del enamoramiento a la amistad y a la misoginia, un viaje por tierra al imperio del norte, un ir y venir entre el deseo y la culpa. Los elementos, solamente. Soler Frost, me temo, fue más leal al origen guionístico que a las exigencias novelísticas de la historia. Pues la novela apenas esboza mas no desarrolla el nudo dramático. El muy breve capítulo 80 apoya mi crítica: “La diferencia era que Andrés no quería ser otro, ni Ecuador, y tú, David, no habías querido ser nada más, sino ser otro, desde que tenías cuatro años...” Y ahí termina el apunte, sólo una sugerencia para consignar en la prosa aquello que se dejó insinuado en la pantalla, pero que podría haber sido el inicio de una penetrante inquisición psicológica sobre las contradicciones del protagonista. No sé si esa apuesta ficcional, desentendida de la introspección, sea la más fértil para expresar las complejidades humanas. Sé, sin embargo, que es congruente en Soler Frost: lo que ayer fueron mares, aquí son carreteras. En síntesis: una imaginación erudita al servicio de la aventura, no del personaje.

Es muy torpe exigirle a un autor aquello que ha demostrado no querer ser. Vislumbro, sin embargo, ese libro mayor: una novela de escenario aventurero, estilo eléctrico y vivaz, pasión ideológica resuelta no en enjuiciamiento proselitista sino en conflicto religioso interior, y un personaje examinado sin pudor en sus sombras y luces. Un vigoroso rehacedor de esa tradición que es la novela moral con trasfondo de aventuras: más un Graham Greene erudito, no un Julio Verne dogmático. ~