Vivir | Letras Libres
artículo no publicado

Vivir

Julio Scherer

Vivir

México, Grijalbo, 2012,

134 pp.

Un tímido estudiante asiste a la juramentación, entre siniestra y pueril, de una sociedad secreta de derechas; un joven e ingenuo reportero es engañado y exhibido por un dictador centroamericano; un hombre besa conmovido a su mujer en la oquedad que le dejó el cáncer de mama; un viejo periodista visita a su amigo, el escritor laureado, y derrama una lágrima cuando ante sus conmovedoras muestras de afecto y deterioro senil entiende que es huésped del Alzheimer. Estas son algunas de las escenas que conforman Vivir, un libro de fragmentos intempestivos, lirismo áspero, estampas nostálgicas y denuncia reiterativa, escrito por Julio Scherer (ciudad de México, 1926). Para alguien apegado a la coherencia puede resultar desconcertante, en Vivir, la confusión deliberada entre vida pública y privada; la disonancia entre la media voz de la confesión y el timbre estentóreo de la denuncia o la mezcolanza de géneros, que incluye remembranzas personales, anécdotas políticas y hasta un cuento fallido. No obstante la desigualdad de su factura, Vivir ejerce un atractivo magnético. ¿Por qué atrapa un libro desbalagado en estilo y confuso en su estructura? Primero por la prominencia del autor: Scherer es una figura fundamental y controvertida del periodismo mexicano que ha estado expuesta, opuesta e inmersa en el poder; un periodista de esa “vieja guardia” que, después de cumplimentar todos los ritos de iniciación del oficio y recorrer la calle, el campo de  batalla, la mesa de redacción y las rotativas, asume la dirección del periódico Excélsior en 1968, utiliza al máximo los márgenes de maniobra de la época, renueva la plana editorial, patrocina una revista de cultura y crítica que confía en el poeta Octavio Paz, toca temas y tonos que se desvían de la rígida agenda oficial y estira la liga hasta que, en 1976, con la intervención subrepticia del gobierno, es expulsado del periódico. Comienza entonces una cruzada en el periodismo independiente con un semanario que ha influido en la agenda y la forma de discutir, que ha tocado los extremos de la valentía crítica y el amarillismo y que ha mantenido un diálogo apasionado y polémico con los principales protagonistas políticos de las últimas décadas, así como con distintos representantes del contrapoder, desde el carismático guerrillero hasta el brioso narcotraficante.

Pero este libro no solo resulta seductor por su carácter testimonial, sino porque en esta serie dispersa de instantáneas el viejo reportero hace periodismo sobre sí mismo y a menudo se convierte en el más animado de sus personajes, como cuando muestra al niño temeroso, al joven idealista, al hombre enamorado o al periodista jubilado. De modo que en Vivir están presentes la materia inflamable de la historia política reciente, pero también la remembranza familiar, la intimidad cotidiana o la nostalgia del tiempo ido. Confidencias, infidencias, reminiscencias, amores y algunos rencores, emergen en esta prosa ágil y expresiva, de violento laconismo y de fulgurantes trazos, que relata desde los rudimentos del amor juvenil hasta las aventuras del corresponsal o las crónicas palaciegas del periodista consagrado que no pocas veces comparte la mesa con los sujetos de su crítica.

Vivir es un libro lleno de apreciaciones tan discutibles como llamativas, pues el Virgilio periodístico sabe excitar el morbo del lector y conducir en un periplo caprichoso por los infiernos y paraísos del poder. En este recorrido Scherer busca revelar los códigos, simulacros de urbanidad, usos y abusos consuetudinarios de muchos de quienes detentan el poder, así como las modalidades de connivencia, autocensura y complicidad que suele adoptar parte de la prensa. Cierto, hay poco de novedoso en términos de revelaciones y sus filias y fobias resultan cada vez más previsibles y debatibles; pero no importa, porque lo que mantiene la tensión narrativa e intelectual no es tanto la veracidad de los señalamientos políticos como esa agudeza psicológica, esa capacidad de subrayar el detalle crudo y elocuente que revela una personalidad en una sentencia y permite crear auténticos caracteres literarios. Por eso, los hechos narrados se convierten, más que en anécdotas de las antesalas y cloacas de la corte política, en episodios y pinceladas de la condición humana. Por eso, más que individuos de la plana política, de la nota roja o de la farándula, Scherer parece recrear personajes shakesperianos. Con su extensa galería, el autor se interna en las pasiones excepcionales, en las soberbias desbordadas, en las codicias inmanejables, pero también en ciertos rasgos de humanidad, de reciedumbre o de grandeza. Acaso sin proponérselo, Scherer imprime durabilidad y espesor literario a los materiales bastardos y efímeros de la política: sus funcionarios ensoberbecidos, sus empresarios truculentos, sus políticos veleidosos, sus guerrilleros pasados de moda, sus torvos delincuentes adquieren una nueva dimensión con la mirada empática del periodista, que les restituye humanidad y consistencia con esa prosa que aspira a la objetividad periodística, pero que también transmite la crueldad, la compasión y la comprensión del escritor.

Aunque Vivir se presenta como esbozo autobiográfico, poco hallará quien quiera hurgar de manera sistemática en la vida del periodista y encontrar una novela de formación: los gérmenes de autobiografía de Scherer responden a la memoria vaga y anárquica de las mejores sobremesas donde se escapan confidencias que revelan los distintos seres que emanan de un mismo individuo, pero que no encajan, ni aspiran a hacerlo, en un relato unitario. Esta obra memorialista, por lo demás, no se limita a Vivir, sino se encuentra dispersa en el conjunto de los libros de Scherer semejantes en su pulsión digresiva y en su convocatoria a un “yo” tan omnipresente como elusivo. Esta memoria entonces no vale tanto por su coherencia y reflexividad, sino por su intensidad, por su sobredosis de vida y pasión, por sus no disimulados afectos y odios, por sus equilibrios y parcialidades, por la desnuda sinceridad con que revela las honduras de un temperamento y las efusiones de un escritor. ~