Vigencia de Ramón | Letras Libres
artículo no publicado

Vigencia de Ramón

Guillermo Sheridan

Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde y otros ensayos afines

México, Tusquets, 2013, 410 pp.

Publicado originalmente en 1989, Un corazón adicto: La vida de Ramón López Velarde es un libro que nos presentó, por primera vez a muchos de nosotros, al personaje que estaba detrás de varios de los poemas más extraordinarios de la tradición lírica mexicana. Si López Velarde escribió, famosamente: “Yo anhelo expulsar de mí cualquier palabra, cualquiera sílaba que no nazca de la combustión de mis huesos”, el libro de Sheridan se encargó de rastrear el derrotero de esa osamenta durante sus treinta y tres años de vida.

Y si digo “personaje” y no “persona” es porque Sheridan dejó claro, desde aquel momento, que su investigación configuraba una vida y no una biografía, que, aunque abrevó en prácticamente toda la documentación que tuvo a su alcance en ese entonces, su escrito se tomaba la libertad schwobiana de imaginar la vida del poeta de Jerez y no de radiografiarla con exhaustividad científica. Y es exactamente por ese matiz –criticado por algunos– que Un corazón adicto fue literalmente absorbido por este lector como si se tratara de una obra de creación, que lo es, y no de un ensayo erudito, que también lo es.

Con una profusa iconografía en su edición original y un formato de álbum, el libro de Sheridan también se podía leer como quien desciende al sótano de la casa a hurgar en el baúl de la familia: fotos, postales y recortes aderezaban la conversación que el autor cocinaba, sabrosamente, con sus lectores. Ahí descubrí yo que las tensiones, contrastes y aun contradicciones de la poesía de López Velarde tenían correlatos precisos y puntuales con su vida, y que si bien “los poetas no tienen biografía”, los pasos por el mundo de este poeta en particular redondeaban con gran riqueza el destilado final de su poesía.

Dicho libro (que yo atesoro, precisamente, como si de un álbum de familia se tratara) ha sido reeditado y ampliado en un par de ocasiones por la editorial Tusquets, en 2002 y ahora en 2013 como Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde y otros ensayos afines. Ha perdido en formato e imágenes (aunque quedan algunas) lo que ha ganado en su ampliación editorial, pues Sheridan suma a esa vida cuatro ensayos y un apéndice con poemas. Los ensayos analizan con detenimiento –y ya desde su avatar más académico– la propia poesía, la correspondencia (hallada por el mismo Sheridan) con Eduardo J. Correa, la polémica de la nueva Revista Azul y las diversas interpretaciones sobre la muerte prematura del poeta.

La pertinencia de seguir editando este libro se debe, por supuesto, a que es ya un documento indispensable para entender la obra de un autor también indispensable, pero sobre todo, creo, a nuestra necesidad de seguir acercándonos al misterio y la maravilla de una producción literaria irrepetible. Cada generación construye a su propio López Velarde, y si en un momento se le recibió como al poeta de la provincia y en otro como al poeta de la patria toda, si algunos lo reclamaban como un católico antimodernista y otros como el pecador por antonomasia, hoy ya tenemos la suficiente información y distancia para aglutinar todas esas lecturas y sacar nuestras propias conclusiones. En plural: conclusiones, nunca una sola porque su movimiento fue el del péndulo que oscilaba entre la pena y el goce, la virtud y el pecado, la provincia y la capital, la devoción y la zozobra.

Con una prosa tal vez contagiada por su objeto de estudio, pero que ya es característica de él (generosa y certera en su adjetivación, profusa en picos y giros sobre el horizonte de su sintaxis, deliberada en un estilo que exige la atención activa y placentera del lector), Sheridan ofrece en este libro el estudio más completo sobre la vida y la obra del escritor zacatecano, y propone acercamientos de gran interés, como el de la asunción deliberada y consciente que tuvo López Velarde de su criollismo o como el de su lectura de ciertos autores españoles como Valle Inclán, cuyo Marqués de Bradomín de tantas maneras nos recuerda al personaje que el poeta mexicano hizo de sí (que era católico y sentimental, pero no feo).

¿Somos lo suficientemente maduros para evitar la lectura hagiográfica de la vida y obra del poeta? Sheridan advierte: “Es nuestro único moderno a la altura de la santificación popular y académica, y por un curioso acto de prestidigitación oficial, un vigilante más de la mexicanidad: López Velarde se ha convertido en lopezvelardemanía.” La prestidigitación se da por todos lados: al querer revelar, en su poema más célebre, la intimidad de la patria con un tono deliberadamente asordinado, le sale el tiro por la culata y se convierte en el poeta oficial de una nación que siempre está a la búsqueda de una instantánea o un autorretrato que la defina de un solo golpe de obturador. Y al escribir “implosivamente en un momento explosivo de la vida de México”, al hurgar en sus propias entrañas en lugar de salir a recibir en el rostro las ráfagas de la Revolución, propicia “la revelación de una mexicanidad que se atisba entre las ruinas del viejo régimen y los cimientos del que poco a poco comienza a sustituirlo”. Hoy entendemos cómo esos movimientos a contrapelo de las corrientes de la hora, en su búsqueda genuina de sentido, cuajaron en una obra que si no declina es por ser ferozmente personal y por estar, más que desnuda, desollada: lo que leemos es una sangre en plena y tensa circulación. No lo santificamos: acudimos a él para seguir atestiguando, en esa bizarra procesión de esdrújulas e imágenes pasmosas, el prodigio de la poesía.

Un corazón adicto. La vida de Ramón López Velarde y otros ensayo afines demuestra cómo el microcosmos de una sensibilidad impar, en su obsesa reconcentración, es probablemente el espejo más fiel de un macrocosmos en el que un país convulsionado se movía en la dirección opuesta, centrífuga, también en busca de las eternas respuestas a las interrogantes de la identidad. López Velarde estuvo ahí, habitó ese meollo en constante tensión, siempre con “el afán temerario de mezclar tierra y cielo” y dejando en el camino una obra que aún nos deslumbra y que Guillermo Sheridan ha sabido estudiar y presentar con la gracia y la seriedad de un lector cómplice, atento, inteligente y creativo: el lector que Ramón más se merece. ~