Vértigo, de W.G. Sebald | Letras Libres
artículo no publicado

Vértigo, de W.G. Sebald

DEL ARTE DE LA MEMORIA W. G. Sebald, Vértigo, traducción de Carmen Gómez, Debate, Madrid, 2001, 203 pp.Huraño y refugiado en su despacho de la Universidad de East Anglia, el profesor W.G. Sebald (Baviera, 1944) trabaja entre retratos de sus admirados Thomas Mann, Bernhard y Kafka, cuyas vidas y textos se han acabado colando en su obra porque, al fin y al cabo, para Sebald "escribir es peregrinar por las palabras y vivir la vida de los autores que uno ama" (ABC Cultural, 30-09-00). Tal vez las razones del prestigio y el éxito alcanzado en apenas una década y tres libros por el escritor alemán haya que buscarlas en su deliciosa habilidad para convertir su saber libresco, su sensibilidad literaria, en aliciente para el lector y no en fárrago para el libro. En su primera obra importante, Vértigo (1990) —y sin embargo la última en aparecer en nuestro mercado—, el autor ya muestra las cartas de su poética concibiendo con páginas de diarios de viaje, autobiografía, ensayos, historia novelada y ficción (además de un álbum de fotos y un entrañable archivo en forma de collage a la manera de la vanguardia histórica, de Lowry o de Georges Perec) una monstruosa hidra verbal que cautiva al lector desde el principio. El narrador de Sebald, en efecto, peregrina por las palabras ajenas leídas con entusiasmo y las maneja a su antojo de la mano de paráfrasis, alusiones y ecos, recreando y recreándose en episodios de la vida de los autores que las escribieron. Disfrutará el lector con los episodios de la vida de un joven Henri Beyle que cruza el San Bernardo como soldado de Napoleón y más tarde se enamorará y escribirá sobre su viaje a Italia y sobre el amor ya convertido en Stendhal, del mismo modo en que será Kafka, más tarde en el tercer capítulo, "Viaje del Doctor K. a un sanatorio de Riva", el objeto de su ficción nacida del recuerdo inventado y la memoria artificial, entre referencias a las cartas a Felice Bauer y ecos indelebles de las montañas mágicas de Mann, de Broch, de Musil, en las que la verdadera enfermedad no es aquella de la que K. se cura en el sanatorio, sino el mal de melancolía con el que Saturno castiga a quienes persiguen la razón de la mano de la lectura y cultivan la sabiduría, como el propio narrador y el mismo Sebald, lector de Wittgenstein —cuyo retrato también cuelga de su abigarrado despacho de profesor de literatura europea— porque, siguiendo una secular obsesión del pensamiento germánico, siempre se repite que "la literatura no es nada sin el lenguaje", y en el dominio del idioma, en la imaginería constante y el aliento lírico de su prosa enseguida advierte el lector la magnitud de su compromiso literario con esa misma convicción.
     El narrador de Vértigo encarna la figura conceptual del homo viator, del peregrino espiritual del mundo que ya dibujara Gracián en su Criticón, viajero incansable que transita a un tiempo con el cuerpo y con la memoria, ilustrando en cada párrafo la fecunda idea de que "escribir es como pasear por la historia y por la biblioteca de la vida" (La Vanguardia, 02-11-01). Así, jugando a diletante entre ensoñaciones y erudiciones atemperadas por la amenidad de la prosa y el planteamiento, el narrador, suerte extraña de álter ego del autor, imagina al Dante por la Viena de 1980, le insufla la vida al Gran Canal, piensa en Casanova y se embelesa ante el hermoso lienzo de Pisanello San Jorge con sombrero de paja, que contempla arrobado en la National Gallery de regreso a casa, en Norwich. La prosa en ocasiones morosa, digresiva, meditabunda pero ciertamente hermosa de Sebald ("Bajo mis párpados cerrados comenzó a clarear. Ecco l'arcobaleno. Mirad, el arco iris se arquea en el cielo. Ecco l'arco celeste. De los telares del escenario cae el telón del sueño. Soñé con un campo de maíz ancho y verde, sobre el que una monja de clausura flotaba con los brazos extendidos", p. 91), logra trascender la mera peripecia en cada página, un punto lírica y sobrada de una cultura que se desmenuza para que el lector menos avezado la haga suya sin dificultad, y trae a la memoria los libros transgenéricos del triestino Claudio Magris, en Danubio (1986) o Microcosmos (1997) también reflexiona acerca de la cultura en Occidente, acerca de la tradición y de los individuos que la transmiten sirviéndose del viaje y del narrador viajero, a caballo siempre entre la referencia histórica, la geografía humana y el dietario. Sebald, no obstante, es sin duda más audaz en lo que atañe a las formas, y su literatura se nos antoja tan cercana a la ficción como próxima al ensayo resulta la del germanista italiano. El narrador, libresco, culto, exquisito y por encima de todo viajero, en cierto modo inaugura una estirpe a la que pertenecen asimismo el escritor que narra el periplo por el condado de Suffolk en Los anillos de Saturno (1995), su tercer libro de enjundia, y los personajes condenados al exilio literal o metafórico que atraviesan las páginas de Los emigrados (1993), como si el universo de Sebald descansara sobre un dantesco viaje alegórico que nos revelara al fin las razones del mundo y las identidades de Europa. Contribuye sobremanera a la felicidad de este viaje el coleccionismo iconográfico que enriquece el texto, tan cercano efectivamente a la poética acumulativa de Perec: ex libris, billetes de entrada, tarjetas, cartas o facturas de bistrot que estimulan no sólo el ejercicio del recuerdo, sino también una inmediatez que envuelve al lector de un modo irremediable en el viaje de Sebald del que ya forma parte. Aquel mecanismo proustiano de las reminiscencias y del arte de la memoria afectiva y artificial, con sus juegos con el tiempo y sus vínculos de identidad entre personas y épocas y objetos y lugares, regresa en la obra madura y cautivadora de Sebald, que ha sido capaz de devolverle a la literatura culta, lejos de impostaciones y alardes inconvenientes, su capacidad de fascinación de las mayorías. -