Una guerra conversada | Letras Libres
artículo no publicado

Una guerra conversada

Patricio Pron

Nosotros caminamos en sueños

Barcelona, Random House, 2014, 122 pp.

Publicada en una primera versión con el título de Una puta mierda, en 2007, al cumplirse veinticinco años de la guerra de las Malvinas, Nosotros caminamos en sueños de Patricio Pron (Rosario, 1975) cuenta la historia de un grupo de soldados remitidos a luchar en unas islas que su gobierno reclama como propias. Quien narra es un joven integrante de la tropa que en algún momento es herido y hospitalizado. Antes y después de ese episodio, la estructura es simple: el narrador reporta algún bombardeo pero, sobre todo, informa de conversaciones a través de las cuales se entera de incidentes absurdos y abusivos. Se cuenta cómo una bomba queda detenida durante días en el aire amenazando caer sobre los combatientes, cómo un soldado traba amistad con un lobo marino al que adopta como mascota, cómo turistas japoneses visitan las islas para fotografiar a heridos y agonizantes, etcétera. Paralelamente, los oficiales revelan cómo llevan una administración corrupta de los abastecimientos, manipulan cifras de muertos, acuerdan con un periodista publicar versiones falsas de los hechos o han vuelto un negocio la prostitución.

Esto es común: los personajes no mantienen oculta prácticamente ninguna de sus canalladas, que apuntalan el cariz inmoral de toda la operación. Un militar informa sobre el ejército: “somos una empresa capitalista de exterminio masivo que no escapa a la necesidad de optimizar sus recursos como cualquier otra empresa. Lo que usted tiene que hacer es matar a todas las personas que encuentre en la guerra sin detenerse en ninguna clase de consideración de índole moral o ética”. Cuando un soldado presenta dudas sobre la justicia del reclamo por las islas, el Capitán Mayor responde: “la justicia de nuestro país consiste en tener las cárceles vacías”, a lo que el Principal Capitán añade: “¡No hay presos en nuestro país! ¡Los arrojamos desde aviones, los tenemos en sitios escondidos y luego los enterramos sin nombres!” Poco antes del final, el soldado Wolkowiski, de quien se vino diciendo que guardaba un secreto importante, confiesa que “esta guerra es solo una distracción” diseñada por el presidente para paliar el descontento.

Las declaraciones cínicas y los reportes de episodios ilógicos no se detienen, pues, conformando un cuadro negativo del fenómeno bélico. Sin embargo, esa reiteración provoca que la novela sea más explícita como documento antibelicista que eficaz en tanto pieza de literatura satírica.

Por un lado, el texto incluye un repertorio de chistes basados en confusiones verbales que buscarían, pienso, explotar una vena infantilizada (“‘Mi cabo, no cabo en la cama’. ‘No sea burro, soldado, se dice quepo’, le había respondido su superior. ‘Ah, entonces: mi quepo, no cabo en la cama’”). Por otra parte, numerosas conversaciones apuntarían a la naturaleza guiñolesca y enviciada del ordenamiento administrativo en la institución militar (“La vigilancia de las trincheras es indispensable –comenzó–. Del asunto se encarga una comisión de vigilancia, la cual, en código militar secreto, es denominada ‘Comisión de vigilancia’; su función es vigilar y nosotros depositamos nuestra confianza en ella; es decir, confiamos en la Comisión de vigilancia para que vigile”). Sin embargo, uno y otro recurso, en su monótono abundamiento, concitan el dictamen de una reincidencia más bien mecánica, a menudo de una pobre contundencia en tanto simples gags.

Asumo que esta apreciación tiene que ver con los efectos de una decisión técnica: la función del narrador consiste, mayormente, en transmitir los testimonios escuchados –algunos de los cuales traen consigo formulaciones de expresiva puntería en el uso de la paradoja: “Al parecer, la guerra se caracteriza principalmente porque las personas se mueren [...], ¿no es increíble que la estemos haciendo tan bien, dada nuestra falta de experiencia?”–, pero, exceptuando su hospitalización, de la que fácilmente huye, no hay en el narrador ningún movimiento que lo espolee: no lo vemos urdiendo planes para desertar, para conseguir comida o sexo o para beneficiarse de los enjuagues de que, sin dificultad, se entera. Él se muestra aparte, estático, ante la desvergüenza reinante. Lo más que deja ver es una reiterada perplejidad ante los relatos de corrupción, y sus conclusiones traen un aire de tiesa grandilocuencia: “se extraía la impresión de que la guerra era una puta mierda, un asqueroso agujero sin fondo en el que todos habíamos caído por el peso de una historia desgraciada”.

Por esa falta de dinamismo en las acciones y motivos del narrador, aunada al hecho de que descansa casi exclusivamente en testimonios de los demás personajes, el libro no es una novela que desarrolle en clave satírica las brutalidades de la guerra: solo las conversa. Quiero decir: la barbarie bélica y la corrupción del ejército no se advierten por una actualización dramática de hechos concretos que la herramienta satírica explote llevándolos a extremos hilarantes, sino que se dan a conocer de manera indirecta, ya terminados, por referencias. Así, en vez de un relato que capture la incertidumbre y la sospecha ante las reales intenciones de una misión tramposamente enfundada en patriotismo se nos entrega una construcción esquemática, un manifiesto enfático, tajante y sin fisuras.

Por eso, los militares confiesan con anticlimática facilidad sus abusos (“lo mismo da si un soldado muerto tiene pollo en el estómago o solo piedras”) y el narrador, su indignación (“¡¿Que mataran a todos los que en ese momento estaban defendiendo el soterraño es una pérdida menor para ti?!”, reacciona ante un oficial cínico). Esta visión de blanco y negro le asegura al libro una escasa densidad ficcional y un pronto vaciamiento de su potencial relieve crítico. Provoca así que el empeño del lector no consista en acompañar, así sea con la risa nerviosa que la sátira activa, a los personajes en lo que significaría la experiencia del horror de una guerra en particular, con los efectos del cinismo y la putrefacción moral de los altos mandos, sino únicamente en asentir, sin pretender una mayor complejidad: sí, todas las guerras son terribles. ~