Una demolición intelectual | Letras Libres
artículo no publicado

Una demolición intelectual

La aparición del libro Serafina y Sor Juana, firmado por Antonio Alatorre y Martha Lilia Tenorio, no ha recibido la atención que se merece, en opinión de sus lectores (¿pocos?, sería una lástima). En todo caso, si ha sido leído, no ha sido comentado en las páginas de nuestra prensa literaria, lo cual nos trae a lo mismo: el hecho de que haya pasado prácticamente inadvertido. Estos renglones intentan lo que se llama “romper una lanza“ por la causa de ese libro, para señalar su importancia, sus alcances y sus excelencias intelectuales. La edición es de todo punto admirable; no es uno de sus méritos menores, por cierto, la impecable ejecución tipográfica, a cargo del taller Redacta, comandado por Antonio Bolívar Goyanes.
     No han faltado, por lo demás, insinuaciones o alusiones que parecen señalar en dirección a esta obra; un ejemplo: el último párrafo de una reseña firmada por Georges Baudot, quien comenta el libro titulado Sor Juana & Vieira, reseña aparecida en la página 13 del suplemento La Jornada Semanal del domingo 3 de enero de 1999. Escribe Baudot en defensa de Elías Trabulse —contra los recientes trabajos de éste se endereza la parte fuerte, polémica, de Serafina y Sor Juana: “Evidentemente, han podido últimamente emitirse algunas dudas sobre la autenticidad de dicha Carta de Serafina de Cristo, sobre su oportunidad y pertinencia dentro de la obra de la poeta, e incluso, sobre las conclusiones que dicho texto permite para los más preocupados por dar a Sor Juana una imagen acorde con su obra“. Y agrega a modo de remate: “Creo que habrá que volver a leer la Carta de Serafina de Cristo con mucho más cuidado y que habrá que escuchar a Elías Trabulse en todo aquello que todavía nos tiene que enseñar sobre lo que fue esa carta, lo que significa, lo que aporta, porque esa Carta es parte, y parte fundamental, de la obra de Sor Juana“.
     El problema no es pequeño: Trabulse le atribuyó esa carta nada menos que a Sor Juana Inés de la Cruz (por eso Baudot habla, convencido, de que es una “parte fundamental de la obra“ de la monja). Alatorre y Tenorio no han expresado precisamente dudas sobre esa atribución, están absolutamente seguros de que la Carta no es de Sor Juana, y dedican decenas de páginas de su libro a examinar minuciosamente los argumentos de Trabulse, a desmontarlos y a refutarlos. Para ello echaron mano de precisas herramientas de indagación críticas, filológicas, históricas, biográficas y hasta grafológicas. Agotaron de hecho el tema en sus principales zonas de debate y lo hicieron con cuidado y, sobre todo, con una suprema atención —que nunca cede un ápice a la complacencia o a la improvisación— a la obra sorjuanina. Al lector de Serafina y Sor Juana le queda la impresión de que ha asistido a una demolición intelectual: la de la tesis de Trabulse. De modo amplio y razonado, Alatorre y Tenorio demuestran convincentemente las equivocaciones trabulsinas y contribuyen a poner bajo una nueva luz la obra de Sor Juana, que es aquí lo que importa.
     La pregunta cardinal de todo este asunto es la siguiente: ¿quién era Serafina de Cristo? Alatorre y Tenorio ofrecen su propia respuesta en el tercer apéndice de su libro (pp. 140-146). Consignan ahí, en letra cursiva, su creencia en poseer esa respuesta, con toda cautela y responsabilidad filológica.
     El libro está compuesto por dos partes: “Serafina y Sor Juana“, que llega hasta la página 91 y que se ocupa de refutar detalladamente la interpretación de Trabulse sobre la Carta de Serafina de Cristo y todo lo que la rodea; y tres apéndices: “El Sermón de Palavicino“, “Los años finales de Sor Juana“ y “¿Quién era Serafina de Cristo?“, con lo que se llega hasta la página 146, a la que sigue un índice de nombres. En la primera parte el capítulo más importante es el sexto, titulado “Las hipótesis de Elías Trabulse“, aunque los cinco anteriores son indispensables para sostener algunas de sus argumentaciones.
     En el sexto capítulo los autores exponen primero las tesis de Trabulse, derivadas de sus publicaciones recientes sobre el tema: el “Estudio introductorio“ a la edición de la Carta Athenagórica, El enigma de Serafina de Cristo, Los años finales de Sor Juana y la “Introducción“ a la edición facsimilar de la Carta de Serafina de Cristo; las tres primeras de 1995 y la última de 1996. Las hipótesis principales de Trabulse son las siguientes:
      
a) Que la Carta de Serafina de Cristo fue escrita en realidad por Sor Juana, de su puño y letra.
     b) Que la Carta de Serafina (Sor Juana según Trabulse) está dirigida al obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz.
     c) Que la Carta de Serafina (Sor Juana según Trabulse) tiene por objeto revelarle al obispo de Puebla que el criticado en la Carta Athenagórica de Sor Juana no fue el P. Antonio Vieira, renombrado predicador portugués, sino el P. Antonio Núñez, a la sazón oscuro exconfesor de Sor Juana.
 
     Todos están de acuerdo en que la Carta Athenagórica fue publicada con ese título, sin el conocimiento de Sor Juana, por el propio obispo de Puebla bajo el nombre ficticio de Sor Filotea de la Cruz (y así, como Carta Athenagórica, es generalmente conocida, aunque después se tituló, en las Obras de Sor Juana, Crisis de un sermón). También fue publicada a principios del siglo XVIII en las obras de Vieira, Todos sus sermones y obras diferentes, y además en la defensa de Vieira, por una monja portuguesa, titulada Vieyra impugnado por la M. Sor Juana y defendido por la Madre Sor Margarita Ignacia. Según la interpretación de Trabulse, tanto el obispo de Puebla como los editores de las obra de Vieira y la madre Sor Margarita Ignacia habrían estado errados en la interpretación de la Carta Athenagórica al suponer que refutaba al P. Vieira. Y con ellos, como señalan Alatorre y Tenorio, “todos [los] que, desde 1690 hasta la fecha —con la sola excepción de Trabulse—, hemos dado por hecho que el impugnado en la Crisis, minuciosa y metódicamente, es el P. Vieira...“ (p. 73).
     En el sexto capítulo la refutación de las tesis de Trabulse empieza por lo relativo a la letra y la firma de Sor Juana. La firma de Serafina de Cristo es confrontada con siete firmas de Sor Juana y para la escritura se presentan comparaciones de seis mayúsculas y cuatro minúsculas procedentes del manuscrito de la Carta de Serafina y de los escasos autógrafos disponibles de Sor Juana en el Libro de profesiones de San Jerónimo. Las diferencias son notables. Se aduce también el testimonio de una experta en grafoscopía, publicado a fines de 1996, quien opina que las escrituras son desiguales y al analizar las firmas señala diferencias en la “forma, cortes, levantamientos de pluma, puntos de ataque, recorridos, puntos finales, tamaño y tensión gráfica“ (p. 66).
     En cuanto al supuesto destinatario y las intenciones de la Carta de Serafina de Cristo, es necesario introducir algunos antecedentes. Según diversos testimonios, ya en tiempos de Sor Juana hubo un impugnador anónimo de la Carta Athenagórica, como se desprende del sermón de Francisco Xavier Palavicino (analizado en uno de los apéndices), en el que negó expresamente ser el autor del libelo, y donde se refiere al autor embozado como “un Soldado“ (porque tal vez así se rubricaba el anónimo); en segundo lugar, según la propia constancia de Sor Juana en la “Respuesta a Sor Filotea“; y también en el comentario de Calleja en su Vida de la monja. A estos testimonios se añade, según la interpretación de Alatorre y Tenorio, la Carta de Serafina de Cristo, misiva enviada a Sor Juana (no al obispo de Puebla como interpreta Trabulse) que contiene grandes alabanzas para la propia Sor Juana y críticas para el censor anónimo de la Carta Athenagórica. Para llegar a esta conclusión Alatorre y Tenorio hacen una nueva transcripción de la Carta de Serafina (a partir de la reproducción fotográfica publicada por Trabulse) en el cuarto capítulo, “La Carta de Serafina de Cristo“, y una detallada explicación de su contenido en el quinto capítulo, “Lectura de la Carta“.
     La nueva transcripción de la Carta de Serafina pone al descubierto 17 errores “de lectura“ en la transcripción de Trabulse, y ocho más del copista (pp. 44-46). Estos últimos revelan que el manuscrito no es autógrafo sino obra de un copista que se esmera más en la caligrafía que en el sentido de lo que copia. El primer y más grande error del copista (y el que despeña a Trabulse hacia la interpretación de que la Carta de Serafina está dirigida al obispo de Puebla, de que la Athenagórica no se refiere a Vieira, de que las críticas de Serafina al “Soldado“ son críticas encubiertas de Sor Juana al P. Núñez, etcétera) es el cambio de “Mi señora“ por “Mi señor“. Que en realidad debió ser “Mi señora“ se desprende de muchos lugares de la Carta de Serafina: en el parágrafo 1, al iniciar la carta: “Vistas las athenagóricas cuentas que usted le ajustó al orador más cabal entre los de mayor cuenta en el mundo [a Vieira]“, que no puede referirse sino a la autora de la famosa Carta Athenagórica de Sor Juana; en el parágrafo 4 se menciona al “Soldado Castellano (se añade aquí “Castellano“ a la mención de Palavicino como “el Soldado“) que se ha atrevido a censurar a usted, hecho [convertido en] revisor de su Carta [la Athenagórica de Sor Juana]“, lo que coincide, como ya se ha visto, con Palavicino, Calleja y la propia Sor Juana en la “Respuesta a Sor Filotea“; en el parágrafo 11, en el que se habla de “la carta de usted donde... acertó a defender a los santos“ (San Agustín, Santo Tomás y San Juan Crisóstomo, defendidos en la Athenagórica por Sor Juana contra Vieira) donde el “usted“ no puede referirse sino a Sor Juana; en el 14, donde dice con todas sus letras “señora“: “En fin, mi señora, reconociendo yo...“; y en la penúltima de las quintillas finales, donde la identificación llega al nombre:
      
Si confuso caracol
     es lo dicho, Madre Cruz,
     aplíquele...
 
     Según Trabulse la Carta de Serafina, que a su juicio tal vez nunca fue enviada a su destinatario, estaba dirigida a Sor Filotea (que es el nombre ficticio del editor de la Carta Athenagórica, el obispo de Puebla: “Mi señor“ sería un guiño de inteligencia para el obispo), y tenía por propósito revelar la identidad del “Soldado Castellano“ (Trabulse ignora o pasa por alto la existencia del libelo contra la Athenagórica y contra Sor Juana, para poder interpretar la mención del “Soldado“ en el sermón de Palavicino como “el soldado de la Compañía de Jesús“, que sería el P. Núñez. También desconoce o desestima la coincidencia del contenido de la mención de Palavicino con lo que dice Sor Juana de su impugnador y lo que dice Calleja, coincidencia en la que nada tiene que ver el P. Núñez) al que supuestamente estaría destinada la crítica de la Athenagórica, en lugar de a Vieira (o al mismo tiempo que a Vieira).

“La 'construcción' de Trabulse nos deja estupefactos“ (p. 82), dicen Alatorre y Tenorio. La “estupefacción“ se refiere a la concatenación trabulsina de hipótesis débiles sobre supuestos inciertos para formar con todo ello una especie de teoría endeble, desde el supuesto autógrafo de Sor Juana, pasando por el “destinatario“ de la Carta de Serafina, y el “enigma“ de la misma Carta; hasta alcanzar finalmente al refutado en la Athenagórica, que no sería Vieira sino Núñez. Por lo que toca en especial a este último punto —la idea de Trabulse de que la Athenagórica tiene por blanco de sus críticas al P. Núñez y no a Vieira—, en el segundo capítulo, titulado “Avatares de la Crisis“, y aun en el primero, “Génesis de la Crisis a un sermón“, se ofrecen sobrados testimonios de que los contemporáneos de Sor Juana no tuvieron duda alguna sobre el destinatario de las críticas de la Athenagórica. Los dos capítulos son un modelo de crónica de la época y de los asuntos de Sor Juana; modelo, sí, por el brillo de sus reconstrucciones y por la gracia con que hilvanan los temas. Pero son también un arsenal de informaciones indispensables sobre el entorno de la Carta Athenagórica y en especial de sus repercusiones como refutación indudable de uno de los oradores sagrados más eminentes del tiempo de Sor Juana. En la segunda mitad del barroco siglo XVII, el P. Vieira era uno de los figurones de la teología europea. Sus sermones eran celebrados por todas las mentes esclarecidas del Viejo Mundo. Era una luminaria intelectual, comparable a fray Hortensio Paravicino (amigo de Góngora y retratado por El Greco), al poeta inglés John Donne —cuyas alocuciones en el púlpito pasaron a formar parte, con toda naturalidad, de la gran literatura inglesa barroca—, al obispo y orador francés Jacques-Bénigne Bossuet (p. 18 deSerafina y Sor Juana).
     A todas estas consideraciones, ya de suyo abrumadoras, hay que sumar las que derivan del elogio a Sor Juana que contiene la Carta de Serafina. Elías Trabulse no ve esta dificultad, cegado por la idea de haber encontrado un autógrafo de Sor Juana; pero si la misma Sor Juana fuera la autora de la Carta de Serafina todos los elogios que la carta contiene (en realidad elogios de “Serafina“ a Sor Juana) se convertirían en autoelogios. Sor Juana estaría diciendo cosas como éstas: “La Carta Athenagórica que usted publicó [y que yo escribí] no debe ser considerada como Epístola sino como Evangelio“; “Yo le he ajustado las cuentas al orador más cabal entre los de mayor cuenta del mundo“; “Por todo el mundo el clarín / de San Jerónimo suena“ —o sea, gracias a mí se ha hecho mundialmente famoso mi convento (p. 88). Nada más distante de la finura y la elegancia de Juana Inés de la Cruz.
     Y esto nos lleva al argumento principal, que Alatorre y Tenorio han dejado hasta el final, por su naturaleza apreciativa, pero con el que estamos plenamente de acuerdo. Al leer la famosa Carta de Serafina y las mediocres versificaciones que contiene, cualquiera que tenga un mínimo de gusto literario se dará cuenta, de inmediato, de que semejante texto no pudo salir de las manos de Sor Juana. Atribuirle ese texto revela poca familiaridad con la poesía y escasa sensibilidad literaria. Alatorre y Tenorio, desde luego, no lo dicen así, pero argumentan detalladamente alrededor de este tema (pp. 87-88).
     El libro de Alatorre y Tenorio es una formidable máquina de argumentaciones, necesariamente letal para hipótesis mal hilvanadas, o para interpretaciones que no tomen en cuenta la totalidad de lo conocido sobre Sor Juana. Es un trabajo pormenorizado y paciente; está consagrado a desenredar un extenso tejido de suposiciones falsas y de conclusiones apresuradas. Es un trabajo ejemplar en su género que hay que agradecer en todo lo que vale. Muchas críticas de detalle (quizá más de veinte) —que esta reseña no transcribe por no alargarse demasiado— apuntan a un manejo primerizo de los materiales por parte de Trabulse, y a un desconocimiento total del asunto en el caso de sus seguidores. Pero si algo demuestra el libro de Alatorre y Tenorio es que en lo que se refiere a Sor Juana los tiempos ya no están para lanzar hipótesis como sobre un terreno inculto donde cualquier conjetura podría mantenerse viva de un modo u otro. Existe ya sobre este tema todo un prolijo acervo de crítica histórica, literaria y filológica del que es necesario e ineludible partir si se quiere aportar algo al conocimiento de Sor Juana y su obra literaria.
     Una última nota, en forma de pregunta: ¿no sería ya tiempo de que Antonio Alatorre, nuestro mayor filólogo, juntara en un solo volumen los cientos de páginas que ha escrito sobre Sor Juana Inés de la Cruz a lo largo de varias décadas? Sin duda, ese libro constituiría una obra formidable. -