Un hombre sin cabeza de Etgar Keret | Letras Libres
artículo no publicado

Un hombre sin cabeza de Etgar Keret

 

En un panorama literario que parece haber olvidado que hay otros géneros además de la novela, transformada en una suerte de cláusula de exigencia en los contratos de casi todas las editoriales contemporáneas, resulta insólito y admirable que un narrador decida centrar su energía de modo casi exclusivo en el cuento, rigurosa carrera de cien metros en la que triunfaron Sherwood Anderson, J. D. Salinger y Raymond Carver, por poner tres ejemplos ad hoc que vienen de inmediato a la cabeza. Aún más insólito y admirable resulta que ese narrador tenga éxito tanto de público como de crítica, que sus libros se traduzcan a numerosos idiomas, que sus relatos detonen adaptaciones al teatro y cómics y cortometrajes, que uno de sus textos sea lectura obligatoria en las preparatorias de su país natal. El caso de Etgar Keret (Tel Aviv, 1967) es atípico por estas y otras razones que hacen pensar en las palabras con que Enrique Serna explica por qué el lector común prefiere la novela por encima del cuento: “Mientras la novela comercial es una alberca de agua tibia donde la mente del lector sólo trabaja en la primera zambullida [...] los libros de cuentos exigen renovar el esfuerzo imaginativo al inicio de cada historia.” Tal esfuerzo imaginativo, habría que proseguir, no es unilateral: lo efectúa el lector pero también, obviamente, el escritor al enfrentarse a cada uno de sus relatos. Y si el escritor pretende que esos relatos sean breves pero cegadores como relámpagos, el esfuerzo imaginativo se multiplica. Allí es donde Keret, al igual que los tres antecesores (Anderson, Salinger, Carver) que han dejado una huella visible en su obra, sale victorioso: su gran destreza narrativa, su notable capacidad para edificar tramas sólidas en espacios reducidos, logran que sus cuentos ganen cortazarianamente por nocaut.

La escritura relampagueante de Keret, según él mismo ha señalado, se comenzó a gestar durante su paso por el ejército israelí –una experiencia que marca a varios de sus personajes al grado de convertirse en leitmotiv–, en un refugio atómico subterráneo donde llegó a tolerar turnos de 48 horas ante una computadora como parte de la Operación Quasimodo. ¿Qué habría ocurrido, cabría preguntarnos, si el servicio militar hubiera implicado la contemplación de una vasta extensión desértica en lugar de la reclusión en un ámbito cerrado: leeríamos ahora una prosa más proclive a la dilatación novelística que a la concreción cuentística? Lo cierto es que de aquel encierro surgió un primer relato: “Tubos”, la aventura de un obrero solitario incapaz de comunicarse con el mundo que lo rodea –el refugio atómico trocado en fábrica, la escritura como conducto de salida al universo exterior– que con el tiempo se integraría a Tuberías (1992), primer volumen que fue recibido con indiferencia al momento de su lanzamiento. Dos años después Keret entregó Extrañando a Kissinger (1994), la reunión de 49 centellas que supondría su consagración al punto de ser considerado uno de los cincuenta títulos más importantes en la historia de la literatura israelí. Luego vendrían Pizzería Kamikaze y otros relatos (1998), cuyo texto central daría origen a la novela gráfica hecha en colaboración con Asaf Hanuka en 2005, y Un hombre sin cabeza (2002), el volumen que nos ocupa. Insólito y admirable que cuatro libros de cuentos basten para cimentar un prestigio literario en un panorama tan movedizo como el actual. Tratándose de Keret, sin embargo, esto resulta perfectamente lógico: su olfato narrativo no necesita vastas extensiones para desplegarse.

Los 34 textos breves –algunos brevísimos– que componen Un hombre sin cabeza ahondan en la veta explorada por el autor en sus libros anteriores. Al fondo, como una suerte de ruido blanco del que los personajes no se pueden ni quieren librar –el ruido blanco, hay que recordar, contiene todas las frecuencias audibles–, está el murmullo del Israel contemporáneo con su amplia gama de contradicciones, resumidas en lo que primero dice y luego piensa un empresario incapaz de conseguir que su hijo lo llame papá: “Esta tierra es como una mujer [...] hermosa, peligrosa e imprevisible, y eso forma parte de su encanto [...] Este país es la roña de las uñas del mundo occidental: se cree Europa cuando en realidad no es más que un amasijo de sudor y mugre que ha desarrollado cierta conciencia.” Al frente se encuentra la fauna absurda y desopilante y patética pero profundamente humana a la que nos ha acostumbrado Keret, un desfile de criaturas a quienes la vida ha descabezado metafóricamente por causas diversas y en el que se cumple a cabalidad aquel dictum de Arthur Schnitzler: “En toda verdadera comedia habita, oculto en las estancias más oscuras del edificio, un misterio trágico, aunque a veces el arquitecto no lo sospeche.” Hábil constructor de tendencia minimalista (“Busco –ha confesado– que mis historias refieran las cosas más complejas de la manera más sencilla”), Keret diseña sus tramas acudiendo a un abundante arsenal de recursos y temas narrativos entre los que sobresale la noción del desdoblamiento o la doble vida, presente en “El gordito”, “Tu hombre”, “Suciedad” –asombroso por su modo de entrelazar dos relatos en tan solo página y media–, “La chistosa”, “Jet lag” y “Yosoyel”, el texto más extenso y conmovedor de esta colección pródiga en hallazgos donde impera un realismo de claros bordes poéticos que coexiste en gozosa armonía con el arrebato fantástico (“Satisfacción”, “La botella”), la prospectiva cercana a la ciencia ficción (“Un pensamiento en forma de cuento”, “Una segunda oportunidad”) y hasta el devaneo animista (“Una bonita pareja”). Guiados a través de los territorios siempre inestables y engañosos de la cotidianidad por una mano firme que “por lo menos [sabe] ponerle nombre a todo lo que no [entiende]”, los personajes de Etgar Keret aceptan un desafío en el que resuena la identidad de su creador (en hebreo, ha dicho el propio autor, Etgar Keret significa reto urbano): salir con pies y cabeza a un mundo que se empeña en hacerlos perder el piso a cada paso que dan. ~