Un café avec Gorrondona, de Alejandro Rossi | Letras Libres
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Un café avec Gorrondona, de Alejandro Rossi

Un prosista singular Alejandro Rossi, Un café avec Gorrondona, traducción de Serge Mestre, Gallimard, Paris, 2001.El escritor mexicano (y medio venezolano) Alejandro Rossi ha publicado en Francia su segundo libro: Un café avec Gorrondona, en versión francesa de su traductor habitual, el impecable Serge Mestre, y en la misma casa editorial, la prestigiada Gallimard. El lector ya familiarizado con la prosa tan singular de Rossi, ha de experimentar una nueva "Fábula de las regiones" —aunque el título escogido para este primer volumen de cuentos fue tomado de uno de ellos: Pluie de janvier (Gallimard, 2000). Fábula, en efecto, por estar tan lejos como de la tierra firme novelesca y tan cerca de las arenas movedizas de los mitos; y, como lo sabemos ya, "regiones" remite no a un país singular, sino a un mosaico de lejanas ínsulas (como diría Sancho) por descubrir: ¡quién fuera Colón!
     En este segundo libro de relatos, todavía más alejado de lo novelesco, el autor sitúa su terreno de investigación literaria entre Paul Valéry y Octavio Paz (el "Salimos del silencio y volvemos al silencio: a la palabra que ha dejado de ser palabra", del Nuevo festín de Esopo viene a ser, en boca de Rossi, alcanzar el silencio a través de la palabra). Y eso que el libro puede leerse también como una reactualización del banquete platónico en el que el Filósofo haría de árbitro entre Sanctus Sócrates y Benedictus Aristóteles (cuando no como una nueva versión de las disquisiciones, tan metafísicas como escuálidas, del Caballero de la Triste Figura con su panzudo escudero).
     Los primeros tres relatos, de los ocho que componen el libro, oponen en la palestra literaria al Maestro y su discípulo, bajo la mirada sarcástica de un autor nunca nombrado (y por eso su presencia es tal vez más patente). Entre Gorrondona y Jaime Leñada —cada uno provisto de un nombre más que significativo, superevocador, el primero de su sabihondez apabullante, el segundo de su cursilería aplastante— pasa la corriente electrizante de una inteligencia químicamente pura. El itinerario literario de Leñada, de modo muy sencillo, va de una modestia inicial llena de exigencias, de frustraciones y de nobles ambiciones al éxito abrupto: premio literario, entrevistas y mutación camaleónica del novel en novelista taquillero. O sea, llevado de su Hoffnung ("esperanza") irrisorio, una bajada a la cloaca de las mediocridades mediáticas, tan cotizada hoy día que —Rossi lo ve y lo presenta muy bien— el Autor no se puede decir escritor si no sale por la pantalla o por las ondas radiocacofónicas. Frente a él, el paradójico Gorrondona nos hace pensar, de paso, en el magistral Silvestre Paradox de Pío Baroja. Entre los dos, el discurso elocuente tiene más de fuego de artificio que de chispa iluminadora. ¿Qué es la Metafísica? Un sueño de monjes. Cervantes, más irónico, supo definirla como un efecto matemático del hambre canina. Cuando, impertérrito, el joven Leñada intenta una definición de mayor alcance: una ordenación de las perplejidades (se piensa en la famosa Guía de perplejos, del aristotélico-arábigo-hebraico filósofo español Moisés Maimónides), el otro, furibundo censor, le destruye las ilusiones tratándolas de ontologismo de pacotilla. Así se entiende mejor la cara siempre triste de Leñada y, como corolario, la sonrisa irónica de Rossi. Conforme con su histeria paradójica, el crítico de alta frente, de cráneo hidrocéfalo, de bilis abundante, lanza una proposición estética a contracorriente de la novela contemporánea: todos los escritores acaban vomitando su infancia, es una cuestión de tiempo. Entre líneas, se entiende que un Marcel Proust, para citar a alguien representativo de infancia y tiempo, ya deja de ser modelo aceptable para el Gorrondona ese. Hay que entender, claro, que la infancia en sí, por apasionante que sea, no suele suscitar la escritura, sino todo lo contrario: es la escritura y sólo ella la que puede crear o recrear la propia infancia. En el mismo ambiente, podrá declarar con acierto que la sinceridad es la fuente literaria más emponzoñada: una verdad que no habría rechazado en Francia un André Gide ("C'est avec les beaux sentiments qu'on fait de la mauvaise littérature", hubiera deletreado Lafcadio en impecable francés). Finalmente la inteligencia tan prometedora de Leñada desembocará en la feria de las vanidades que hoy día tiene su lugar y centro en Francfort. ¡Y pensar que Valéry quería matar a la marioneta!
     Los textos que siguen al duelo literario del maestro y de su discípulo malogrado, se alejan tanto más del hilo novelesco cuanto que se adentran en el magma cerebral. Entre el Señor Teste, de Paul Valéry, y El Señor Sueño, de Robert Pinget, Alejandro Rossi construye, precisamente, el universo de las marionetas que, sin embargo, tienen cerebro: universo cotidiano de los gestos rutinarios, múltiples manías, pensamientos desengañados o conformistas sobre la naturaleza humana. Y sobre todo, las célebres contradicciones: ¿cómo reclamar revelaciones y no aceptar la teología?, ¿cómo adherirse a un mundo —el universo del Gran Mecánico— que huye, fluye y se desmorona ("Allez, tout fuit, la matière est poreuse", se lamentaba el poeta galo en su Cementerio marino), en el que todo puede volar, explotar, destruirse en menos de lo que canta un gallo? (Desde este punto de vista, el libro de Rossi puede leerse también como una cruel profecía).
     En resumidas cuentas, al final de su largo, brillante y precioso monólogo, tan próximo, a veces, al famoso soliloquio del Neveu de Rameau, de nuestro Diderot —otro esprit fort—, Alejandro Rossi que, por cierto, encuentra aquí su voz, pudiera exclamar a su vez, como un nuevo Señor Teste: "La bêtise n'est pas mon fort!" ("La necedad no es mi punto fuerte"). -