Un abismo mental | Letras Libres
artículo no publicado

Un abismo mental

Julieta García González

Pasajeros con destino

México, Cal y Arena, 2013, 130 pp.

Julieta García González no es una autora que publique muy seguido. Su novela Vapor, parte de cuya trama sucedía en los baños de un exclusivo club deportivo, salió en 2004 y un año después publicó un libro de relatos en el fce, Las malas costumbres. Si no me equivoco, García González ha guardado un silencio de ocho años, luego de los cuales nos entrega Pasajeros con destino, un libro de cinco muy buenos y contundentes relatos cuyo tema serían –si le creemos al texto de la cuarta de forros– los destinos ineludibles a que sus “pasajeros” están condenados sin darse cuenta.

¿Será que todos estamos predestinados, o solo estos personajes? La protagonista de “La sonrisa perjudicada del subteniente Charlie”, el cuento que abre el libro, es una escritora que de repente tiene la posibilidad de experimentar una relación con cuatro hombres. Es notable la elegancia con que su voz da cuenta de lo que para otra mujer representaría el detonador de un sinfín de quejas y humillaciones, la dignidad que mantiene todo el tiempo, procurando asumirse como sujeto de una relación en la que invariablemente se termina como objeto: “Ellos llevaban pantalones, playeras, chamarras y sombreros que los protegían del aire delgado que imperaba en la región en cuanto caía el sol. Yo me veía muy bien, pero estaba al borde de la hipotermia.” Esa displicencia que intenta a toda costa no caer en el estereotipo se enfrentará al hecho de ser canjeada por sus hombres al subteniente Charlie, exquisito bailarín y gran personaje. El cuento y la mujer se sostienen todo el tiempo en un filo muy delgado entre el deseo y la soledad, entre la salvación y la caída, y el sorpresivo final no termina de romper esa ambigüedad.

Y es que no siempre sabemos si lo que se cuenta en estos relatos es lo que en realidad sucede, o si hay otra historia subyacente, dolorosa y atroz, que de alguna manera se revela por debajo de los acontecimientos. Sucede, por ejemplo, con “Amuletos”, la última historia de este libro, en donde un periodista con fama y trayectoria se traslada a un pueblo llamado La Olla a investigar unos asesinatos y la posible responsabilidad que sobre ellos tendría un presidente municipal coludido con el narco. Al periodista –de un tipo muy conocido y bien descrito– se le asigna una asistente local, joven, guapa, inteligente, arrojada, que incluso le coquetea con la confianza de quien, a pesar de la edad, ha vivido muchas cosas. Pero cuando un jovencísimo narcotraficante la apresa contra su cuerpo dentro de un café, en una escena angustiosa, nos damos cuenta de lo poco que servirá todo ese carácter en medio de aquellas fieras, cuyo poder de intimidación es tal que, cuando el narco le dirige unas palabras al periodista, este ni siquiera es capaz de comprenderlas.

La gran virtud de estos cuentos, que parecen hablar al lector que se cree a salvo, estriba en que no necesitan relatar la peor de las posibilidades para que sintamos que va a ocurrir de todos modos; en ellos, la catarsis es una bomba de tiempo que late en el interior del cuerpo y el destino de los personajes que los habitan y recorren es una especie de abismo mental. Por ejemplo, el protagonista de “perro” –así con minúscula– es un archivista solitario que se ha encerrado en su casa a escribir con su vieja máquina una novela “que también hablara de amor y de un mundo bueno. En su pensamiento embellecía las cosas que lo desconcertaban y les daba un aire menos amenazador”. Sin embargo, los ladridos de un perro negro al que los dueños de un estacionamiento mantienen amarrado comienzan a exasperarlo hasta despertar en él unas ansias desvergonzadas de asesinato. Conforme todo se complica, el hombre va cayendo en una oscuridad irónica y destructiva, y los ladridos del perro se convierten en la trampa de un destino que jamás habría imaginado. Algo así le sucede también al capitán de “La tarde de Lars Haugen”, cuando a las costas de Dinamarca empiezan a llegar barcos llenos de niños de procedencia desconocida, y el marino tiene que pensar qué hacer con ellos. Este cuento ambiguo –quizá el que menos me gusta del libro, situado en un futuro desolador por verosímil, en el que gran parte del planeta se ha convertido en un desierto– habla también del germen del asesinato: en el caso del protagonista de “perro”, este germen brota de un anhelo inicial de trascender con el bien, en el de “La tarde...”, el asesinato aparece como una alternativa práctica e inevitable.

“En familia” aborda el tema de la muerte y de sus infinitas posibilidades. Cuenta la historia de un arquitecto cuyo cadáver aparece flotando en la piscina de una lujosa mansión, donde habitaba junto a sus hijos, su asistente, su amante, su esposa y la servidumbre. Todos están arraigados en la casa, a la espera del resultado de las investigaciones policiales. La voz narrativa es la de la hija, Zoë, quien se encuentra amarrada al igual que el resto al encanto y la figura del arquitecto, cuya muerte los absorbe a todos y secuestra sus destinos de una manera similar a como hiciera con sus vidas. La mezcla de melancolía y fatalidad de que se imbuye el ánimo de la narradora la convierte en un relato muy enigmático. Este cuento es una de las muestras más patentes de cómo una prosa clara y directa, sin más juego evidente que el orden de hechos e ideas, puede crear un clima lleno de ambigüedad y sugerencias, lo cual, para mí, sería uno de los principales logros de este libro. La aparente limpieza e ironía es, en realidad, similar a las arenas movedizas que en su lisura ocultan lo imprevisible de la condición humana frente a las eventualidades de la vida, eso que nos duele al embarcarnos en el viaje con estos pasajeros predestinados, a quienes no nos arrepentiremos de acompañar. ~