Tríptico del desierto, de Javier Sicilia | Letras Libres
artículo no publicado

Tríptico del desierto, de Javier Sicilia

Desde hace tres o más convocatorias el resultado del Premio de Poesía Aguascalientes se ha convertido en algo más que un avispero de dudas y sospechas, de recriminaciones y polémicas. Tal vez ese algo más, las sumas y las restas de lo que la poesía y el poeta son o han dejado de ser en el orden social y literario, abra paso a nuevos planteamientos, sea en la reformulación del referido certamen (a mi parecer un premio mediáticamente sobrestimado) o sea, especialmente, en el examen puntual de la obras líricas que (con, sin o a pesar de ostentar un galardón) circulan en las contadas librerías y en el tráfico de mano en mano. Leamos poemas, pensémoslos, critiquémoslos; pues allende su geografía verbal y sus correspondencias literarias y vitales (siempre tangenciales y de relevancia secundaria) no hay nada más; sobrepasar estas fronteras será toparse con “el sonido y la furia” de la inquina, la envidia y la estupidez.

Desde el poema “Qué gélido contacto...”, aparecido en Asamblea de poetas jóvenes de México (1980) de Gabriel Zaid, hasta su libro más reciente, Tríptico del desierto, Javier Sicilia (ciudad de México, 1956) ha transitado por un sendero donde poesía y espíritu son, de tramo en tramo, una misma revelación. En poco más de treinta años de escritura (en que alterna poesía, ensayo y narrativa) ha escrito libros a contrapelo de gustos y modas editoriales y de mercado, sin ser por ello un autor marginal o desestimado. En sus diversas facetas literarias es un escritor visible y reconocido. Entre sus tópicos, estilos, formas, ritmos y entonaciones salta, a mi parecer, uno de los temas medulares (con sus infaltables variaciones) de sus numerosos títulos: el ocultamiento o la ausencia de Dios, eje de su nuevo volumen. Está presente, por ejemplo, en La presencia desierta (1985), un tomo en forma de tríptico con estructuras métricas y prosódicas en el canon de la poesía de los Siglos de Oro de la lengua. En ese libro juvenil dice: “Desde el Vértice Tuyo, hacia Tu adentro/ la materia palpita con Tu ausencia”.

Ahora bien, en su obra poética se localiza un referencial literario y filosófico en torno a la divinidad, en su acepción cristiana, muchas veces en la vertiente herética; en esa zona de confluencia conviven y se confrontan las visiones y los pensamientos de las Sagradas Escrituras con San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, el Maestro Eckhart y Teilhard de Chardin, Lanza del Vasto y Pierre Souyris, Concha Urquiza y el padre Ponce, entre otros. Al realizar en retrospectiva una lectura de sus libros de poesía –y creo que con Tríptico del desierto hay una excepción y una ruptura–, las referencias y el uso formal del canon aludido muchas veces mimetizan, sacan de foco, ocultan o de plano borran la voz, la visión, la gestualidad, la respiración del poeta Sicilia o del hablante de sus poemas. Batallo en dar con el autor, se me confunde y extravía entre los otros autores invitados a sus poemas, no distingo su aportación en el coro. En un libro como Tierra nativa (1982) de José Luis Rivas se oye también (y se lee en epígrafes y glosas) el coro de voces de su museo poético pero, sobre todo, resuena una música orgánica y esplendente en que las liturgias de la infancia y las del trópico fluvial dan lugar a una revisitación sensorial de inéditos paisaje verbales en nuestra poesía.

El nuevo libro de Sicilia enuncia en su título la palabra “tríptico”, término más del uso de las artes visuales, baste recordar el más famoso de ellos: El jardín de las delicias del Bosco. La estructura de Tríptico del desierto no trae a cuento, gratuita o caprichosamente, el sentido visual del libro; hay la voluntad de que la propuesta formal otorgue autonomía a cada una de sus tres secciones-paneles (“Las cuentas en los dedos”, “La noche de lo Abierto” y “La estría del yermo”) y en su devenir propicie también la conjunción en un todo dando lugar a una lectura múltiple y complementaria. Cuando lo leía pensé en un retablo, pero no de la iglesia romana sino de la griega ortodoxa, pintado, por ejemplo, no por Leonardo o Mantegna sino por Andréi Rubliov.

Con este volumen, como lo anotaba, hay una ruptura: Sicilia se permite romper con ciertos moldes y conceptos y se hace partícipe de su presente histórico y de una voz que enuncia, increpa, duda y se sabe demasiado humana; vía un verso libre que sabe intercalar sus perfectos heptasílabos y endecasílabos contando y cantando los prodigios del amor pero, también, los del goce (por momentos sin ambigüedades místicas) en un escenario devastado y corrupto. Encontré poemas memorables: las dos primeras partes del poema “Dolor”, “El cetáceo”, “El tercero” y la sección final íntegra; más allá de la falsa dicotomía de vida y literatura o de las teorías de la desaparición del autor, en estos poemas sus palabras nacen velardianamente de la “combustión de mis (sus) huesos”.

Persiste en este libro, por otra parte, el conversatorio con su legión de difuntos (Dante, Eliot, Rilke, Celan, Arseni Tarkovski...), y, como muchos artistas contemporáneos, Sicilia echa mano del collage (un recurso clásico a estas alturas) y de la paráfrasis con resultados desiguales. Desde mi lectura, esta búsqueda, la integración y deconstrucción en su discurso de otras voces, es la menos atractiva y original de su propuesta. Me quedo con sus hallazgos convulsos, sus epifanías amorosas y carnales, sus intuiciones límite (“Oscurecimos todo/ para poder mirar la luz”) donde la poesía, para significar, tiene que ocultarse a la manera de la divinidad, ciertamente. En Sicilia (como en otros poetas y artistas) las influencias son ante todo diálogo; de este se puede derivar hacia otros ámbitos: puntos de partida, réplicas o transcreaciones. Ahora bien, los criterios formales (comillas, cursivas, notas al pie de página...) que se utilizan para hacer acuse de estas apropiaciones son múltiples y nómadas siempre en relación con sus variantes: parodias, homenajes, pastiches, deconstrucciones... La discusión primera y última de este recurso no es otra que esta: ¿qué logró el artista (como renovación y enriquecimiento) del uso de la obra de otro poeta o artista? La falsa polémica (falsa y magnificada desde el principio) a raíz del artículo del crítico Evodio Escalante (Laberinto, 16/v/09) y, en particular, del efecto de una de sus interrogaciones: “¿Quiere acaso esto decir que una vez que se inventó la intertextualidad ha dejado de haber plagios?”, más contundente que su posible afirmación, obra y gracia de su eficaz jiribilla, prefirió cancelar la crítica del libro como tal y la discusión sobre temas apenas bosquejados de sumo interés, desencadenando en su ausencia una serie de tristes desaguisados, materia predilecta de los corrillos de café y de las primeras planas de decenas de blogs. ~