Todo futuro es incierto | Letras Libres
artículo no publicado

Todo futuro es incierto

Roger Bartra

La sombra del futuro. Reflexiones sobre la transición mexicana

México, FCE, 2012, 95 pp.

 

Tiene razón Roger Bartra: el futuro no solo es incierto sino escurridizo. Quienes han tratado de modelarlo han llegado a puertos muy diferentes a los que había construido su imaginación. Pero al parecer, como él mismo indica, es imposible no querer otear en el presente los signos del mañana, y lo que hacemos o dejamos de hacer hoy quizá pueda dejar alguna pequeña huella en el porvenir. Ese es el resorte de cualquier proyecto, de cualquier “apuesta” a futuro.

Entiendo, sin embargo, que la principal preocupación de Bartra no es sobre la incertidumbre que de manera natural acompaña a la democracia (¿Quién ganará las elecciones? ¿Cuál será la nueva composición del Congreso? ¿Qué sucederá en los estados, los municipios, los congresos locales?). Esa es una dimensión nueva entre nosotros, acostumbrados a observar justas electorales en las que los ganadores y perdedores estaban predeterminados. No; su incertidumbre es sobre el propio futuro de nuestra germinal democracia.

Dado que la historia está abierta, dado que la legitimidad democrática es nueva en México, dado que existe un malestar creciente con eso que genéricamente llamamos política, dada una vida política “profundamente fragmentada”, ¿qué futuro aparece entre nosotros?, ¿qué imágenes proyecta el presente hacia el porvenir?

Bartra, recuperando a varios autores, subraya un hecho del tamaño de una catedral: en México coexisten planos diferentes superpuestos. “Un abigarrado conjunto de situaciones incongruentes que proceden de épocas diferentes.”

En México hemos sufrido la simultaneidad de planos premodernos, modernos y posmodernos, que se entrecruzan en un espectáculo fascinante. Como dijo Ernst Bloch: “No toda la gente vive en el mismo ahora.” Y por lo tanto no todos imaginan el mismo futuro.

Esa situación fragmenta, crea mundos diferentes, e incluso enfrentados. Ese México diverso ensueña futuros radicalmente distintos porque vive en universos escindidos, polarizados.

Es cierto, como afirma Bartra, que “el mercado ha penetrado en todos los rincones”, que la “urbanización crece con brío”, incluso se podrían enumerar la expansión de los servicios y el crecimiento de la educación y las redes de salud. Pero lo cierto es que la fractura fundamental de la convivencia se encuentra en la profunda desigualdad que cruza de norte a sur a todo el país. No somos un país integrado. México son muchos Méxicos. Y la diversidad no es un problema en sí mismo. Por el contrario, puede ser parte del enorme capital cultural del país. Es la desigualdad la falla tectónica de nuestra no convivencia, de los recelos que envuelven y empañan las relaciones sociales, de las incomprensiones, las desconfianzas y los prejuicios hacia los otros. Es ese caldo de cultivo el que quizá sea el mayor reto para forjar un espacio civilizado, tolerante, inclusivo, en una palabra, democrático.

Bartra se pregunta, siguiendo a Norbert Lechner, por qué da la impresión de que los políticos –y no solo ellos– parecen perdidos en el laberinto forjado por los cambios de las últimas décadas. Y contesta, con el entrañable profesor alemán chileno, que por la falta de mapas mentales. Al parecer, no hemos comprendido y asimilado lo que sucedió y por ello las actuaciones erráticas aparecen y reaparecen a cada momento: “Ni siquiera los principales actores de la transición se percataron plenamente de lo que estaba sucediendo en el país, y mucho menos entendieron que la transición había ocurrido en un contexto mundial nuevo.” Existe un marasmo intelectual. Y el tema de la transición democrática lo ejemplifica de manera estelar. Para algunos solo hay gatopardismo, para otros, la transición está estancada, para otros, México siempre fue una democracia, que se perfeccionaba con el tiempo. Y no sigo ilustrando esa Babel.

Fijo mi posición. La transición democrática mexicana es una etapa del pasado. Sucedió entre 1977 y 1997, fechas entre las cuales se desmontó un sistema de gobierno autoritario y se sentaron las bases para una germinal democracia. Esa transición, esos cambios, fueron los que permitieron la alternancia en el poder ejecutivo, y no a la inversa. Consistió, básicamente, en la construcción de un sistema de partidos competitivo y un sistema electoral capaz de asimilar la voluntad popular depositada en las urnas. Esas dos piezas faltantes eran lo que impedía que el diseño constitucional de una república democrática, federal y representativa, se hiciera realidad.

Y sin embargo, como bien dice Bartra, ni el mundo político ni el mundo intelectual han sido capaces de reconocer cabalmente ese profundo cambio. “Una gran parte de la intelectualidad cree que la democracia no ha llegado aún, que ha nacido malformada, que es meramente formal...” Esa falta de valoración de lo que ha sucedido es la que no solo genera melancolía por el pasado (¿es un pleonasmo?), sino la que impide moverse en el presente. Cierto que nuestra democracia es de baja calidad, que en ocasiones resulta indescifrable, que bajo su manto avanzan los intereses de unos cuantos, que no ha podido dar satisfacción a múltiples demandas y rezagos, pero siguiendo a Roger Bartra creo que “la intelectualidad ha incurrido en una seria irresponsabilidad al no impulsar un orgullo, o al menos un gusto, por el hecho de que el país logró escapar de las redes autoritarias en que se mantuvo preso”.

Bartra se pregunta por las claves que explican el ascenso del PRI, luego que en 2006 sus adversarios y sus pugnas internas lo colocaron en el tercer lugar en las preferencias de los votantes. Y, si mal no entiendo, explora lo que significaron tres fenómenos que aún gravitan sobre la política mexicana. La polarización profunda que desataron los resultados de 2006 entre el PAN y los partidos de izquierda, la espiral de violencia que acompaña como una siniestra sombra nuestra vida social y la corrupción, que parece ser un elemento integrado a la institucionalidad estatal.

Pero antes, un rodeo. Nuestra transición hacia la democracia fue eso, un cambio gradual, en lo fundamental pacífico, fomentado por diversas reformas normativas e institucionales, y no un cataclismo y menos una revolución. Por ello, en el script inexistente de la transición no estaba planteada la desaparición del PRI. Contra una cierta alucinación de la izquierda que ensoñaba con que el PRI no era más que un aparato vacío, que se desbarataría en el momento en el que no obtuviera la presidencia de la república, la transición consistió en hacer del PRI un partido entre otros, precisamente porque su inserción social es indiscutible. (O debería serlo.) De tal suerte que la desembocadura del cambio transformó un partido omnipotente, hegemónico, creado para evitar la competencia y usufructuario retóricamente del discurso revolucionario que veía en otras corrientes políticas a las encarnaciones del Mal, la anti patria, el contra pueblo, en un partido entre otros, que está obligado a vivir y a convivir con expresiones ajenas, y en un marco institucional que fomenta y recrea la pluralidad política. (Sobra decir que sus éxitos y fracasos dependen en buena medida de los que hagan los otros actores políticos y de los cambiantes humores públicos.)

Pero Bartra tiene razón: “El espectacular choque entre Felipe Calderón y López Obrador [en 2006] indirectamente estimuló la recuperación del PRI.” Esa polarización que partió de la política e inundó a la sociedad generó malestar, incertidumbre y heridas que aún siguen abiertas. No me atrevo siquiera a intentar medir las pulsiones de ese amasijo de intereses, pasiones y delirios que llamamos sociedad, pero, en efecto, es probable que la cauda de odios y resentimientos entre izquierdas y derechas, en mucho haya contribuido no solo a situar al PRI como el fiel de la balanza política, sino a que a los ojos de muchos apareciera como un partido serio, institucional, responsable.

“El fortalecimiento el PRI tiene también sus causas en el extraordinario crecimiento de la violencia”, escribe Bartra. La lucha contra el narcotráfico y su estela de crímenes, torturas, secuestros y miedo, han teñido de sangre no solo a importantes zonas del país, sino al imaginario colectivo que en su “ensueño y en su vigilia”, como diría don Rafael Galván, reproduce escenas dantescas de horror y desasosiego. La violencia ha opacado –sigo a Bartra– la propia transición democrática y su profundo significado y los otros problemas que vive el país. En ese marco de incertidumbre, no son pocos los que ven con buenos ojos el regreso del PRI a la presidencia. Creen o quieren creer, que para el caso es lo mismo, que ese partido sí sabe, o sabrá, contender contra las bandas delincuenciales.

Bartra también desarrolla una idea que me cuesta trabajo compartir. Asegura que existe una cierta añoranza por la corrupción como fórmula para aceitar los engranes del sistema político. Escribe: “habría que meditar si es posible que el retorno del PRI al poder central no es más que... una señal de que el sistema enfermo necesita de la vieja ‘eficacia’ que lubrica con los usos y costumbres de la corrupción los engranajes oxidados del gobierno”. La corrupción, si mal no entiendo, sería una especie de puente entre el entramado autoritario que fue erosionado y no ha desaparecido del todo y la naciente democracia que no acaba por forjar las rutinas institucionales propias de la coexistencia de la pluralidad. Me resulta una proposición perturbadora y que por precaución prefiero dejar a un lado.

Lo cierto, sin embargo, es que estamos inmersos en unas elecciones auténticas. En las cuales y no sin problemas se recrea y compite la diversidad de opciones políticas que existen en el país. Algo que no sucedía hace veinte años. Sin embargo, vuelve a tener razón Bartra: hay que valorar el cambio democrático, pero estamos obligados a pensar en lo que el futuro nos depara. Para ello, el ejercicio que él realizó ayuda a deliberar sobre los obstáculos que hoy se alzan para una eventual consolidación democrática. ~