Texas: frontera quebradiza | Letras Libres
artículo no publicado

Texas: frontera quebradiza

Carmen Boullosa

Texas. La Gran Ladronería en el Lejano Norte

México, Alfaguara/Fundación Cultural Azteca, 2013, 360 pp.

La escritura de Carmen Boullosa habita variadas geografías. Discurre en las casas y las calles de la gran ciudad –en los recuerdos, los miedos, las fantasías infantiles (Antes) o en la resurrección de Motecuhzoma Xocoyotzin (Llanto), que pasa de la Gran Tenochtitlán a la ciudad de México inhabitable– o en las aguas caribeñas –navegadas por la fuerza de la ambición pirata (Son vacas, somos puercos)– o, como ahora, en esa tierra nebulosa y afilada y ardiente y seca y bañada por el mar, tierra de nadie y de todos, que es Tejas o Texas, según se entienda, en el duro, interminable siglo xix. Su autora parece vivir obsedida por la lengua. Gracias a la lengua precisa todo lugar innombrable y da santo y seña de un abundante inventario de personajes y paisajes. Dice lo que no se dice y dice lo que va ocurriendo. Le da un sentido a lo que no lo tendría en el transcurso agitado o comúnmente monótono de los días.

Texas fue parte de México, aun cuando su situación la volvió prácticamente ingobernable para las autoridades centrales. Nada más lejos del país que aquella punta donde inclusive los modos al uso de la capital y las principales ciudades y de los campos y los litorales contaban con significados distintos. Fue Fernández de Lizardi el primero en hacer ver el peso contundente de la palabra “pelado” en la vida citadina. El receptor del calificativo podía guardar rencores y cultivar sus odios pero no podía tomar revancha. No sucede lo mismo en Texas, como hace ver Carmen Boullosa (ciudad de México, 1954) al narrar los hechos de su historia.

Aquellos hechos pasan en una región vecina al mar, en dos poblados con aires de ciudad, conforme a la pretensión de sus moradores. Los poblados forman una suerte de unidad bipolar: Bruneville es francamente texano y Matasánchez mexicano. Pero en toda aquella geografía –en todo aquel “infierno grande”, como acaso podría decírsele– vive una buena y extraña diversidad de nacionalidades. Merodean sin falta los indios –apaches o comanches– y residen gringos y mexicanos y europeos y negros africanos que huyen de la norteña esclavitud. La propiedad, de acuerdo con el modelo de Occidente, es la seña de distinción de los lugareños, tanto o más que los orígenes étnicos; pero no es bastante cuando los poderes son más o menos análogos: el caso de un sheriff gringo y de un rico terrateniente mexicano. De aquella igualdad ha de nacer una dura diferencia, y el norteamericano solo puede hallarla en su cofre de prejuicios raciales. Un día llama al mexicano “grasiento pelado” queriendo instaurar o reforzar supremacía a partir de los orígenes.

Aquel hecho muy probablemente no habría tenido repercusiones mayores si el insulto hubiera caído en los oídos y los hombros de un cualquiera, pero la descalificación fue a herir a Nepomuceno, un hombre de excepción en aquel lar. Rico, mujeriego, de facha no acorde con la que con frecuencia portan los nacionales, Nepomuceno es un injuriado único o tal vez dicho mejor el único injuriado posible. Sería un “pelado” aunque no lo pareciera. A final de cuentas, como se escribe también en esta historia, los mexicanos son como animales, el mondo de tu entidad no rebasa al del caballo.

Toda la primera, larga parte de la novela transcurre teniendo como eco ubicuo la fuerza de aquella descalificación, al correr como reguero de pólvora, entre estridencias y asombros, el franco insulto entre todos los pobladores de la zona, quienes dan la noticia como se anuncia un cambio definitivo de la realidad hasta ahora conocida. Aquí la escritura corresponde sin fisuras a la circunstancia, dominada por la cortedad, la sequedad, los filos de las relaciones entre personas que se comunican con palabras escasas y sobreentendidos abundantes. En aquella geografía calurosa, de chaparra vegetación (mezquites, arbustos) se dan vidas que todo mundo conoce y que están llenas de misterios. Cada quien cumple sus tareas, sus destinos, inclusive un grupo de amazonas que brillan aparte por su libertad e independencia. Recaderos, practicantes de oficios, mujeres de su casa, hombres resignados a seguir los sinos de su clase o dispuestos a cualquier impostura que se traduzca en ascensos en la escalera de la sociedad. Un mundo este también poblado de animales que cumplen patrones y funciones: palomas mensajeras, caballos dóciles para la espera, vacas que devoran su circunstancia hasta el delirio alojando ranas en la panza. Y se cimbra todo entero aquel mundo que vibra ante la mirada entre la luz temblorosa de un cálido espejismo. Tiembla con una fuerza proporcional a la rapidez con que viaja la noticia de la injuria. “Grasiento pelado” se torna de este modo en la pólvora que ha de encenderlo todo hasta hacerlo brincar en trizas.

La escritura con que se ha dibujado con buen aire y mano diestra esta primera y dilatada circunstancia cambia en la segunda parte de la historia, la que corresponde a la guerra que Nepomuceno, el injuriado, emprende contra los vecinos enemigos. De un lenguaje atenido a los límites de la descripción, directo en sus registros, económico al grado en que se ahorra palabras (como la preposición “que”, que la autora elude en ocasiones como si lo que escribe fuera precisamente un acta de hechos y decires), siempre poseedor de un eficaz vigor –inclusive cuando se pone a jugar–, se pasa a uno de seductora intensidad en el que brotan imágenes felices (como “Yegua y jinete talan con su figura lo que resta del árbol de la noche, son los dientes del serrucho”) o enriquecedoras observaciones (“Tras un salto para esquivar un desnivel abrupto del terreno, Nepomuceno se humaniza, sonríe y acaricia la oreja de Pinta: ‘Bella, Pinta, linda, ¡bien!’ La caricia vuelve a Pinta por un momento la coqueta que no es: la yegua sacude la cabeza, regresa a carácter, astuta, correlona, músculo y cerebro”).

El bravo norte mexicano. La áspera frontera. La línea divisoria que serpentea entre los grandes ladrones y los plebeyos. Texas: tierra de mentiras y ambiciones, de libertades entrevistas apenas, de impuestas disciplinas. Escenario de una guerra que un pelado rico comandó desde acá, del otro lado. La escritura de Carmen Boullosa consigue que imaginemos y habitemos esos límites sin remedio quebradizos. ~