Tesoro de paseos | Letras Libres
artículo no publicado

Tesoro de paseos

Hojear un diccionario sin prisa, o tomarse el café largamente con un tomo de enciclopedia al lado, abierto al azar, son placeres infinitos. Es nada menos que la infinitud puesta al alcance, ya no la urgencia de hallar una definición o información, lo que rige nuestro interés. Nadie podrá agotar todas las palabras de una lengua y sus acepciones, nadie podrá agotar el catálogo de los conocimientos, pero por un rato tendremos la experiencia de que la totalidad es manejable.
     La palabra tesauro, que clásicamente se usara para designar al diccionario, comunica el sentido de un caudal inestimable al que se añade el placer de disponer de él con libertad. La función de deleitar aprovechando ha sido bien explotada en diccionarios que apelan más al goce que a la instrumentalidad: diccionarios de proverbios y frases célebres, de etimologías curiosas, de erotismo, de disparates, de lugares inexistentes, etc., son mucho más que listados de palabras en orden alfabético para hallar definiciones; son artefactos para la ensoñación. ABCDF. Diccionario gráfico de la Ciudad de México quiere ser eso, un repertorio de palabras clave que sumergen al lector-paseante en un imaginario colectivo, un poco con los instrumentos de la crítica, un poco con los de la creación literaria y mucho con los de la creación visual.
     La imagen desplaza a la escritura. Si a la vuelta del siglo XX los diccionarios ilustrados eran la gran novedad (un grabado acompañaba aquí y allá una que otra entrada lexicográfica), a la vuelta del XXI la relación entre texto e imagen aparece drásticamente invertida: en ABCDF, tras un maremágnum de imágenes temáticas ordenadas alfabéticamente, el texto lexicográfico (que incluye definición y acepciones) queda arrumbado en la porción final del libro (ocupa exactamente 63 páginas en español y 92 en su versión inglesa, del total de 1,504 páginas de que consta el mamotreto). Inmersos en este dominio de la imagen, al hojear ABCDF aún se experimenta, como en las viejas enciclopedias, el regalo del azar por virtud del orden. Nada más previsible que el orden alfabético —podría objetarse—, mas esa pauta posibilita por contigüidad de términos la secuencia de gobierno a golf, a gótico, a granadero; de mesero a Metro, a migrante, a Miguelito, a Mil novecientos sesenta y ocho, a milagro; de televisión a temblor y a Templo Mayor. Este caos ordenado coincide profundamente con la experiencia de un recorrido cualquiera por la ciudad de México, y constituye, en este paseo imaginario, un logro de sintonía.
     Pero, ¿cómo explicar que un diccionario de la ciudad de México reúna tan sólo 515 entradas entre abasto y zoom? Obligadamente, el lector comienza a extrañar la falta de un sinnúmero de términos muy chilangos e imágenes muy socorridas, por ejemplo, y para no hacer más listas, uno: desfile. ¿Qué puede esperar el lector que quiera adquirir para un destino utilitario un "diccionario gráfico de la Ciudad de México", digamos que para obtener muy legítimamente un retrato de Ernesto P. Uruchurtu, o conocer la mapografía de la ciudad a lo largo de la historia, o conocer las variedades de árboles que se han plantado en sus avenidas? A pesar de la riqueza visual de ABCDF, el modelo del diccionario como eje estructural se revela insuficiente para dar aforo a su proyecto visual, básicamente artístico, que además se complemente con un cd-rom donde información y referencias cruzadas se potencian con videos, cineminutos y conexión en línea. Por poco que se consulte, se hace evidente que el diccionario fue un "modelo imaginario" fallido de esta obra, un modo de ordenar el variopinto universo visual, pero que no rinde funciones.
     Tal como lo plantea la coordinadora general del proyecto, Cristina Faesler, "un día apareció el título: ABCDF, e inmediatamente el libro se convirtió en un diccionario, un repertorio de imágenes referentes a la ciudad de México, ordenadas de la A a la Z. Así, empezamos a construir sobre una lista de palabras que luego de varios meses llegaron a ser más de novecientas. Los artistas, fotógrafos y escritores que paulatinamente se sumaron al proyecto fueron agregando sus propuestas a esa extensa enumeración que poco a poco encontró su forma definitiva". Ante este modo de armar un diccionario, uno no puede menos que agradecer la existencia de la Real Academia y sus adláteres. El colmo es que dentro del volumen, la parte verdaderamente lexicográfica recibe el título de "glosario". Los glosarios son listados que, de ordinario, recogen términos técnicos o poco familiares. Aquí, todo el diccionario se reduce al glosario y al absurdo de una vez.
     Se puede argumentar con alguna razón que un proyecto visual e interactivo de esta magnitud rompe con los formatos conocidos y que, más que obedecer a ellos, crea precedentes. Falta el nombre que designe a este nuevo tumbaburros. Pero no hay que hacer tan dramática la novedad. Si se quita de enfrente el obstáculo epistemológico del diccionario, el proyecto de ABCDF corresponde a un tipo de volumen muy convencional y recurrido: el álbum.
     Estoy pensando en los álbumes de la ciudad de México que se editaron en los siglos XIX y XX, cuyo modelo más acabado fue México y sus alrededores.1 Como el "diccionario gráfico" que nos ocupa, aquel álbum reunió obra gráfica de artistas reproducida junto con textos de algunos de los principales escritores del momento, con la diferencia de que los textos literarios fueron escritos ad hoc para las imágenes. Así como en ABCDF se reunieron textos de Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis, etc., para dar descanso al flujo visual, en México y sus alrededores firmaron los textos Niceto de Zamacois, Manuel Orozco y Berra, José T. de Cuéllar, etc., para acompañar 38 litografías que retrataban a la ciudad vista desde las alturas (¡en globo!), a través de sus monumentos, sus calles, sus paseos y sus pobladores figurados en trato, vendimias y fiestas. Ambos proyectos cumplen la función de hacer un retrato de la ciudad de México y su vida civil a través de la obra y el testimonio de sus artistas; y uno se sorprende de la íntima afinidad que enlaza con la nuestra una época en la que la ciudad contaba con 200 mil habitantes, 482 calles, 60 plazas y plazuelas, 14 curatos o parroquias, 6 panteones abiertos, 2 plazas de toros y 3 bibliotecas.
     Obra de consulta, pletórica de datos, información histórica y recreaciones, México y sus alrededores fue vehículo de promoción y conocimiento de la ciudad de México ante propios y extranjeros, tal como se lo propone ABCDF. Si dejamos de lado la insuficiencia del eje lexico-gráfico de ésta, ambas obras reúnen la condición de tesoros, la sensación de infinitud de un paseo renovado, el inagotable placer de volver sobre sus imágenes y letras para hallar que la ciudad marcha acorde con la caída de sus páginas. -