Tesitura, de Julio Eutiquio Sarabia | Letras Libres
artículo no publicado

Tesitura, de Julio Eutiquio Sarabia

En sus recuentos de fin de año, la crítica pasó por alto mencionar uno de los libros de poemas más importantes que se publicaron en 2008: Tesitura, de Julio Eutiquio Sarabia. La omisión se debe, por un lado, a que este libro fue publicado en una editorial independiente en tiraje no mayor a los quinientos ejemplares, y, por el otro, a la mala situación por la que atraviesa la crítica de poesía en el país. Aunque el supuesto auge de la narrativa tiene mucho que ver en esto, voy a limitarme a comentar aquí el libro de Sarabia, un libro escrito por y para la dificultad.

Desde sus primeros libros de poemas hasta el más reciente, Sarabia ha propuesto una revisión de las funciones expresivas y retóricas de cierta vertiente del barroco latinoamericano. Sin embargo, pese a no ser la suya una búsqueda consciente de puntos de referencia, para entender el barroco propuesto por Sarabia habría que hacer una pausa. Una pausa para no caer en el espejismo crítico generado por las figuras de José Lezama Lima y Néstor Perlongher, que constituyen realidades poéticas y humanas muy distantes de la órbita de este otro poeta nacido en 1957. La pausa propuesta por Sarabia en su revisión del barroco latinoamericano tiene que ver con la entonación, y nos lleva por tanto a los páramos urdidos por las voces salobres y estentóreas de Eduardo Lizalde y de Álvaro Mutis (aunque, desde luego, podría haber algo también del rigor de Gorostiza en el rigorismo con el que Sarabia fractura los diques de su prosa para inundar de versos sus poemas), dos poetas que hicieron de la voz el órgano decisivo para tallar la sólida condición de sus imágenes o bien para desgranar las historias de que están hechos sus poemas.

A partir de estos dos nombres, más o menos soterrados en su amplio imaginario poético, Sarabia ha ido creándose a sí mismo y ha ido abonando los territorios de la marginalidad en la que se mueve. De los ejemplos de Mutis y Lizalde Sarabia ha desprendido la lección de la voz, por un lado, y, por el otro, imágenes cocinadas o abrasadas por el fuego. Porque la poesía de Sarabia, si bien se funda y se organiza con base en una tesitura operática, tiende hacia la creación de resplandores, a través de los cuales se vislumbra la trama fracturada de la que están hechos algunos de sus mejores poemas. No hablo de tramas como fibras o hilachos sino de un osario fundamental donde el fuego ha despojado al cuerpo de su carne y ha dejado al descubierto el carácter enjuto de la memoria y de su posible correlato –el poema, bajo la figura de una entidad descompuesta por la voz.

Entonación y narrativa. Los poemas de Sarabia se desplazan en torno de estos dos ejes de composición. El primero supone una modulación de la voz, y por tanto una eufonía, para el levantamiento de una estructura virulenta y efímera. Hablar de “narrativa”, en cambio, supone un punto de partida distinto al de lo previsiblemente lírico; pero también un punto de no retorno. Cuando uno lee en voz alta los poemas de Sarabia –no hay mejor manera de hacerlo– uno percibe de inmediato la presencia de una historia que se pulveriza al tacto, debido a las intromisiones de una voz grávida; una voz henchida de palabras. Si bien se adivinan historias en los poemas de Sarabia, las historias se deconstruyen gracias a las intromisiones de la voz y de una dicción casi calcárea –Sarabia escribe como si viniera del pleistoceno del idioma en un sentido, más que peyorativo, distintivo diría yo de su manera de escribir y de entender la poesía. Su habla es antigua y doméstica a un tiempo; su lengua es la del deseo y la rabia. Pero su virulencia es la del ogro enceguecido por la belleza de una doncella. Como otros poetas mexicanos anteriores a él, Lizalde (El tigre en la casa, 1970) y Jaime Reyes (La oración del ogro, 1984), Sarabia identifica la figura del poeta con la del monstruo humano y masculino por antonomasia, el cíclope. Las efusiones masculinas del ogro homérico están encaminadas a contaminar de amor el corazón de la ninfa Galatea, y asimismo las efusiones amorosas del ogro que habita en los poemas de Sarabia van dirigidas a conquistar el corazón de una mujer que uno se imagina bajo la forma de una ninfa, bucólica e indemne. Acaso los mejores poemas de Tesitura son aquellos de corte amoroso (la sección intitulada “Bálsamo”), donde el erotismo se encuentra erosionado no tanto por la procacidad o el lenguaje sanguinario del que hace gala Sarabia, sino por lo sublime del sentimiento que logra transvasar a pesar de la rabia o de la impotencia misma:

 

 

Arriba en el sostenido bemol que
[adviene con la niebla

e introduce oscuras variantes en la
[melodía.

Arropa al peregrino que soy en tus
[rodillas: arrópalo,

Erinia, en la hora funesta de las

[persecuciones.

[“Oración al levantarse”]

 

 

La poesía de Sarabia cuestiona las calidades del barroco sin violentarlas demasiado. Es verdad que se encuentra, la suya, dentro del contexto de lo mejor de la poesía mexicana del siglo xx. Con esto quiero decir que este tipo de formulación retórica o violencia sobre las dunas de un lenguaje hermético y sabiamente distribuido entre los lindes del verso y de la prosa no significa un momento inaugural ni perentorio. Es, por el contrario, una poesía que está ahí, retozando en su inmanencia, dando lo mejor de sí, significando acaso una tensión: entre el humor y la ironía, entre el mármol y lo blando, entre las masas expansivas del lenguaje y su disolución sonora. El rasgo más loable de este magma contenido y supralógico vendría siendo la fidelidad que el poeta se demuestra a sí mismo a pesar de su contexto, y pese a la indiferencia a que lo condena la práctica de un género poco socorrido por el fenómeno de lo mediático. ~