Teresa Proenza y otras purgas de la Guerra Fría | Letras Libres
artículo no publicado

Teresa Proenza y otras purgas de la Guerra Fría

En un libro de reciente aparición, el historiador Xavier Guzmán Urbiola cuenta la historia de una intelectual de la izquierda caribeña del siglo XX, que parece sacada de las páginas de una novela policiaca en el mundo bipolar.

El historiador Xavier Guzmán Urbiola, quien por muchos años fue investigador del INBA, especializado en la obra de Diego Rivera, ha escrito un pequeño libro que resume la trama de una novela policiaca en el mundo bipolar. Pero lo que cuenta Guzmán Urbiola no es producto de la imaginación de John Le Carré o Leonardo Padura, sino historia de carne y hueso, ambientada en aquella “Casablanca de la Guerra Fría”, como le llamaba a la Ciudad de México Winston M. Scott, jefe de la estación de la CIA durante los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

El libro se titula Teresa Proenza (1908-1989). Una espía cubana en la política, la cultura y el arte de México (Secretaría de Cultura, 2018), y cuenta la historia de una intelectual de la izquierda caribeña del siglo XX, muy parecida a muchas otras, como la cubana Mirta Aguirre, la puertorriqueña Julia de Burgos o la dominicana Camila Henríquez Ureña. Teresa de la Caridad Proenza y Proenza, nacida en 1908 en Banes –la misma ciudad en que nacieron el político Fulgencio Batista y el poeta Gastón Baquero–, fue, de hecho, gran amiga de Mirta Aguirre, la principal intelectual comunista cubana del siglo XX.

Proenza, nos dice Guzmán Urbiola, se graduó de Filosofía y Letras en la Universidad de la Habana en 1933, año de la Revolución contra el dictador Gerardo Machado. Poco antes de la caída de Machado, ella y dos de sus hermanas, Caridad y Juana Luisa, llegaron por primera vez a México, huyendo de la represión en la isla. Desde sus primeros días en esta capital, Proenza conoció a quien sería su pareja por décadas, Elena Vázquez Gómez (hija del líder revolucionario Emilio Vázquez Gómez) y a otros jóvenes intelectuales de izquierda como el poeta Andrés Henestrosa y el ensayista Alejandro Gómez Arias, primer novio de Frida Kahlo.

Para 1936 o 1937, ya Proenza había ingresado al Partido Comunista de Cuba y al Socorro Rojo en México y era “Secretaria de Actas” del Comité Pro Ayuda a los Niños Pobres Españoles. Sugiere Guzmán Urbiola que entonces la joven cubana hizo un par de viajes a España, dentro de las redes de solidaridad con la República, donde conoció a Caridad Mercader, otra comunista nacida en Cuba, madre del asesino de Trotsky, con quien se carteó en aquellos años. Los viajes a París y a Barcelona y la relación con Vázquez Gómez, por entonces secretaria del presidente Lázaro Cárdenas, colocaban a Proenza muy cerca de la trama de los asesinatos de León Trotsky y Andreu Nin. Según el autor, Proenza “hasta el final de su vida pensó que Mercader cumplía una misión de Estado, una verdadera operación negra y, desde su perspectiva, eso lo exoneraba”.

En los años 40, Proenza militó en la Unión Revolucionaria Comunista y el Partido Socialista Popular, los dos nombres que adoptaría el PC cubano. Durante el gobierno de Fulgencio Batista, entre 1940 y 1944, respaldado tanto por los cardenistas mexicanos como por los comunistas cubanos, trabajó en el Ministerio de Educación de la isla y estuvo muy involucrada en la apertura de la embajada soviética en La Habana, en 1943, y en el auxilio a su primera secretaria de Prensa, Nora Chegodaeva. El primer embajador soviético en Cuba, Maxim Litvínov, lo era también en Washington, pero quien más se ocupó de la misión cubana fue Chegodaeva, muy cercana a Proenza.

Tras la llegada a la presidencia de la isla de Ramón Grau San Martín y el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), Teresa Proenza perdió su puesto en el Ministerio de Educación y regresó a México. Aquí se sumó a su inseparable Elena Vázquez Gómez en la articulación del capítulo mexicano del Consejo Mundial de la Paz, un proyecto, como hoy se sabe, fundamentalmente soviético, aunque envuelto en un aura humanista y pacifista, que atrajo poderosamente a la izquierda latinoamericana. Como activista del CMP, Vázquez Gómez y Proenza trataban con familiaridad a viejas figuras de la Revolución Mexicana como Luis Cabrera y Heriberto Jara y a intelectuales comunistas como Efraín Huerta y José Revueltas.

Fue a partir de entonces que Proenza se inserta en el círculo íntimo de Diego Rivera y Frida Kahlo en la Casa Azul de Coyoacán, como reconoce la propia Frida en su Diario. Tras la muerte de esta última, en 1954, la cubana se convirtió en secretaria de Diego Rivera y asistente del pintor en materia de proyección pública. No por mera coincidencia fue en aquellos años que Rivera se reincorpora finalmente al Partido Comunista y viaja a la Unión Soviética, Checoslovaquia, Polonia y otros países de Europa del Este, de donde regresó extasiado. Alfonso Reyes anotaba en sus Diarios las múltiples visitas que entonces le hicieron a la Capilla de la Condesa, Elena Vázquez Gómez y Tere Proenza, para coordinar los homenajes nacionales a Rivera.

Luego de la muerte del pintor en 1957, la próxima empresa de esta conocida agente de influencia del comunismo en México no podía ser otra que la Revolución Cubana de 1959. Según el libro de Guzmán Urbiola, Proenza fue, con Aurora Velasco Garro, prima de Elena Garro, y el entonces joven socialista Alfredo Guevara, una de los interventores de la embajada cubana en México, tras la caída de la última dictadura de Fulgencio Batista. Sin embargo, otros testimonios, como el del propio Reyes en sus Diarios, apuntan a que quienes se encargaron inicialmente de la misión fueron la escritora Teté Casuso y otros políticos exiliados en México en aquellos años, más cercanos a los “Auténticos”.

Lo cierto es que para 1961, cuando es nombrado embajador José Antonio Portuondo, crítico literario graduado en El Colegio de México, próximo al Partido Socialista Popular, ya Proenza cumplía funciones de agregada cultural y de prensa en México. Sus antecedentes y su visible involucramiento en la promoción del nuevo proyecto socialista cubano llamaron la atención de la Dirección Federal de Seguridad, que redactó informes sobre supuestos vínculos de Proenza con las organizaciones que intentaron boicotear las visitas de Eisenhower y Kennedy al país, el movimiento huelguista de Demetrio Vallejo y las luchas magisteriales de Othón Salazar Ramírez.

Que Proenza, dada su explícita militancia comunista de tres décadas, fuera objetivo de la DFS y de la CIA era más que comprensible. Lo que resultó tan inesperado como dramático es que también se convirtiera en víctima de los servicios secretos cubanos. En 1963, Tere Proenza fue, junto con Silvia Durán, una de las funcionarias de la embajada cubana investigadas por recibir a Lee Harvey Oswald en esa sede diplomática, un mes antes del asesinato de Kennedy. Pero lo que provocó su regreso definitivo a Cuba, su encarcelamiento por tres años y su imposibilidad de viajar a México por casi dos décadas fue su infundada implicación en el traspaso de información militar cubana a la CIA, durante la Crisis de los Misiles de octubre de 1962.

Según diversas investigaciones, desde la primera edición de Inside the Company (1975) del agente de la CIA Phillip Agee hasta los artículos de David Corn en The Nation en los 90 y la desclasificación posterior de documentos de la Operación Am/ Bear entre 1963 y 1964, aquel cargo fue resultado de una maniobra de los servicios secretos de Estados Unidos para inculpar al viceministro de las Fuerzas Armadas y veterano dirigente comunista cubano Joaquín Ordoqui y su esposa, Edith García Buchaca, con la esperanza de que afectara el nexo entre la URSS y Cuba. Ambos, Ordoqui y García Buchaca, también habían vivido exiliados en México a fines de los 50 y eran amigos de Proenza. Ordoqui fue acusado, además, de haber protegido a Marcos Rodríguez, presumible delator de cuatro asaltantes al Palacio Presidencial, en marzo de 1957, que fueron masacrados por la policía de Batista en La Habana.

En un libro dedicado al “Caso Marquitos”, Un asunto sensible. Tres historias cubanas de crimen y traición (Mondadori, 2009), el escritor español Miguel Barroso sostuvo abiertamente la tesis de que el gobierno cubano había dado crédito a aquellas falsas acusaciones de la CIA para purgar a Ordoqui, quien murió en reclusión domiciliaria en 1973, y a su esposa García Buchaca, figura clave de la nueva burocracia cultural de la isla. El hijo, las hijas y los nietos de Ordoqui y García Buchaca intentaron, durante años, que sus padres fueran exculpados del cargo de agentes de la CIA. Pero el gobierno cubano no los satisfizo, al menos de manera directa, ya que el más reciente libro del general del Ministerio del Interior, Fabián Escalante Font, Más allá de la duda razonable. El asesinato de Kennedy y la inculpación a Cuba (2016), suscribe la tesis de Barroso.

Según Escalante Font, Proenza fue también blanco de aquella operación de desinformación de la CIA en México, dadas sus labores de promoción de la izquierda socialista en el país. Es por ello que es un acierto que Xavier Guzmán Urbiola concluya su libro con más preguntas que respuestas ¿Fue realmente engañada la dirigencia cubana por la CIA? ¿No pesó en el caso de Proenza el malestar que sus contactos con la izquierda mexicana prosoviética y procubana suscitaba en los aparatos de seguridad del gobierno de Díaz Ordaz? ¿Fue la purga de Tere Proenza otra prueba más del entendimiento entre los gobiernos mexicano y cubano en la Guerra Fría?