Sin título, de Jorge Eduardo Eielson | Letras Libres
artículo no publicado

Sin título, de Jorge Eduardo Eielson

LO PRINCIPAL ES LO QUE SE VAJorge Eduardo Eielson, Sin título (Milán, 1994-1998), Valencia, Pre-textos, 2000, 65 pp.Este último libro del poeta peruano Jorge Eduardo Eielson es un libro sin nombre y quizá, debido a eso, desatendido por la crítica que ha ignorado, al menos en España, la intensa elocuencia encerrada en esa falta.
     La fórmula "sin título", con que Eielson ha querido encabezarlo —igual que ciertas obras plásticas convierten su ausencia de apellidos en una forma subterránea de decirse—, no significa en este caso que se llame así, sino que precisamente no se llama de ningún modo y que nada puede cubrir el vacío abierto con esa asumida, voluntariamente deseada anonimia.
     Eielson deja un espacio antes del poema, el territorio hueco donde debía instalarse su nombre. Los versos comienzan abruptamente, in media res, eludiendo el ser precedidos por cualquier sintagma que los resuma. Desisten, por tanto, de una voz que los adelante. Pero esa resistencia a verse nombrados es ya especialmente significativa y de algún modo los designa, porque en ellos la supresión del nombre propio se constituye en un nuevo modo de nombrar.
     Es decir, el anonimato es aquí una vocación y un reclamo, una manera de apelar toda posible apelación, de enunciar desde la testa misma del poema la imposibilidad y el artificio que suponen los nombres. Estos designadores rígidos, como los calificaba Kripke, estarían en lugar de las cosas, sin hacerse cargo no obstante de ellas, sin recogerlas ni abrazarlas enteramente.
     Mediante su rechazo de la nomenclatura, el poeta estaría hablándonos con un cierto pesar, por un lado, de esa inhabilidad del sustantivo para recoger su referencia y, por otro, estaría reduciendo drásticamente el vuelo sustitutivo del nombre propio, el proceso imparable según el cual un ser se ve sustituido por su nombre. A cambio o en lugar de eso, el poeta busca ofrecernos las cosas sin la mediación suplantadora de sus vocablos, ofrecernos las cosas en el centro puro de su nominación. Pero lo hace con los vocablos mismos, lo hace con la palabra misma: de ahí toda la melancolía de este poemario y su irreductible paradoja.
     Es cierto que Eielson pertenece a una generación notable de la poesía peruana —Sologuren, Varela, Romualdo, Abril—, generación dentro de la cual él ocupa un puesto eminente. Pero es una generación que no se ha caracterizado precisamente por la falta de escrúpulos y de reticencias, generación proclive a la poda y a la simplicidad, a la vigilancia extremada del lenguaje y a un cierto escepticismo respecto de su valor o de sus capacidades. En todos ellos el texto poético se transformaba en un espacio para la cesión y el acatamiento, más que para el despliegue, la fuerza, el esplendor o la exhibición.
     De acuerdo con eso, desde un primer momento potente y casi barroco —Canción y muerte de Rolando (1944), Reinos (1943)—, Eielson ha empezado a girar en torno al poema mismo —Tema y variaciones (1950), Habitación en Roma (1952), Mutatis mutandis (1954), Arte poética (1965)— y ha ido adentrándose paulatinamente en la puesta en cuestión de su propio trabajo con las palabras. Se ha esforzado en recortarlas, en pulirlas, eliminando sus connotaciones y sus juegos, hasta hacerlas parecerse a una iconografía o a un perfil, hasta reducir su sentido al dibujo que esbozan enlazándose. Son entonces palabras-imágenes, iconos sin otra referencia que su trazo y su forma sobre el papel.
     Ahora, en este libro Sin título, brillante y a la vez lacónico, quiere darnos, sin embargo, la pura cosa que subyace tras la voz y el nombre. Podría decirse entonces que ésta es una poesía de los objetos en su luminosa y humilde inmediatez. En ella están los cotidianos materiales, los habituales instrumentos —botella, sombrero, fieltro, zapato, platos rotos, puertas y ventanas— y los continuos gestos con que los utilizamos y con que se nos acercan. "Tomar un vaso de agua es una operación" que el poema documenta, es el acto por el que volvemos nuestros el agua y el vaso. Y el mundo y lo que existe no son sino este tráfico de seres, de utensilios, este llevar recipientes, romper vidrios, guiar autos, mirar estrellas, probar la comida, portar gorro, beber líquidos.
     Cada objeto es holograma y cifra de los restantes y el universo se funda en esta complicidad de trato: atar los cordones de una bota implica fundar una estrechez que inaugura nuevos lazos y en la cuchara comienza esa sopa primordial que es el cosmos, el humeante caldo de la vida. Digamos que ese ficticio nexo que el nombre parecía entablar falsamente con su cosa aquí ha sido desterrado en virtud de otro tipo de relación más directa, la del hombre con sus útiles y sus máquinas.
     Dentro de este baile de seres, la palabra es una materia más confundida entre las materias de la tierra. El adjetivo "blanco" de la hoja alcanza, por ejemplo, la insoslayable presencia de una pared o de una sábana, una manifestación directa y vertical. Cada dicción, cada apelación se convierte de este modo en inolvidable, se esencializa. Y el poema adopta una disposición elemental, disposición en la que las cosas vuelven a ser cosas en toda su tangible realidad, en toda su evidente contundencia: labor de restituir el mundo al mundo, lejos ya del proceso mistificador del idioma con el que se nombra.
     El poeta, mago, artesano y monje que es Eielson trabaja en ocasiones anónimamente. Insistamos en que el anonimato es en él algo más claro y más decisivo que un simple accidente. Resulta una condición inexcusable de la obra que se crea independiente de cualquier artífice externo y lejos de una orientación asignada. Así Eielson se dedica a labores múltiples e interdisciplinares —construye músicas, pinturas, actos, instalaciones, objetos, textos, perfiles— para abandonarlas luego en medio de campos, tierras, plazas y lugares públicos, sin darse a conocer como su autor. Entre los regalos así nacidos, este libro "sin título", libro bello y expósito, podría imaginarse una ofrenda más de un propietario invisible, escrito para todos en un gesto sin apellidos.-