Sentido de las proporciones | Letras Libres
artículo no publicado

Sentido de las proporciones

Enrique Serna

Genealogía de la soberbia intelectual

México, Taurus, 2013, 402 pp.

No es difícil que el sentido común se sienta ofendido o perplejo ante la impostura cultural. Imagine el lector que, después de algún espectáculo especialmente frustrante o irritante de los que abundan en el mundo de la cultura, acude a la cantina con un amigo y que, al calor de los tragos, comienzan a quejarse de los sinsabores del ambiente intelectual. Este compañero de copas no se limita al desahogo, ha buscado documentar sus dichos con datos, alude a ejemplos históricos y hace un diagnóstico muy amplio, casi abrumador, de los malestares de la cultura. Eso es Genealogía de la soberbia intelectual, un libro que fluye con la naturalidad y camaradería de una conversación informal, pero que también busca disponer de un soporte para documentar el disgusto del autor ante la afectación y la simonía cultural. Se trata de un ensayo de largo aliento, que pretende ilustrar una serie de actitudes excluyentes del estamento intelectual a lo largo de la historia, defender una noción del arte y del trabajo intelectual, y establecer un esbozo de las pasiones y mezquindades de este gremio.

Para Serna, indagar las metamorfosis de la soberbia intelectual en el tiempo resulta importante, pues esta no solo es un pecado venial, sino que, en ciertos momentos históricos, puede advertirse una peligrosa cercanía entre la noción de superioridad cultural y las manifestaciones más extremas de intolerancia y violencia. El catálogo de taras culturales que aborda este libro es extenso y abarca desde el hábito de poner ropajes esotéricos al conocimiento, hasta los fenómenos de genuflexión y connivencia de los intelectuales con el poder. En particular, Serna explora las muy distintas fuentes de autoridad a las que acuden los intelectuales, ya sea la inspiración divina de los antiguos sacerdotes, ya sea el verbo hermético de los modernos santones académicos. En la mayoría de los casos, concluye Serna, la forma de legitimarse del intelectual consiste en distinguirse de la masa por medio de estrategias que van desde el lenguaje críptico hasta la indumentaria excéntrica.

Lo cierto es que el elitismo, que restringe a unas cuantas esferas del arte y la vida intelectual, resulta contraproducente, pues favorece el poder de la mercadotecnia y la creación de una cultura de masas cada vez más gobernada por los criterios del negocio y el espectáculo. Por eso, Serna llama a redescubrir el aspecto formativo del arte y a restituir la noción de responsabilidad social del artista. Por supuesto, la idea del artista como educador no implica al insulso recitador de moralejas. Serna plantea que hacer un arte exigente, significativo e inteligentemente edificante, en un medio dominado por la uniformidad y banalidad de la cultura de masas, implica un reto, más que moral, estético. De ahí su interés en aspectos como la reconstrucción novelesca de la experiencia humana y la educación del juicio y el gusto, así como la apertura de horizontes e inyección de autoestima que implica el gran arte.

El método ensayístico de Serna consiste en reconstruir, con colorido y muchas licencias históricas, distintas atmósferas intelectuales y establecer analogías, a veces reveladoras, entre prácticas excluyentes y formas de esnobismo muy alejadas en el tiempo. La argumentación de Serna, basada en una prosa fluida y versátiles recursos narrativos, atrapa, pues brinda a su retrato del mundo intelectual un halo novelesco, crea villanos oscurantistas (Mallarmé, Heidegger) e introduce en su recuento histórico una trama de intriga. Desgraciadamente, cuando el autor cae en la tentación de exagerar las analogías y darles redondez narrativa, el libro se convierte en el previsible relato de una conspiración milenaria de letrados y pierde credibilidad y utilidad. Porque si bien se puede estar de acuerdo con el autor en que, desde los orígenes de la cultura, existen élites ilustradas ligadas al poder, proclives a excluir del saber a las masas, esa generalización no ayuda a elucidar el fenómeno actual de la exclusión intelectual. En efecto, hoy muchas manifestaciones de la vida académica y literaria tienden a disociarse del público más amplio, pero ello no responde simplemente a una naturaleza humana malévola o una pulsión invariable del gremio, sino a circunstancias e incentivos muy específicos y, por ejemplo, los complejos ritos de iniciación y redes de complicidades que se tejen en los círculos intelectuales contemporáneos se deben, en gran parte, a que dichos círculos cuentan con características propias de los monopolios, como son las barreras de entrada, la información asimétrica frente al consumidor cultural, la discrecionalidad para fijar prestigios y la arbitrariedad para administrar recursos y recompensas.

Genealogía de la soberbia intelectual es un libro con coraje y valor civil, aunque a ratos falto de matices. Cuando Serna ejerce su sentido común y agudeza narrativa, logra espléndidos y mordaces retratos, pero cuando intenta establecer constantes históricas incurre en generalizaciones insustanciales y hasta maniqueas (“Vencer las mezquindades y valladares defensivos de las élites que detentan el poder cultural ha sido una lucha milenaria que todavía no termina y quizá no termine nunca”). Por eso, los episodios más vigorosos del libro se encuentran cuando el autor habla en primera persona: cuando el magnífico y popular novelista ataca los prestigios prefabricados de cierta literatura difícil; cuando defiende la inteligencia práctica ante el rebuscamiento; cuando exalta la dignidad y posibilidad de excelencia de los géneros denominados menores; cuando, con ingenio, demuestra la petulancia y trivialidad de muchas manifestaciones del arte conceptual; cuando denuncia la emasculación y simulación de la crítica o cuando defiende la independencia del artista que crea gusto y vive de un público exigente. Si como genealogía histórica decepciona por su esquematismo, Genealogía de la soberbia intelectual resulta una franca, discutible y estimulante carta de creencias estéticas, que nos invita a revisar prejuicios y a tener un poco de humildad y sentido de las proporciones. ~