Se llaman nebulosas, de Maricela Guerrero | Letras Libres
artículo no publicado

Se llaman nebulosas, de Maricela Guerrero

 

Se llaman nebulosas, el más reciente libro de Maricela Guerrero, gira, temáticamente, en torno a la figura del hijo: de su concepción a sus primeros meses. Pero lejos de sentimentalismos fáciles, Guerrero propone, ante todo, una escritura renovadora. Una escritura formalmente audaz, a la vez que desparpajadamente conmovedora, divertida, refrescante.
Capaz de referirse al hijo que logró, pese a diafragmas y medidas preventivas, alojarse en el vientre materno como “hijo okupa/ hijo paracaidista”. O entonar dulcemente una nana rarísima y posmoderna, casi como para arrullar marcianos: “Duérmete mi niño/ y cabalga galaxias...”

Acumulaciones: las materias con que estos poemas se construyen provienen de los sitios más dispares: letras de canciones, cultura pop, literatura latina, frases coloquiales, poesía contemporánea, programas televisivos. Materiales disímbolos que vienen cargados de su historia. Una historia que Guerrero enriquece al hacerla pasar por la propia historia personal, o más precisamente, por la escritura de esa historia: acumulaciones de significación.

Acumulaciones: la fuerza poética de Se llaman nebulosas se tensa entre la experimentación formal y la revelación lírica: entre el proyecto de una escritura programática heredera de las vanguardias y la apertura, muy antigua, a eso que seguimos llamando, a falta de mejor nombre, inspiración. Sin ser necesariamente excluyentes, estas posturas ante la escritura poética suelen darse por separado pues, de algún modo, obedecen a concepciones distintas de lo que es o debe ser un poema. En el caso de Guerrero, ambas parecen coincidir, felizmente, en un mismo impulso escritural. El elemento que permite esta coincidencia radica en el tono un tanto desenfadado de su escritura: un tono que al no tomarse tan en serio relativiza, como consecuencia, la solemnidad y la rigidez que toda postura implica.

Acumulaciones: pero no solo las posturas poéticas son relativizadas, sino que incluso la escritura misma del poema es puesta en entredicho. Escribe Guerrero en el poema que abre el libro:

 

Un día de estos, hijo,

caerá el poema redondo:

[concavidad y orilla,

de un golpe seco:

ramalazo

como tú y tu padre:

principios y acumulaciones.

 

El poema se convierte entonces en la espera del poema: en el aviso de un poema futuro: vaticinio o programa. Su concreción, su caída, es pospuesta de manera indefinida pero también próxima: un día de estos. Ramalazo o un golpe inspirado. Se trata, en verdad, de una escritura en proceso: una gestación. Una “gestación por acumulaciones” para decirlo en sus propios términos.

Acumulaciones: el concepto clave que propone Guerrero es justamente ese: el de “acumulaciones”. La acumulación como estrategia de escritura (“Un poema es una acumulación que se distiende...”), pero también como el proceso de gestación del hijo (“Hijo:/ Palabras mil, aguas mil, para que te formases...”). La identificación entre la figura del hijo y la posibilidad del poema se hace patente, sobre todo, en las primeras páginas abocadas a los procesos de gestación. El poema es como un hijo y el hijo es como un poema. Pero llega un momento en que el hijo nace. Y, por su parte, el poema pospuesto parece, finalmente, y por el peso de sus acumulaciones, caer redondo, o más bien estallar. Tal es el caso de “Furias”: uno de mis momentos preferidos y que con gusto transcribiría aquí si hubiera espacio suficiente.

Acumulaciones: no hay nada estable en Se llaman nebulosas. Son poemas en constante mutación, es decir, en una imparable gestación siempre a punto de convertirse en otra cosa. Incluso esos momentos en que la escritura parece concretarse en un poema redondo, incluso esos momentos son desmontados en las páginas siguientes y sus fragmentos son reincorporados a una incesante escritura, siempre en proceso.

Esta transformación constante acontece, paradójicamente, dentro de una estructura programática, serial, apoyada en un juego de repeticiones y derivaciones que por momentos remiten a Hospital Británico de Héctor Viel Temperley. Ahora bien, las repeticiones aquí funcionan tanto por acumulación como por insistencia. Palabras y frases se repiten, una y otra vez a lo largo del libro, pero una y otra vez cambian de significado. O más bien: cada vez adquieren un nuevo significado. Se va creando así un vocabulario acotado pero de significación inestable. Cada poema parece dictar su propio glosario de términos y hay algunos que, literalmente, se constituyen como tales en un juego de definiciones y redefiniciones.

Así, por ejemplo, la frase que da título al libro, “se llaman nebulosas”, es una frase que cruza varios umbrales de significación. En cuanto título, podría sugerir como nebulosas los poemas que componen el libro: acumulaciones de polvo y gas que podrían o no concretarse en estrellas. Más adelante, ya bien avanzado el libro, un médico explica a los padres que aquellas manchas que se pueden observar en la placa de rayos x del hijo enfermo, se llaman nebulosas: flemas congestionando los pulmones. En el paso de la frase de la jerga médica al poema se revela su cualidad poética anterior al poema. Una cualidad poética velada bajo la frialdad de la terminología clínica: una metáfora tomada de los cuerpos celestes para denominar un padecimiento del cuerpo humano: la imagen macrocosmos para describir la imagen del microcosmos. Pero, ya lo dije antes, aquí toda significación es inestable, y lo que era metáfora de una cosa, al poema siguiente lo es ya de otra: “Nebulosas: enjambres de enfermeras alrededor de tu cama: aguijones, sustancias; pacientitos en bandada nebulizables, canalizables...”

Se llaman acumulaciones: ¿Cuántos libros como este son necesarios en un momento dado para decir que la poesía pasa por un momento extraordinario? ¿Se llaman nebulosas es hijo de su momento? ¿Se llaman nebulosas concibe, gesta, inventa su propio momento? Libros como este se llaman excepciones. ~