Satanás, de Mario Mendoza | Letras Libres
artículo no publicado

Satanás, de Mario Mendoza

LOS JINETES DEL APOCALIPSISMario Mendoza, Satanás, Premio Biblioteca Breve 2002, Seix Barral, Barcelona, 286 pp.No sé a qué tipo de reflexión puede invitar el hecho de que, desde que en 1999 se resucitó el Premio Biblioteca Breve, fallecido en trágicas circunstancias en 1973, los ganadores latinoamericanos hayan sido tres (el mexicano Jorge Volpi, el argentino Gonzalo Garcés y ahora el colombiano Mario Mendoza) frente a un solo escritor español, Juana Salabert. Más interesante es el hecho de que, en el momento de recibir el premio, cada uno de los autores, con la excepción de la española Salabert, eran desconocidos en España, y que todos ellos han propuesto nuevos planteamientos narrativos que rechazan la etiqueta del realismo mágico a la que parecía condenada la literatura latinoamericana, con el apoyo de una crítica paralizada y paralizadora, de claros intereses comerciales, y de algunos premios de prestigio.
     La novedad radical de En busca de Klingsor, de Jorge Volpi, es que se salió del marco mexicano y latinoamericano y acudió a la historia (una historia que ha marcado el destino de la humanidad) para plantear unos problemas de orden moral y, al mismo tiempo, ha borrado la barrera entre documento y ficción. Es decir, se superan los límites de la novela histórica y se contienen los límites de la desbordada imaginación del realismo mágico. Algo parecido hizo Juana Salabert en Velódromo de invierno.
     Al igual que los anteriores premiados, en Satanás, de Mario Mendoza (Bogotá, 1964), hay una estrecha relación entre los hechos históricos y su trascendencia moral, entre la crónica y la ficción. Pero las diferencias son asimismo notables. Mendoza no acude solamente a la historia, sino también a la realidad política y social del presente. A diferencia del ruralismo exótico del realismo mágico, la suya es una novela rabiosamente urbana. Y está centrada en los conflictos por los que atraviesa su país. Finalmente, hay una dinámica narrativa, una cadena de tensiones, un interés por atrapar al lector, es decir, por novelar, que procede tanto de la renovación de la novela clásica (La fiesta del Chivo de Vargas Llosa) como de la apocalíptica violencia de cierto cine norteamericano (Taxi Driver es una de las referencias).
     Según confesión del autor, la novela parte de una serie de sucesos reales. Tiene lugar en un Bogotá que reconstruimos a través del continuo deambular de los personajes que monologan, evocan, van en busca de apoyo o huyen de la desesperación. Cada personaje carga con una pesadumbre distinta, y poco a poco el destino les va uniendo. El magistralmente manejado contrapunto, que da verosimilitud y agilidad al mundo novelesco, va conduciéndonos a una serie de lugares que se convierten en referencias ambientales, espacios dramáticos y puntos de encuentro: las montañas de Bogotá, el templo de Monserrate o el barrio colonial de La Candelaria, con la casa de la endemoniada y la iglesia del padre Ernesto.
     Si las calles van trazando una red de relaciones, lo mismo ocurre con los personajes: convincentes, muy bien retratados y que pronto resultan familiares al lector que los sigue en sus desplazamientos y en su entrecruzarse. Todos desempeñan un papel esencial en este juego de relaciones. La hermosa María trata de escapar de las humillaciones a las que se ve sometida y se dedica a seducir a ejecutivos para sacarles dinero. Curiosamente, es virgen y perderá su virginidad en una espantosa violación. Encontrará consuelo regresando al padre Ernesto y en el cariño de una muchacha de su edad. Andrés es un pintor al que una fuerza misteriosa le lleva a marcar el destino de sus retratados. Sufre, asimismo, una compleja experiencia amorosa.
     Los personajes más poderosos, en los que acaba por confluir el peso de la novela, son la muchacha endemoniada, el estudiante de lenguas modernas Campo Elías, también poseído por las fuerzas del mal, y el padre Ernesto, personaje que procede de una conocida tradición de sacerdotes conflictivos, agobiados por la culpa y la flaqueza de la carne, abnegados y purificados por el sufrimiento, como en Mauriac, Bernanos o Graham Greene.
     El mayor logro de esta novela es que el carácter puramente narrativo y el de documento político y social alcanzan una profunda dimensión moral y simbólica. Del mismo modo que se va tejiendo una relación entre los distintos personajes, se establece asimismo una relación de significados. Y si bien es cierto que hay algunas fisuras en la novela (el exceso de redundancias, la inverosímil y blanda relación de María con Sara, el escaso desarrollo de la pasión literaria en Campo Elías), estos defectos quedan absorbidos por el crescendo narrativo, paralelo al crescendo simbólico, en torno al significado oculto de una serie de cuadros, el desdoblamiento de la personalidad, la pesadilla de la guerra (desde Vietnam hasta los movimientos guerrilleros, los militares y los paramilitares colombianos), la venganza, la naturaleza del mal, la inevitabilidad del crimen, el caos y el fatal apocalipsis, cuyo galope escuchamos a lo largo del libro para culminar en una brutal escena de violencia que procede tanto de la gulp fiction como de la realidad colombiana y de nuestra civilización occidental. -