De sangre y de sol, de Sergio González Rodríguez | Letras Libres
artículo no publicado

De sangre y de sol, de Sergio González Rodríguez

Un hombre se asoma al balcón de su cuarto de hotel, recibe un balazo en el ojo izquierdo y muere. Se trata quizá de una bala perdida o acaso de un crimen pasional. Esta anécdota, que podría ser material para una gaceta sensacionalista, es uno de los destinos cruzados que conforman De sangre y de sol, el reciente libro de ensayos de Sergio González Rodríguez. El extraño deceso del escritor inglés Wilfrid Ewart, ocurrido en el Hotel Isabel de la ciudad de México el 31 de diciembre de 1922, le sirve al autor –junto a otras inquietantes estampas históricas– para establecer una reflexión en torno a la sangre derramada como elemento mágico y de poder, y sobre la ciudad de México como altar sacrificial por excelencia.

“En la encrucijada de nuestros misterios y los de otros surgen signos que atraen por su brillantez y su fugacidad”, escribe González Rodríguez. En congruencia con el carácter místico y esotérico de sus ensayos, estructuró De sangre y de sol como si fuera una especie de tarot. Según el historiador Joss Irish, el sagrado Libro de Thoth de los antiguos egipcios tenía 78 láminas de oro puro. Con el paso de los siglos se “deshojó” hasta alcanzar su forma de baraja actual, en la que se concentra un conocimiento hermético, sólo accesible a los iniciados. En ese sentido, cada capítulo de De sangre y de sol es un naipe con diversos significados y posibilidades que abren la conciencia del lector hacia un mundo paralelo. “La última puerta hacia la noche”, lo llama el autor. 

González Rodríguez armó esta baraja a partir de una serie de símbolos universales –sangre, sol, cruz, círculo, estrella, oro, pentagrama, corazón, pirámide, serpiente, puerta, infinito– y de algunos escritores, filósofos y artistas cuya estancia en México fue fundamental en la concepción de su credo: D.H. Lawrence, Ernst Jünger, Arnold Krumm Heller, Aliester Crowley y el mencionado Ewart, quienes sumados a Octavio Paz y el Dr. Atl componen estas “cartas para navegar en continentes perdidos y siempre recuperados que llaman al dilema, la intriga o el estupor”.

Al escribir este libro, González Rodríguez utilizó los datos y hallazgos recabados en sus indagaciones para tender puentes que conectan a un personaje con otro, y tejió elegantemente los ensayos con un estilo narrativo, como hiciera en El centauro en el paisaje. En De sangre y de sol los géneros también se funden para lograr un relato denso en contenido pero de ágil lectura. Por ejemplo, tras ahondar en las circunstancias de la muerte de Ewart en el capítulo dos (una notable reconstrucción periodística), el autor asesta una revelación desconcertante en el capítulo cuarto, digna del mejor de los thrillers policiacos: en el piso del Hotel Isabel en el que murió el inglés no hay balcones. Al igual que sucede en una honesta lectura de tarot, estas páginas no ofrecen respuestas absolutas, sino más preguntas y acertijos.

La baraja de De sangre y de sol es amplia. Entre otros temas, González Rodríguez se ocupa del partidismo nazi entre intelectuales y artistas mexicanos en los años treinta y cuarenta del siglo xx; de las germanías esotéricas que llegaron a nuestro país durante el gobierno carrancista; de los idolillos precortesianos llamados “caritas sonrientes” que invadieron las tiendas de antigüedades en los años cincuenta, cuya expresión de dicha extática se atribuye –como señalaba Octavio Paz– “a los efectos de una droga ingerida antes del sacrificio”; de la idea de un mundo prehispánico sobreviviente en la profundidad de los estratos históricos y de las andanzas del mago-satanista Aleister Crowly, que lo llevaron hasta la cima del Popocatépetl.

México es la dimensión energética que permite tales encuentros, que no pudieron haber ocurrido en otro sitio, porque es este “país trágico” –como le decía Jünger– el que les da sentido. Pero González Rodríguez ve a México como metáfora, como punto de partida de una trama mayor, donde la asimilación de los signos expuestos en su baraja implica un compromiso intelectual: “La geopolítica de los símbolos, su expansionismo del espíritu en el planeta al que hay que interrogar una y otra vez desde lo más cultural, desde lo más textual, desde lo más personal: el mundo como libro y el libro como mundo.” Páginas en las que los conjurados habrán de firmar un pacto de sangre. ~