Sangre, de Julio Hubard | Letras Libres
artículo no publicado

Sangre, de Julio Hubard



Buena noticia: a partir de un tema aparentemente reservado a la biología o la medicina, un filósofo y poeta escribe Sangre, un libro exigente y estimulante, de vocación rigurosamente andariega. La sangre, como sugiere Julio Hubard, se encuentra entre lo material y lo espiritual, es un fluido, a la vez concreto y metafórico, que conecta al individuo con la familia, con la tribu, con la historia y con lo divino. Así, al lado de la historia positiva, científica de la sangre, ésa de descubrimientos graduales y esforzados, se desenvuelve esa otra prolongada historia simbólica, plagada de dioses y fantasmas, que forma parte de nuestro acervo más tenaz de arquetipos. Hubard aborda ambas historias y con un método que combina saberes, ya sea la filosofía con la filología, la teología con la historia, o la ciencia con la literatura, y crea una exploración de rigor inusitado en el ensayo actual que, sin embargo, resulta accesible gracias al don del estilo. Porque es notable y gozoso constatar cómo el recorrido por la historia de las costumbres y las ideas va adquiriendo forma literaria y unidad, y cómo el manejo argumentativo tiene, amén de su seriedad, un fino encanto narrativo. De manera que, en esta exploración, la curiosidad científica, la formación filosófica y el gusto anticuario se conjugan para generar un fino tejido de analogías, asociaciones, intuiciones e hipótesis.

Con soltura, Julio Hubard comienza su exploración de la sangre por la Grecia arcaica, sigue por el orbe de la Biblia y los albores del cristianismo, se entretiene en el Renacimiento y en el periodo isabelino y llega a los lindes de la historia moderna. Hay muchas ideas que rescatar de este recorrido: la noción de la sangre como marca y destino, anterior a la formación del “yo”; la disyunción, en la tragedia griega, entre la justicia de las deidades arcaicas que se inflaman con el olor a sangre y la justicia positiva de los dioses olímpicos; la sangre como rasgo de diferenciación que funda, por exclusión, familias, imperios y cofradías o, al contrario, la prédica de San Pablo acerca de la proveniencia de todos los hombres de una misma sangre y sus consecuencias universalistas; la noción de la posibilidad de las degradaciones de la sangre merced a las emociones, como el amor o la ira; el simbolismo político de la sangre y el papel de los decapitamientos, o el descubrimiento de la circulación de la sangre y la aplicación de ésta, ya metáfora, al cuerpo social. En fin, desde la sangre como raigambre hasta la sangre como alianza divina, pasando por la sangre como genitora del cambio político, Hubard persigue las metamorfosis de este concepto. Se trata de un largo proceso de transfiguración simbólica, pero también de evolución científica y desacralización, que coloca a la sangre como un mero fluido, lo que se supone despoja al individuo moderno de toda la imaginería atribuida por siglos a esta sustancia.

Es cierto que la idea de la sangre, y con ello la idea del mundo y del individuo, ha cambiado radicalmente; sin embargo, el proceso de desencantamiento de la sangre, que se adjudica la ciencia moderna, no mengua sus misterios, los cuales permanecen en los subterráneos del esoterismo, la magia, el subconsciente o los fundamentalismos políticos. De modo que, como advierte el autor, la amputación científica de la sangre puede ser no sólo un empobrecimiento de la cosmovisión moderna, sino una forma de hipocresía e ignorancia, que soslaya fenómenos como el dolor y la enfermedad, que oculta una violencia letal pero higienizada y que pretende domesticar emociones como la furia y el ánimo de venganza.

Valdría la pena destacar sólo un ejemplo de estas omisiones modernas en torno al poder de convocatoria de la metáfora sangrienta: como señala Julio Hubard, hay una antigua concepción política de la sangre como potencia purificadora y regeneradora, que alienta las rebeliones y revoluciones y que, en la vida moderna, acaso sólo se atreve a reaparecer en estos freaks de la historia de las ideas como Joseph de Maistre. Pero si la sangre ha desaparecido como símbolo político aceptable, pervive en su pasión regeneradora y de reclamo de justicia, antijurídico y atávico, en actos extremos como los linchamientos y el terrorismo. En este sentido, la omisión de la dimensión simbólica implica un riesgo en tanto ignora pulsiones aún operantes en un cuerpo social, cuyas respuestas no siempre se orientan por los criterios de elección racional.

En suma, Sangre es un ensayo que responde verdaderamente al espíritu del género, un itinerario de escritura amplio y atípico que, más que llegar a conclusiones, abre, con sus conjeturas y preguntas, vetas de exploración intelectual sorprendentemente fecundas. ~