Salvador Novo. Lo marginal en el centro, de Carlos Monsiváis | Letras Libres
artículo no publicado

Salvador Novo. Lo marginal en el centro, de Carlos Monsiváis

Monsiváis o el arte de las sentencias
      
     Carlos Monsiváis, Salvador Novo. Lo marginal en el centro, ERA, México, 2000.
      
     Los libros de Carlos Monsiváis suelen mantenerse cohesionados más por un espíritu —la sensibilidad de un periodo, los métodos de promoción social en algún otro— que por los temas específicos que discuten. Todos los volúmenes de literatura, a fin de cuentas, batallan su gravedad en la cacería de un fantasma que los gobierne —que los haga un universo aislado, distinto al desastre de lo real—, pero en obras como Amor perdido o Entrada libre la felicidad del lector procede no tanto de las honduras de una u otra de las piezas coleccionadas como del sabor que deja su amalgama. Monsiváis gana cuando un tramo del mundo ha sido contenido, cuando lo difuso de los materiales con que trabaja se acumula hasta generar la ilusión de que cierta realidad fue agotada.
     Salvador Novo. Lo marginal en el centro, a pesar de parecer un libro monolítico por su nombre y estructura, comparte con el resto de la obra de Monsiváis la incomodidad ante las piezas de aliento largo y firmeza genérica: no es una biografía, aunque comience con la infancia de Novo y termine describiendo su funeral; tampoco es una obra de crítica que revise sus trabajos a la luz de una serie de postulados duros. Se trata de una suma de textos organizados siguiendo un patrón biográfico, que van y vienen entre el ensayo y la crónica, y que a ratos se afianzan en formas ancilares: el panegírico, la historia de las mentalidades, la reseña. El resultado final es una vasta meditación sobre las actitudes de Novo frente a los hechos y personajes influyentes de la sociedad mexicana del siglo XX.
     Se puede decir de casi cualquier figura pública y longeva que fue testigo de un siglo; con Novo los términos están al revés: el siglo testificó sobre su vida. Lo marginal en el centro es, en ese sentido, un ensayo de explicación sobre los motivos del minucioso registro de los actos propios con que llenó su obra. También es una revisión de las estrategias de supervivencia que le permitieron desbancar a Gutiérrez Nájera como el dandy más competente que haya dado la Ciudad de México. En los fondos del volumen late lo que Severo Sarduy llamaba "relatos sobre la inversión": historias afianzadas en la tradición carnavalesca en que la trama no se organiza en hechos, sino a partir de transposiciones —de sentido, de vestuario, de sexo. Acaso el patrón biográfico que sigue el libro responda a este motivo. Lo marginal en el centro puede ser leído como una revisión desde lo inverso sobre los temas que tocaron a Novo de entre los que —a toro pasado— sabemos que fueron significativos para el siglo entero: la integración del grupo de Contemporáneos y sus polémicas, el tránsito de la administración pública militar a la civil, la construcción de una alta burguesía desesperada por un poco de ilustración, el movimiento estudiantil de 68. Es en este territorio, sutil y refrescante, en el que se anota lo más disfrutable del volumen, porque en él se suman las malevolencias y heterodoxias del autor y su crítico. Envueltos por el celofán devastador del desplante verbal, los hechos más solemnes de la historia cultural reciente pueden terminar en botana, y eso siempre se agradece.
     Carlos Monsiváis es uno de esos autores, cada día más raros, en los que persona y estilo son una sola cosa, el tipo de escritor que podría dejar de firmar sus artículos sin que nos diéramos cuenta. De entre los elementos que hacen característica su prosa, el más visible es el hecho de que su discurso se articula en el contrapunto de títulos intermedios —generalmente citas altamente significativas o voces que se pretenden distintas a la del autor y que hacen las veces de un coro— y sentencias que le conceden gravedad moral a un grupo de observaciones. Hay muchas máximas memorables, ardientemente irónicas, en su Salvador Novo: "Los escritores compensan la falta de estímulo escribiendo para el porvenir, o mejor, para esa forma cálida del porvenir que es el reconocimiento de unos cuantos, no necesariamente amigos", o "Un dandy aislado es un anacronismo, un dandy reconocido ratifica la obtención generalizada del buen gusto". Hay algo de búsqueda de una verticalidad clásica en este método. Como un Suetonio de las márgenes geográficas y temporales de Occidente, Monsiváis escribió la vida de un príncipe decadente y la cargó de sentencias. Hizo, más que un escrito biográfico, un compendio de sabiduría sobre el espíritu de un tiempo —el siglo XX— administrado siguiendo una retórica rigurosa. -