Rex, de José Manuel Prieto | Letras Libres
artículo no publicado

Rex, de José Manuel Prieto

Dicho épicamente: hay libros ante los que uno, crítico literario, se juega hasta la camisa. Libros incómodos, tan plausibles como censurables, que obligan a adoptar una posición intransigente. ¿Sí o no? ¿Esta concepción de la literatura o aquella otra? Rex, de José Manuel Prieto, es una de esas obras. Entiendo que existen tantos argumentos para refutarla como para celebrarla. Reconozco que el libro no es sencillo y que es, a veces, incluso desesperante. Anticipo los comentarios adversos de aquellos que, en sus casas, coleccionan académicos bodegones y paisajes marinos: es una novela fatua, excesiva, insólitamente densa. Lo común, en un caso como éste, sería esquivar el escollo: cantar esto, denunciar aquello, pasar –la mirada baja– al siguiente libro. La cosa es que uno se cansa de hablar de libros. Habría que hablar, de vez en vez, de aquella otra cosa: la literatura. Preguntarnos: ¿esta idea de narrativa o aquella otra? Obligarnos a contestar: más allá de las imperfecciones del tomo, ¿sostenemos o no su poética? Responder: ¿Rex sí o Rex no? Sí. Decididamente.

¿Por qué apoyar una literatura que, en principio, nos opone resistencia? ¿Por qué defender una narrativa trabajosa e imperfecta que se empeña, entre otras cosas, en no narrar apenas nada? Porque lo otro, la facilidad, es ya infértil. Porque lo contrario, aquella narrativa atada a las convenciones clásicas, ya rara vez es elocuente. Porque el libro, Rex, lo merece. Aunque me repita, es necesario insistir: en una época marcada por la abulia literaria y la avidez editorial, no deja de ser elogiable el arrojo. Rex es una novela arrojada. Para concluir su trilogía rusa –compuesta también por Encliclopedia de una vida en Rusia y Livadia–, Prieto ha optado por el camino menos transitado: el radicalismo. Todo en el libro –la trama, el ritmo, la prosa– parece arrastrado hasta su extremo. Nada –ni siquiera una página– pacta con el medio tono. La trama: disparatada y poco ordinaria. Hay, en principio, una familia rusa, traficante de diamantes falsos, y la familia se oculta de la mafia en la costa española. Hay un joven, cubano y pretencioso, y el joven es contratado como maestro privado del niño ruso. Hay, sobre todo, un plan extravagante: escapar de la mafia del modo más insólito, reinstalando la Casa Imperial rusa, ocupando el vacante trono de los zares. ¿Es necesario decir que la anécdota, atestada de digresiones monárquicas, es políticamente incorrecta? ¿Que Prieto presta su prosa a ideas aristócratas, antidemocráticas? ¿Que, una vez más, el arrojo?

¿Por qué apoyar una novela que algún académico panzón calificará, extasiado, como metaliteraria? Acaso porque Rex es bastante más que eso. Aunque su estructura es rígida –doce lecciones dictadas por el maestro a su pupilo–, no hay frialdad en toda ella. Aunque el narrador cree gnósticamente que no existe más realidad que la descrita en En busca del tiempo perdido, no hay largas parrafadas didácticas ni estériles juegos de espejos. Por el contrario: hay humor y, aparte del humor, una inesperada familiaridad de Prieto con la obra de Proust. No conozco un homenaje más cálido a Proust, en castellano, que esta novela. No recuerdo, en la última narrativa, un objetivo más encomiable que el expresado, en un párrafo feliz, por el narrador: escribir entre las líneas de En busca del tiempo perdido, agregarle con timidez algunas frases, fundirse anónimamente en su grandeza. (Sí sé por qué Prieto elige a Proust como héroe, porque cree que no hay nada más alto que la sofisticación, y no existe autor más sofisticado que Proust. Sofisticación y frivolidad: Prieto se ha esforzado, acaso demasiado, en ser el autor más frívolo de la narrativa reciente. No es natural que sea un cubano quien se empeñe en ese sentido. Allí donde Reinaldo Arenas demandaba el derecho a elegir un par de zapatos nuevos, Prieto entra en detalles: estudia la piel, el diseño, la marca de los zapaticos.)

Una burda superstición nos ha hecho creer que el reseñista no debe atender, no detenidamente, la prosa del libro reseñado. Ya habrá otros, se sugiere, que se fatigarán en el examen estilístico. Con Prieto no hay manera de ignorar la prosa: es la protagonista y, en este caso, también el elemento que más se opone a una lectura rápida, distraída. Si la prosa de Prieto en sus libros anteriores era particularmente opulenta, aquí es eso y es otra cosa: una escritura deliberadamente incorrecta. En vez de fluir sin resquicios, balbucea y riñe con la sintaxis. Antes que avanzar, se extenúa en reiteradas espirales. Una particularidad tiene: carece, en muchísimas frases, de verbos. ¿Por qué? Porque su intención no es tanto transcurrir como registrar. Una imagen incluida en la novela –la de una resina fresca en la que las moscas yacen atrapadas– funciona como metáfora exacta de la escritura de Prieto. Es así: una materia flexible, de pronto viscosa, en la que queda registrada una minuciosa impresión del mundo. El mundo: telas, muebles, joyas y aquellas otras cosas verdes y vivas.

Pienso: en una época en que se enaltece la eficacia de Roberto Bolaño, Prieto parecerá un autor redundante y sobrado. La razón: nos incomoda el derroche y Prieto es puro gasto. Para dar una idea de su opulencia verbal es necesario recurrir a un ejemplo ya trillado: no Proust sino Nabokov. Un Nabokov, además, extremo. Si el irlandés John Banville ha limpiado a Nabokov para emularlo en sus fluidas narraciones, Prieto marcha en sentido contrario: satura aún más el estilo nabokoviano, casi hasta volverlo antinarrativo. (Las comparaciones son excesivas, pero no encuentro otras mejores.) Son muchas las imágenes del cubano y, cosa rara, ninguna luce manida. Son escasos los episodios que andan velozmente y, sin embargo, el libro no se cae nunca de las manos. Parecería que Prieto (La Habana, 1962) escribe para un público ya en extinción: los pacientes lectores de poesía.

No hay mejor manera de hundir un libro que celebrándolo como hasta ahora. Diciendo: es arrojado, avanza morosamente, no se detiene a complacer el tosco gusto de ningún cristiano. Habría que decir, por lo mismo, la otra parte: a pesar de su rigor (o tal vez por ello), Rex es una novela chispeante. Se mentiría si se dijera que toda ella está siempre encendida. Es verdad, sin embargo, que son legión sus episodios radiantes, sus párrafos bellísimos, los repetidos y desusados fogonazos. ¿Que no es suficiente? Hoy es incluso demasiado.

Está, además, su Idea. ~