Pútrida patria | Letras Libres
artículo no publicado

Pútrida patria

Fernando Aramburu

Patria

Barcelona, Tusquets, 2016, 646 pp.

 

Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha escrito tres libros sobre ETA. La colección de relatos Los peces de la amargura (Tusquets, 2006) contaba el sufrimiento de las víctimas y el clima de silencio que se creaba a su alrededor. La novela Años lentos (Tusquets, 2012) trataba de los comienzos de la organización y del apoyo de una parte del clero al movimiento. Patria, el más extenso y ambicioso de los tres, narra la historia de dos familias a lo largo de varias décadas y describe la atmósfera producida por el terrorismo en el País Vasco.

La novela arranca en 2011, con el anuncio por parte de ETA del cese definitivo de la violencia. Poco después, Bittori visita la tumba del Txato, su marido, uno de los casi mil asesinados por la banda terrorista. Regresa alguna tarde al pueblo que tuvo que abandonar cuando lo mataron. Como el extraordinario Los peces de la amargura, Patria retrata el desamparo que sufrían aquellos a quienes el terrorismo designaba como enemigos. En este caso, las víctimas son una presencia incómoda: su visibilidad tiene algo ofensivo, se percibe como un obstáculo para la “paz”. Quien más siente esta incomodidad es Miren –“somos víctimas del Estado y ahora somos víctimas de las víctimas”, se queja–, madre de un terrorista encarcelado en el Puerto de Santa María. Su marido y Txato habían sido grandes amigos, compañeros de bar y ciclismo; Miren y Bittori habían sido casi inseparables. Cuando ETA señaló al Txato por no pagar el “impuesto revolucionario”, el empresario perdió la relación con sus amigos y sus vecinos de siempre.

La novela describe un círculo vicioso de extorsión y violencia: un comportamiento mafioso que generaba un entorno de silencio atemorizado y era al mismo tiempo legitimado como lucha heroica, y sostenido por la tibieza o a veces el apoyo explícito de representantes de las instituciones. Como en Años lentos, el cura del pueblo alienta la lucha armada; el ayuntamiento fleta autobuses para asistir a homenajes a etarras.

Aramburu reconstruye el proceso de exclusión de la familia del Txato, el temor que hace que envíe a su hija a estudiar fuera y las consecuencias de su asesinato para su mujer y sus hijos: la devastación y los intentos –muy diferentes– por seguir viviendo. También muestra los efectos de la militancia etarra en sus familiares: desde el rechazo a la violencia de Arantxa a la adopción de posturas abertzales por parte de la madre, desde las humillaciones infligidas por miembros de las fuerzas del orden al temor por los hijos integrados en la banda, desde la tensión y solidaridad de algunas personas a la presión del entorno sobre Gorka, el hijo menor, desde la vergüenza por tener un asesino en la familia a la creación de riesgos y complicidades.

La glorificación de la estampa del guerrero en los ambientes abertzales contrasta con la vida del terrorista que muestra Aramburu: la suciedad, la escatología, el miedo, un mundo no solo paranoico y fanatizado, sino infantil, cutre y ocasionalmente cómico (como cuando dos etarras se refugian en casa de una pareja de simpatizantes, y la anfitriona tiene claras intenciones de acostarse con los dos huéspedes). Aparecen el racismo contra los que no son vascos (aunque también se puede excluir al vasco de convicciones equivocadas), la extraña combinación de hipersensibilidad para recibir ofensas y negación de las que sufren los demás, y el descubrimiento de que lo que parece cobardía –alejarse del grupo y cambiar las propias convicciones– puede exigir más coraje que mantenerse fiel. El padre de un etarra muerto lamenta cómo su hijo, y su muerte, han sido utilizados para la causa. Joxe Mari, antiguo gudari de fe inquebrantable, mantiene la confianza en la cárcel “contra el veneno de la nostalgia, los remordimientos y la sensación de derrota” a base de odio, pero más tarde cree que “se le estaba escapando lo mejor de la vida”.

Patria es una historia sobre unas vidas truncadas por el terrorismo pero también una novela familiar de dos sagas dominadas por mujeres fuertes y en muchos aspectos parecidas, donde los personajes cambian, y donde nunca controlan su destino ni están a salvo de la tragedia. Aunque las ideas desempeñan un papel importante, no es una novela sobre ideas, sino sobre relaciones humanas (a veces afectadas por esas ideas): sobre las tensiones entre padres e hijos, sobre el rechazo a las parejas de los descendientes, sobre la fragilidad del amor, sobre el temor, la extrañeza o el odio que nos produce quien está próximo. Muchas de las cosas que se cuentan trasladan la impresión de lo vivido u observado de cerca.

Aramburu evita el maniqueísmo o una visión idealizada de la reconciliación. Los personajes principales son cobardes y valientes, generosos y mezquinos. No confunde los papeles de la víctima y el agresor. Construye una narración rica y sólida a partir de capítulos breves. Aunque predomina un narrador en tercera persona, utiliza el estilo indirecto libre y la primera persona, así como los saltos en el pasado y el presente. Revisita elementos costumbristas y emplea a veces un estilo intencionadamente vacilante y aproximado: “Entre las dos mujeres decidieron/acordaron”, “él acudió al aeropuerto con un ramo de flores a recibirla consolador/cariñoso”. La narración vuelve a algunos episodios y en especial al atentado desde distintos puntos de vista: el crimen es el corazón, nunca totalmente explicado, del relato. Pocas veces tiene la intensidad apabullante de las primeras ochenta páginas, pero siempre conserva el pulso y el interés. Si la novela es moralmente irreprochable y narrativamente poderosa, a veces sorprende el uso de arquetipos para los personajes secundarios, y algunos intercambios un tanto forzados contrastan con el esfuerzo de verismo de los diálogos, que se manifiesta en el uso del condicional en lugar del subjuntivo o de infinitivos por el imperativo.

“Tengo el firme convencimiento de que está en marcha la derrota literaria de ETA”, dice casi al final de la novela un escritor que, como Aramburu, ha publicado un libro de relatos sobre las víctimas y que, como Aramburu en 2006, es invitado a participar en un congreso de víctimas del terrorismo. Cuando gana un premio de poesía, el sacerdote le dice a Gorka que su escritura debe ser un compromiso con un proyecto de construcción nacional y lingüístico. Lo que ofrece Aramburu en esta extraordinaria novela es mucho más interesante que lo que dice el sacerdote: la mirada individual, poliédrica y humanista de un escritor en plenitud de facultades, capaz de explicar la complejidad de un conflicto sin caer en la equidistancia y de mostrar el poder de la buena literatura. ~


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