Por qué importa Sinatra, de Pete Hamill | Letras Libres
artículo no publicado

Por qué importa Sinatra, de Pete Hamill

En algún momento a finales de la década de los sesenta, Frank Sinatra le propuso al joven periodista Pete Hamill que le “redactara su autobiografía”. Aquello nunca se concretó pero Hamill conservó en la memoria, con precisión de reportero e intuición de escritor, las profusas conversaciones que sostuvo con el ídolo durante sus diversos encuentros casuales a lo largo de varias décadas. Hamill tiene el recato de advertirnos: “No éramos amigos íntimos, nunca fui a su casa y él nunca fue a la mía.” Sin embargo, se deja ver una empatía profunda entre los dos hijos de emigrados, ambos luchadores a su modo. No niega al energúmeno o al rijoso, razona que no en balde hubo a su muerte tantos testimonios sobre brutalidad explosiva, arrogancia y atropellos, pero a él no le tocó presenciar ese lado, aunque pudiera adivinarlo: “Era maravilloso con los niños, incluidas mis dos hijas. Era gracioso. Era vulnerable.” La sagacidad lo lleva a agregar, especulativo: “Quizás sólo se ponía una máscara en mi presencia, mostrándole imágenes a un escritor para que este las memorizara de cierta manera, como una especie de representación.”

Aunque siempre sutil, el libro es un alegato tan envolvente que, de manera rotunda, le devuelve a Sinatra un halo de nobleza, belleza heroica y misterio a los ojos de una generación que lo conoció –si acaso– en decadencia irrebatible: un reaccionario mofletudo de peluquín, autoindulgente y grosero, que insistía en cantar “My Way” hasta que la rutina vaciara de sentido las palabras de la canción, o, más precisamente, las dotara de un significado opuesto al original: de un canto de insumisión pasó a ser el himno de los frustrados. Con unos cuantos trazos certeros, Hamill diagrama un contexto político y social en que enmarca a su Sinatra, nos deja claro en qué medida es un producto puro de la era y cómo influyen en su ascenso el puritanismo reinante, la prohibición (por tanto también la mafia), la gran depresión económica y, más tarde, la guerra. Una vez definido este cuadro, el autor se concentra en el perfil del cantante que moldeó un estilo a partir del reconocimiento de que ningún baladista poseía la elocuencia y hondura de Billie Holiday; el individuo con una herencia monumental de melancolía que lo abisma y deja postrado por temporadas enteras; el enamorado herido de muerte, quebradizo ante su deidad personal: Ava Gardner. Por lustros se ha tratado de describir las características de “La voz”; aquí más bien se estudian sus efectos y la complejidad de quien la emite:

 

El hombre que les cantaba a los solitarios del bar estaba en nuestra mesa. Mejor dicho: nosotros estábamos en su mesa. Cada vez que Frank Sinatra se sentaba en una mesa, esta se volvía su mesa [...] Durante décadas, Sinatra había definido el glamour de la noche urbana. Se trataba de un tiempo y de un espacio a la vez; habitar la noche, volverse una de sus inquietas criaturas, era un pequeño acto desafiante, una compartida declaración de libertad, una negativa a acatar todas las reglas convencionales que insistían en que los hombres y las mujeres se levantaran a las siete de la mañana [...] En su música, Sinatra dio voz a todos aquellos que creían que una vida más intensa comienza a medianoche [...] Si uno amaba a alguien que no le correspondía, siempre se podía meter en una cantina, dejar su dinero sobre la barra y escuchar a Sinatra.

 

La labor de traducción de Jorge F. Hernández logra transmitirnos lo que es la distinguida y sonora prosa en inglés de Hamill, que en este libro, quintaesencial entre los suyos, alcanza momentos de concentración poética.

A través de las atmósferas y los detalles que revela, el autor nos convence de la riqueza mítica de un pasado reciente, y deja que nos seduzca un hombre de leyenda. Más allá de eso, se preocupa por puntualizar que es la calidad de Sinatra como músico, como vocalista, la razón central de su trascendencia. Así, la atención deja de recaer en la noción moderna de celebridad y se le restaura peso cabal a la dignidad del personaje como artista en el sentido más amplio de la palabra. ~

 


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