Poemas impuros, de Nuria Amat | Letras Libres
artículo no publicado

Poemas impuros, de Nuria Amat

 

Nuria Amat (Barcelona, 1950) es una escritora multifacética. Por cierto, es más conocida por sus novelas, que registran sus experiencias en ambientes tan diversos como el mundo en que se formó (El país del alma, 1999) o las vividas en otras tierras, como la Colombia de la violencia retratada en Reina de América (2002); pero cultiva también el teatro, la crítica (es autora de un ensayo sobre Juan Rulfo) y ahora la poesía. El libro que acaba de publicar en este género se titula Poemas impuros, y es realmente el primero porque el anterior, Amor infiel (2004), recoge sus versiones libres de poemas de Emily Dickinson.

El presente libro es, por varias razones, una obra notable, en verdad excepcional. Se trata de una colección consagrada, en un grado absoluto y obsesivo, al tema amoroso. La pasión erótica es examinada, con tanta intensidad como minuciosidad, a través de todos los arduos dilemas que plantea. La sensación de que estos poemas, generalmente breves, son parte de un diario íntimo se acentúa por el hecho de que carecen de título: son como fragmentos de un discurso amoroso, de una angustiosa reflexión cuyo flujo no tiene principio ni fin.

El carácter confesional de los textos es su rasgo más profundo y explica la irresistible urgencia de su tono: no nos permite olvidar la proximidad entre lo vivido y lo escrito. ¿Por qué son “impuros” estos poemas? Tal vez porque son una vía para conjurar el recuerdo de algo perturbador y oscuro que la poeta no puede soportar más a solas; un epígrafe reza: “Tu impureza es la puerta del olvido.” Pero también puede pensarse en una noción opuesta a la vieja fórmula del “puro amor”, en el sentido de sentimiento sin mezcla, medida ni término. Frente a ese amor idealizado, tenemos este amor que es, por esencia, precario, dolorosamente imperfecto, con plazos siempre inminentes; una contrariedad sin remedio, una experiencia aciaga y turbia, un malestar casi traumático. Quizá sería más propio hablar, en este caso, de desamor, ya que la idea del placer, la armonía y la felicidad ha desaparecido casi por completo. Sólo quedan la inquietud y el malestar.

La poeta encarna la gran paradoja amorosa: aunque bien sabe que va a volver a infligirse las mismas heridas de antes, siempre se deja seducir por sus quimeras y promesas, repitiendo así un ciclo tormentoso del que no puede escapar. En un poema, la vemos ceder (o imaginar que cede) a la tentación del encuentro fortuito: “Un hombre me sonríe/ delante de un semáforo,/ yo adelanto mis ojos,/ mejor no digo nada”, y después resignarse a lo inevitable: “a la sorpresa de los amores contrariados,/ no existe dulzura ni esperanza”. Como puede verse por esta cita, su poesía usa un vocabulario que básicamente pertenece al lenguaje de todos los días; la complejidad no está en las palabras mismas, sino en los sutiles sentidos, relaciones y ritmos que logra arrancar de ellas: “Lo que toco/ se desvanece,/ lo que amo/ se estropea./ Mi conflicto con la vida/ es tan agudo/ que, entre amar y matar/ apenas veo la diferencia/ de una letra.”

Hay una perturbadora asociación entre esos amores que la asoman a un infierno tan temido como deseado y el pensamiento de la muerte; hallamos numerosas referencias al homicidio o al suicidio, considerados como salidas a relaciones y conflictos ya insostenibles. Todo es incierto y confuso: mientras ahora la abraza alguien que ama, languidece por el que la dejó para siempre y que, precisamente por eso, nunca va a olvidar. Esa morbidez, esa exasperación, esa zozobra visceral crea un clima que nos recuerda a la poesía de Alfonsina Storni (en sus libros maduros), Alejandra Pizarnik, Emily Dickinson o Blanca Varela, voces que comunican la tortura recóndita de la pasión amorosa.

La mención de estas poetas mujeres nos presenta la cuestión, hoy tan frecuentada, de la expresión literaria “femenina” o “feminista”. Aparte de lo discutible de la expresión “literatura femenina” (pues supone que habría una “literatura masculina”), hay que decir que la actitud de Amat es del todo ajena a una versión programática de lo femenino; por supuesto, su sensibilidad corresponde a su condición de mujer, pero el alto mérito de su poesía no reside exclusivamente en eso, sino en el valor moral y literario de escribir con un ejemplar despliegue de su libertad creadora para mostrarnos, sin prejuicios ni pudor, cómo ama y cómo juzga su propia conducta. Al hablar de sí misma y presentarse tal cual es –con su “carne climatérica”, “el somnífero del almuerzo” y otros agravios del tiempo–, produce un efecto desgarrado y desgarrador: el de una voz traspasada por el inconfundible timbre de la verdad humana, que es siempre impura. ~