Península, península, de Hernán Lara Zavala | Letras Libres
artículo no publicado

Península, península, de Hernán Lara Zavala

 

A mediados del siglo antepasado, en 1847, los mayas de la península de Yucatán se levantaron contra los blancos criollos y mestizos, y recuperaron gran parte de sus antiguos territorios. Validos de las armas con que pelearon contra Santa Anna a principios de 1846, comenzaron una revuelta que fue aplastada cruelmente con la muerte de Manuel Antonio Ay, la cual desencadenó una reacción violenta. Los indios rebeldes encabezados por Cecilio Chi y Jacinto Pat tomaron los poblados de Tepich, Ticul, Tekax y Peto y además la ciudad de Valladolid, expulsando y exterminando a todos los blancos y a los indios que hubieran colaborado con ellos. En junio de 1848 llegaron a estar a treinta kilómetros de Mérida y a dieciocho de Campeche. Una serie de factores, entre ellos el retorno de Yucatán a la Federación y las luchas entre los propios indios, pusieron fin a este conflicto.

La Guerra de Castas, sin embargo, es un episodio poco recordado en la literatura mexicana, por lo menos desde la novela que con ese tema escribió Silvia Molina en 1981, Ascensión Tun. ¿Será porque todavía Yucatán sigue siendo “la hermana república”, un mundo aparte, un país distinto en el que, como se afirma en la obra, el mestizaje no se llevó a cabo como en otros puntos del país? En este sentido, Península, península, la novela de Hernán Lara Zavala, es un libro de memoria y enseñanza.

Escritor de origen peninsular –de la península de Yucatán– y apasionado lector de literatura inglesa, Lara Zavala practica aquí una singular forma de espiritismo, eligiendo como personaje central de su novela al abogado, político, diplomático, diputado y periodista yucateco Justo Sierra O’Reilly, quien por cierto figura como el primer gran novelista histórico mexicano y quien ha sido estudiado a profundidad por el autor. Así, al “volver a escribir” una novela desaparecida entre los papeles del escritor cuando se incendió su biblioteca en 1857, el novelista contemporáneo resucita a Sierra O’Reilly con el anagrama que utilizaba como pseudónimo, José Turrisa, para, inserto en su persona, penetrar en el pasado y reflexionar sobre el presente: “Se preguntó: ¿por qué no inventar una historia ubicada en esta tierra que lo vio nacer, pero en la época actual? La novela podía titularse Península pues así como Walter Scott había ubicado sus novelas en Escocia, él podía ubicarlas en Yucatán... ¿Podía considerarse a la Península de Yucatán como mayor de edad intelectual para aceptar ser el escenario de una novela un tanto épica?”

Península, península comienza con el baile verde organizado en Mérida para despedir a Miguel Barbachano, quien renuncia a su puesto de gobernador de Yucatán a favor de Santiago Méndez, el dirigente de la facción que aboga por la independencia de este estado respecto a la Federación. Ese baile, en el que los mendistas irrumpen vestidos de rojo, es una especie de teatro simbólico donde se presentan los protagonistas del drama que sucederá a continuación. La historia se irá contando a varias voces, entre las que se encuentran la de Turrisa como narrador omnisciente y la del escritor actual que escribe en su computadora desde Cambridge y Cuernavaca, así como las entradas del diario de la institutriz inglesa Miss Anne Marie Bell, quien trabaja en la casa del hacendado don Quintín Silvestre en Hopelchén.

Uno de los personajes más interesantes y conmovedores del libro es el médico irlandés Patrick O. Fitzpatrick, que es llevado a curar a los heridos del lado maya y al que las guerras han perseguido adonde quiera que escapa, como una especie de judío errante. Enfermo de malaria, a Fitzpatrick lo siguen un buitre alucinado y un perro real, con quien establece una curiosa relación cuyo final es verdaderamente sorprendente. Otro personaje muy bien logrado, en la celebración de sus rituales privados y su papel de político y confesor, es el obispo de Yucatán, Cozumel y Tabasco, Celestino Onésimo Arrigunaga. Hay en la novela de Lara Zavala un especial cuidado al describir el entorno, las ropas, las comidas, las costumbres, como si en su afán de recuperación no deseara omitir ningún detalle. Es muy sugerente, asimismo, la imagen del murciélago que une a los amantes, en una región en que estos animales forman nubes negras.

La novela medita sobre el tema del mestizaje en la Península y en el hecho de que entre blancos e indígenas no hubo matrimonios. Sin embargo, durante la colonia y mucho después de la independencia persistió entre los hacendados el derecho de pernada, al grado de que uno de los personajes, el hermano del hacendado don Quintín, anota sus “conquistas” con nombre y fecha en una libretita. De manera poco violenta, pero muy perceptible, Lara Zavala muestra las causas del resentimiento y la ira en un mundo de blancos rodeados de criados y sirvientas, de mujeres que no tienen nada más para dar que a sí mismas, como la niña a la que Fitzpatrick cura y que, agradecida, se le quiere regalar. Este mundo suave, de una injusta pero permanente convivencia cotidiana que de repente estalla de maneras incomprensibles para quienes se han servido de tierras, hombres y mujeres con holgura, está retratado eficazmente por el novelista. No es esta, sin embargo, una novela indigenista, aun cuando personajes como Cecilio Chi, Jacinto Pat y María, la amante del primero, están convincentemente representados. Yo la llamaría una novela del desconcierto.

Reprocharía, quizás, a Lara Zavala cierto exceso de información en boca de sus personajes y sus narradores, lo que a veces quita naturalidad a los diálogos, como cuando Lorenza dice: “¿Usted? Pero si está comprometido con la hija de Méndez, una de las mujeres más prominentes de la sociedad.” Este afán informativo –que se cuela también en el diario de la institutriz– detiene un poco la novela, pero forma parte también de su estilo tolstoiano (de hecho el narrador señala que “el conde Tolstoy decía que el anhelo de posesión entraña el uso de siervos, lo que hace patente la existencia de los pobres”). Sin embargo, ello resulta peccata minuta ante un tema tan apasionante que Hernán Lara Zavala conoce a cabalidad y aborda con sabiduría y honestidad en esta novela “un tanto épica”, rica y amena, reflejo de un mundo que no se ha ido del todo. ~


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