Paraísos duros de roer, de Rafael Pérez Gay | Letras Libres
artículo no publicado

Paraísos duros de roer, de Rafael Pérez Gay

Además de por su notable transparencia, fruto de una sensibilidad que abreva en las aguas de la tradición lo mismo francesa que estadunidense, la obra de Rafael Pérez Gay (1957) destaca en la literatura mexicana reciente por fungir como una sonda lanzada hacia ese agujero negro que es el paso del tiempo. En los cuentos de Me perderé contigo (1988) y Llamadas nocturnas (1993), en el armazón novelístico de Esta vez para siempre (1990), incluso en los textos desprendidos del periodismo cultural que se agrupan en Cargos de conciencia (1997) y Diatriba de la vida cotidiana y otras derrotas civiles (2001), se hace patente –a veces en la estructura profunda, a veces en la superficie– una nostalgia acendrada, una preocupación por registrar las cicatrices de la edad a través de referencias generacionales; canciones, libros, películas y aun patrones de conducta son claras señales de la añoranza por épocas que quedaron atrás y que se intentan, si no revivir, al menos fijar con ayuda del pegamento escritural. No es gratuito, por ende, que otro filón del trabajo de Pérez Gay sea el estudio de la prosa y la prensa del siglo XIX mexicano, un filón que comparte el protagonista de “Venimos de la tierra de los muertos”, uno de los cinco relatos de Paraísos duros de roer (2006), que gira alrededor de una séance celebrada el 6 de mayo de 1901 con el afán de invocar el espíritu del decadentista Bernardo Couto: “Los investigadores somos sepultureros, traficantes de huesos viejos salvados apenas por ese momento en que la materia del pasado se vuelve combustible para el presente.” Tampoco es gratuito que en “La Burbuja y otras noticias del futuro”, cuento incluido en Llamadas nocturnas que evidencia la veta fantástica del autor –una veta que no reniega del realismo sino que, por el contrario, lo nutre–, un personaje llegue a esta conclusión: “Todos los que vuelven se reprochan a sí mismos detenerse en el pasado […] Como si uno no se pasara la vida haciendo eso, deteniendo el tiempo, buscándole el freno a la vida. Como si no fuéramos cazadores de tiempo, de memoria.” Así pues, la labor tanto narrativa como ensayística y periodística de Pérez Gay no es más que el despliegue de esa cacería insólita, esa búsqueda del tiempo perdido; aunque, viéndolo bien, hablar de fronteras entre géneros en el caso de este autor resulta hasta cierto punto injusto. Un bello pasaje de “La Burbuja y otras noticias del futuro” ilustra la mezcla que se consigue en varios textos: “En la terraza creció un capulín centenario que rodea al bungalow. Las raíces se confundieron con un muro colonial para hacer con el tiempo un solo producto, una extraña fusión de la vida vegetal y la vida mineral.” Interpretémoslo de este modo: en Pérez Gay, las raíces de la literatura se entrelazan en ocasiones con los cimientos del periodismo para ofrecer productos que entusiasman por su capacidad de hibridación.

Trece años median entre los relatos de Llamadas nocturnas y los de Paraísos duros de roer, lapso considerable si se piensa en la celeridad que define no sólo el mercado editorial sino la era en que vivimos. (“Me falta tiempo y soy mentiroso. Dos enfermedades de la época. Las horas no alcanzan para nada”, confiesa Alberto Armijo en “La agencia”, el cuento que inaugura Paraísos.) En ese periodo Pérez Gay ha depurado obsesiones y una indudable vocación aforística que cruza toda su obra, sin por ello renunciar al humor agudo que lo caracteriza ni a algunas criaturas que lo acompañan fielmente desde sus primeros títulos. Un par de ejemplos: el Javier Espitia de “Para llorar” y “Un tren a la utopía” (Me perderé contigo), que puede ser el Javier de “La Burbuja y otras noticias del futuro”, resurge en Paraísos duros de roer en “Regreso a La Burbuja” y “Bondage”; Norma Treis, la argentina que figura en “Un tren a la utopía” y “El arte de la noche” (Llamadas nocturnas), aparece casada con el Armijo de “La agencia” y tiene un papel fugaz en “Bondage”. Esta especie de caja de resonancias, que permite seguir la evolución digamos novelística de un clan de viejos conocidos cuentísticos, perdura en Paraísos duros de roer. Así, Armijo acaba por ser el psicoanalista del investigador de “Venimos de la tierra de los muertos” y Abby Soho, la escort treintañera que tal investigador contrata por una noche, terminará guiando al periodista de “Un género diabólico” en su odisea por el laberinto sexual de la ciudad de México, esa otra vieja conocida cuyos vaivenes constituyen el telón de fondo de los libros de Pérez Gay:

Un edén petrificado. Ése era el paisaje de Santa Úrsula, Peña Pobre, Fuentes Brotantes, Xitla. Con el paso del tiempo, donde hubo un cedral pusieron un campo de golf, donde brotaban aguas cristalinas crecieron edificios de interés social y basurales. A esto algunos le llaman progreso.

“El duro aprendizaje de la vida adulta”, en palabras del Javier de “La Burbuja y otras noticias del futuro”, podría ser el subtítulo de una hipotética reunión de los relatos que el autor ha publicado hasta hoy. (En 2001 vio la luz El arte de la noche, breve antología editada por Aldus-Conaculta en la colección “La Centena”.) Si el grueso de los protagonistas de Me perderé contigo y Llamadas nocturnas están entrados en la treintena –“Treintones y treintonas sienten que tienen todo por delante, que están en el mejor momento de su vida y, como se sabe, eso es para llorar”–, los de Paraísos duros de roer han dejado atrás los cuarenta y entran no sin tropiezos en los terrenos del medio siglo: “Memoricé palabras y cifras del raro vocabulario de los hombres y mujeres de nuestra edad. No son pocas: leucocitos, linfocitos, nitritos, glucosa, bilirrubina, plaquetas, antígeno prostático, colesterol, triglicéridos, ácido úrico. Antes hablábamos de noche, amor, bares, amistad, libros, droga, sexo.” Este proceso de madurez es palpable no sólo en los personajes sino en la escritura que los anima, de modo que temas tratados con cierta irreverencia en cuentos anteriores son vistos ahora a través de un filtro más reflexivo, más melancólico. La dualidad femenina, encarnada por la Laura adulta y la Laura joven que coinciden en el hotel borgesiano de “La Burbuja y otras noticias del futuro” y “Regreso a La Burbuja”, halla representantes extremas en la esposa y la amante del Armijo de “La agencia”, en la mujer moribunda y la instaladora sadomasoquista de “Bondage” y, sobre todo, en la madre y la escort de “Un género diabólico”. El trinomio sexo-enfermedad-muerte se recrudece: en “Bondage”, el narrador descubre nuevas prácticas eróticas en tanto su amiga Emilia agoniza en el hospital; luego de llevar a su madre de noventa años a un examen ocular, el periodista de “Un género diabólico” acude a un club swinger: “Abby cedió a las caricias de una mujer. La observé de pie en un triángulo negro de la habitación. Mientras presenciaba la escena pensé que un día la visión de mi madre sería así, un teatro de sombras en movimiento.” A caballo entre el desparpajo y el desasosiego, el cinismo y la nostalgia, las criaturas de Rafael Pérez Gay acaban por ceñirse a una triste resolución: “No es fácil cambiar la vida, tenemos muchos años en contra.” Y por eso se asumen como cazadores de tiempo y no como soldados: saben que la batalla que enfrentan la han perdido de antemano. ~