Parafrasear, de Tedi López Mills | Letras Libres
artículo no publicado

Parafrasear, de Tedi López Mills

¿Qué texto original es el aquí parafraseado? ¿Sobre qué referente levanta Tedi López Mills (ciudad de México, 1959) la compleja arquitectura de su interpretación? Puede pensarse que ese texto primero no existe; no en un sentido unívoco: la paráfrasis se ejerce sobre otras palabras, que son siempre paráfrasis de otras. La poeta lee e interpreta una conversación entre vecinos, pero la pureza del registro cotidiano se entreteje y confunde con una reflexión sobre la circunferencia divina; o bien se acerca al relato de un viaje, pero va subvirtiendo sutilmente la sintaxis hasta poner en entredicho la posibilidad misma de narrar cuando el interlocutor se difumina, cuando los pronombres se vuelven intercambiables en la cercanía de las relaciones. Las teorías y las palabras de los otros se filtran por las fisuras de lo banal; lo pedestre irrumpe todo el tiempo bajo la forma de la interpelación directa, de la plática, de la segunda persona.

A pesar de la unidad de tono y de su presentación en serie, cada uno de los poemas de Parafrasear funda un espacio propio y se sostiene con independencia del resto. (Mención aparte merece “La saga del Señor”, subconjunto cohesionado narrativamente que cierra el volumen con broche de oro.) Algunos de los poemas se abren con mayor facilidad a una lectura pausada, de claros referentes, mientras que otros exigen del lector una voracidad de vocablos y de ritmos más cercana a la que exigía Contracorriente (2007).

Es cierto que por el lado de una lectura lineal de las situaciones el libro se vuelve un tanto esquivo, y que sus recursos formales (su versificación maleable, sus misteriosas enumeraciones, la fuerza semántica de sus preguntas) juegan a convocar la confianza del lector para luego disolver la narración en un despliegue verbal casi críptico. Pero a pesar de la aparente elusividad del texto hay una dicción, íntima, que nos integra al mundo del poema, que nos fuerza a penetrar el texto y a observar su atmósfera desde una perspectiva privilegiada. Se trata de un mecanismo que recuerda a la ficción imposible trazada en Las meninas de Velázquez: el lector está situado, a la vez, afuera y en el centro de la composición, suplantando en el espacio al destinatario ideal del cuadro. El lector usurpa ese espacio vacío, un hueco al interior del poema desde donde la voz de la autora le habla y, sobre todo, desde donde ese habla se vuelve orgánica, definitiva.

En Contracorriente se generaba un bloque sonoro, casi prosa, del que a ratos emergían imágenes violentas; la coma era el signo dilecto y las enumeraciones articulaban una sensualidad problematizada (personal, muy lejana del “trópico ideal” de tantos vates inflados). En Parafrasear la dicción se ralentiza, el verso se acorta y los ritmos se diversifican. No es ya la mancha tipográfica, a veces un tanto impenetrable, del libro anterior, sino una modulación que ofrece otras puertas y ventanas a la mirada lectora. Se nos tiende la mano de una apariencia narrativa, pero ese ambiente remotamente cotidiano se va desdibujando ante los ojos para mostrar, una vez más, la extrañeza del lenguaje, la sorpresa ante la dimensión opaca y material de las palabras.

Este súbito “darse cuenta de estar diciendo”, que ya tenía una función central en libros como Luz por aire y por agua (véase, si no, ese maravilloso poema de “Nieve”), es una constante poderosa en la obra de López Mills. Mediante la sorpresa real surgida de la dislocación entre el mundo y el lenguaje cada hallazgo poético se desdobla en dos: el del referente (la situación, la sensibilidad para aprehender su signo) y el del referir (la conciencia de estar hablando, la desconfianza ante el idioma). Así, la poeta explicita esa doble función del lenguaje (su opacidad, su transparencia) no sólo acentuando la materia sonora que lo compone, sino tematizando constantemente esta duplicidad, integrándola como parte fundamental del poema. El decir y la reflexión sobre el decir se intercalan e interrumpen en el texto.

“La saga del Señor (con algunos rasgos de Cambises)”, poema largo que cierra el libro, sobresale por el tono casi mítico que despliega:

 

 

 

Loco era el Señor y sin juicio

mandó traer a mi novillo;

ah, quién te adora, novillo,

le dije en susurros,

quién te lava, quién te venera.

 

 

 

Este poema, más narrativo, con personajes construidos a partir de sus monólogos, es uno de los puntos fuertes del volumen: hay un decir más crudo, descarnado, y también profundamente político (impermeable a la retórica yerta y a la intención didáctica que tantas veces impregna la autoproclamada poesía política):

 

 

 

Grite ¡Tierra! tan pronto cunda con
[su peso el vacío

y proclámela para ellos, para

[la gente.

Destierre a los que no adviertan

salvo esa niebla designada

firmamento por los incrédulos.

 

 

 

“La saga del Señor” es un poema político fundamentado en la duda, en el titubeo, en la sospecha frente a las ideologías: un texto inteligente que marca, sin duda, uno de los picos más altos en la producción de la autora. Parafrasear es un libro de varios registros, de distintas velocidades, plagado de conversaciones, de atmósferas arrancadas a la cotidianidad y dadas vueltas sobre sí mismas para mostrar, al final, la desnudez de la palabra, su música extraña y descosida. ~