Pájaros de Hispanoamérica, de Augusto Monterroso | Letras Libres
artículo no publicado

Pájaros de Hispanoamérica, de Augusto Monterroso

Augusto Monterroso, Pájaros de Hispanoamérica, Alfaguara, México, 2002, 213 pp.

BIOGRAFÍA
Vidas que vuelan

La biografía, convencional e históricamente el relato de la vida de una persona y frecuentemente una rama de la historia, ha tenido pocos entusiastas en Hispanoamérica, a pesar del reciente interés de unos escritores por escribir sobre otros (Cardoza y Aragón sobre Asturias, Del Paso en torno y con Arreola, Moreno-Durán sobre todos). Tangencial y curiosamente, una veta nada examinada ha sido el considerable número de escritos de las compañeras de autores contemporáneos. Pensemos, aparte de las ficciones que contengan, en los libros de Margarita Aguirre y Matilde Urrutia sobre Neruda, Elbia Rosbaco sobre Marechal, Garro sobre Paz, Estela Canto sobre Borges, Pilar sobre José Donoso, Julia Urquidi sobre Vargas Llosa, últimamente el ama de llaves de Bioy Casares, y un largo etcétera. Lo anterior por no decir nada del mismo tipo de biografía o notas biográficas de las cónyuges de Darío, Mariátegui y Vallejo. Pero resulta que Augusto Monterroso —con "Hablar de un esposo siempre es difícil", uno de los testimonios de Lo demás es silencio (La vida y la obra de Eduardo Torres)— y Bárbara Jacobs, en Vida con mi amigo, mandaron a los infiernos las especulaciones sobre la hibridez de autobiografía, testimonio, género (sexual y literario) y verdad que tanto preocupan a los críticos especializados. No obstante, esas contemplaciones también siguen fascinando a los lectores que no miden sus entusiasmos, y ahora Monterroso ha añadido a estos últimos.
     Si lo pensamos bien, Pájaros de Hispanoamérica no es sólo prueba fehaciente de que Monterroso no se repite sino que, en su continua y refrescante desobediencia ante las ideas recibidas, también demuestra que se relee cuidadosamente, y en verdad produce un conjunto inesperado como este libro. Las treinta y siete breves prosas combinatorias de este volumen han sido publicadas en otros libros, cuyos contextos les proveen ahora otra pátina. Convertidas aquí en un todo, con títulos e indicaciones del origen nacional de cada autor o autora, tienen un alcance mayor que el de los santos patronos de las biografías. También es cierto que desde La oveja negra y demás fábulas (1969) hasta El dinosaurio anotado, reciente edición crítica de su cuento "El dinosaurio", Monterroso entra y sale de sus obras, haciéndonos guiños sobre lo que es su vida (literaria) y lo que las nuestras son o pueden ser. Tampoco es menos cierto que muchos de sus textos ensayísticos muestran su interés en conceptualizar lo que es la biografía sin la retórica de la teoría. Bryce Echenique, en un texto recopilado ahora en Crónicas perdidas, afinca con razón que La palabra mágica "Es literatura sobre la literatura y la vida de otros escritores y es, sobre todo, literatura sobre la vida de Monterroso entre los libros..." Por antonomasia, este libro es también una summa de las ideas de Monterroso sobre la biografía, hastaahora, con una inevitable dosis de autobiografía.
     Muchos de estos textos, como los que se basan en Cardenal, Asturias, Claribel Alegría, Coronel Urtecho, Cardoza y Aragón y otros, giran en torno a lo que se podría llamar una nostalgia centroamericana, que todos estos seres han ayudado a mantener dentro y fuera de Mesoamérica. Pero sobre todo crean contextos estéticos, históricos, ideológicos y personales que se conjugan para proveernos una biografía imposible de armar sin estos testigos. En los casos mencionados son evidentes el exilio y la creación de una esfera pública, siempre fortalecidos por la anécdota reveladora, la cita adecuada, la referencia polivalente o la conexión con otros de los textos incluidos. En su "Prólogo", el traductor de la Autobiografía de Charles Lamb garantiza que los textos que presenta "...no son retratos; ni siquiera bocetos o apuntes, sino tan sólo el trazo de ciertas huellas que algunos pájaros que me interesan han dejado en la tierra..." Y tiene razón, porque las buenas biografías miden bien la manera mediante la cual lo que se derrama de la vida de un autor pasa a su obra. Por otro lado, y esto es patente en las prosas dedicadas a los poetas (Sampietro, Martínez Rivas, Ninfa Santos, Renán, Westphalen, Zaid y los mencionados arriba), lo que queda claro es que las biografías deben hacernos preguntar cómo estas vidas habrían sido diferentes si Monterroso no las hubiera atrapado. Lo expreso así porque parece tratar cada fase de estas personas como igualmente significante. En este sentido se puede recurrir a una cita del "Eduardo Torres" de Monterroso: "Las buenas autobiografías son siempre las biografías ideales de los buenos lectores."
     Ahora bien, los textos sobre autores "canónicos", como Bryce Echenique, Quiroga, Salazar Bondy, Borges, Sábato, Vallejo, Onetti, y en especial sobre Cortázar, son los de un buen lector, por la manera en que la amistad, no por manida, resulta tanto más acertada. Como también dice Monterroso en su "Prólogo", los pájaros / autores "que aquí aparecen fueron atrapados por mí en momentos muy diferentes de mi vida y de sus vidas, con mi pluma como único testigo". El epígrafe de Flaubert's Parrot de Julian Barnes proviene de una carta en que Flaubert presuntamente le dijo a Feydeau: "Cuando escribas la biografía de un amigo, debes hacerla como si te estuvieras vengando de él." La ausencia de esa consideración es lo que hace volar estas biografías, porque la subjetividad de su autor interviene inevitablemente, pero para bien. Monterroso también comprueba, entre otras revelaciones, que no es viable estar de acuerdo con investigadores recientes, franceses en su mayoría, que postulan que todo relato ficticio tiende a producir un efecto biográfico. El texto de Tito sobre Borges —uno de los más tempranos sobre el autor y gran precursor del desplazamiento genérico— elimina esas conjeturas, a contracorriente de sus críticos actuales. De la misma manera, en la nota sobre Sábato, después de observar al argentino lidiar con facilidad con filósofos y lingüistas preocupados por la modernidad, nos muestra cómo la buena biografía capta lo verdaderamente importante. En el caso de ese "momento" de Sábato, es no sólo su compromiso (y Monterroso siempre ha sido sutil al respecto, sin supeditarlo a lo estético), sino su coherencia, su posición ante la ciencia, y su conocido énfasis en el arte lo que presenta como la única salvación de los seres humanos.
     ¿Pero por qué son "pájaros" los de este libro? Aunque, en su casi capcioso "Prólogo", Tito se esfuerza por aliar —vale parafrasear a Elizondo— la fugacidad de aquéllos a las crónicas de unos instantes, tampoco hay que olvidar la relación más amplia de nuestro autor con otros bípedos y cuadrúpedos. Cualquier manual o diccionario de símbolos nos repite que los pájaros significan trascendencia, el alma, espíritus; y también nos recuerda que denotan la habilidad para entrar en un estado de conciencia superior. Pues sí, de eso también se trata Pájaros de Hispanoamérica: representar el pensamiento y la imaginación, con la amistad como mediador objetivo y sin los contagios y usos de las biografías oficiales u oficiosas. En su sabiduría y su ironía, el autor sabe bien que sus pájaros son respetados y admirados por otros, y que no tiene que hacer presentaciones formales de ellos, que no serían otra cosa que justificaciones. No es la primera vez que el genial Monterroso tergiversa el proverbio amicus Plato, sed magis amica veritas. Pero lo hace, precisamente, para mostrar cómo la verdad no se antepone a los estímulos de la verdad, sino que éstos y aquélla se complementan en ciertos seres. No hay aquí, como en cierta tradición que comienza con Jenofonte, textos mediatizados por el compromiso personal entre discípulo y maestro. Más bien hay la tranquilidad y falta de sublimaciones que sólo se dan entre pares, aunque en varios momentos se exalte las virtudes de los amigos, si bien acercándose al perfil y al retrato en vez de a la fatiga agobiante que producen las biografías previsibles.
     Así, al hablar de Rulfo como caso único en la literatura, y por ende fuente de malos imitadores, dice "supongo que éstos no han comprendido muy bien en dónde reside el valor de su maestro", y asevera que "cuando todos estábamos efectivamente a punto de olvidar que la literatura no se hace con asfalto o con terrones sino con seres humanos, Rulfo resistió la tentación del rascacielos y se puso tercamente (tercamente es la palabra, me consta) a escribir sobre fantasmas del campo". Ahí tenemos al biógrafo como crítico literario, con creces. Son los cruces, felices e irreverentes, a que nos tiene acostumbrados Monterroso. Así, cuando llegamos a la ficha o entrada titulada "René Acuña", más que sobre el lexicógrafo guatemalteco tenemos una disertación sobre los diccionarios, sin dejar de elogiar a Acuña. No menos ocurre cuando escribe sobre su buen amigo, el entrañable José Emilio Pacheco. Asentados su cariño y respeto hacia el poeta, Monterroso habla más de poesía, y de sí mismo (que en él es hablar de otros), de editores y dedicatorias. Pero no se ha abandonado a Pacheco, porque leemos muchísimo más de él en la nota titulada "Lizandro Chávez Alfaro", donde nos revela que las "Notas sobre los autores" de un libro de Pacheco constituyen "una mínima enciclopedia sobre la vida y la obra de estos poetas". Ese es el modus operandi de Monterroso, que en resumidas cuentas quiere decir que para él la biografía es el odio del cliché, de la expresión descuidada, que el lenguaje claro es necesario para el pensamiento claro, y que éste es esencial para la salud colectiva.
     La coda de Pájaros de Hispanoamérica, titulada "Augusto Monterroso, ornitólogo", es en verdad su conocido texto sobre la relación "hispanoamericana" entre estatura y poesía. Pero no es, como prevenía Alfonso Reyes contra el empeñado psicologismo de las biografías modernas, el autor en pantuflas. Para Reyes "lo propio de los grandes hombres es que nunca parece que los estamos viendo, es que nunca vive uno a su lado". Y Monterroso es el águila y el búho de ellos. ~