Página escrita en los infiernos | Letras Libres
artículo no publicado

Página escrita en los infiernos

Evelio Rosero

Plegaria por un papa envenenado

México, Tusquets, 2014, 164 pp.

Diré primero lo que Plegaria por un papa envenenado no hace. No reconstruye, ni analiza, ni reflexiona sobre la historia del papa Juan Pablo I. No es esta una novela histórica ni psicológica ni tampoco una biografía novelada; el protagonista no tiene un desarrollo dramático ni la menor complejidad. El nuevo libro del escritor colombiano Evelio Rosero (1958) toma forma con la voz narrativa de un “pobre amanuense”, un escritor que esboza unos pocos episodios de la vida del sacerdote Albino Luciani, elegido jefe de la iglesia católica en 1978, y con las participaciones de un coro de prostitutas de Venecia. Este discurso doble crea, por un lado, un circuito en el que el “amanuense”, apoyado en fuentes documentales o en diálogos y “confesiones” de personajes secundarios, refiere parcial y caprichosamente al lector hechos biográficos selectos, y otro en el que las prostitutas interpelan al mismo protagonista –y, en menor grado, regañan al narrador–. Este choque de puntos de vista provoca que la información se suministre de una forma salteada y anticlimática, sin tensión dramática, con una toma de partido voluntariosamente maniquea y una hilvanación desarticulada de los episodios. Por eso no sorprende que, por poner un ejemplo, en la página 17 las prostitutas adviertan al futuro papa, y al lector, qué nos espera en el libro: “–¡Morirás envenenado a los treinta y tres días de tu pontificado!”

No se requiere mucha perspicacia, pues, para concluir prontamente que Plegaria no se centra en explorar el misterio de la muerte de Juan Pablo I. El libro da por sentada una versión, sin preocuparse por analizarla o demostrarla: que el religioso fue asesinado como producto de un complot de integrantes de la curia, a partir de que hubiese decidido desmontar una red delincuencial inserta en las altas estructuras de la iglesia. Las voces coinciden en entregar la imagen de un sacerdote honrado, comprometido y humilde –aunque no se toman el trabajo de explicar cómo alguien de esa pureza llegó a ser escogido para encabezar a una mafia corrupta–. Es Luciani, pues, un personaje ejemplar desde el primero hasta el último día de su vida en desigual lucha contra poderes demoniacos, y quien al morir viaja al infierno, donde dialoga con los grandes escritores de la literatura universal. Los elementos están puestos, así, para que nos veamos inmersos en un libro desastroso. ¿Algo se salva? ¿Este Rosero es el mismo de la extraordinaria Los ejércitos (2007)?

Plegaria por un papa envenenado elige, como decía, algunos pocos episodios de la vida –y de la vida después de la muerte– de Luciani. Pero esos episodios confluyen en una construcción de otro signo, por supuesto no una realista, para empezar. En la página 24, un sacerdote estafador visita al entonces obispo del Véneto para confesar su falta: “Los zapatos negros de Luciani, grises de tierra, resquebrajados, colindan con las dos pezuñas hendidas, la efigie de un sacerdote todo cubierto de pelos como espinas, los labios mojados en baba espesa, su aliento huele a agua pútrida, el rostro es granítico.” En la página 104, al hablar del antagonista del papa, Paul Marcinkus, banquero del Vaticano, el narrador informa: “el príncipe del averno lo llamó [a Marcinkus] a sus filas y lo protegió –a su otra poderosa manera: lo inmensificó, le dio el don de la ubicuidad, le hizo crecer en los sesos plumas de ángel maligno, lo bautizó con agua negra del infierno”. Estas descripciones de rasgos grotescos, que en más de una ocasión rozan con fortuna lo quevediano, se nutren obviamente de la imaginería religiosa y hacen entroncar el libro con el viejo género narrativo de la hagiografía. Lo que surge entonces de estas páginas es una realidad alucinatoria en la que se vuelve lo más natural que las prostitutas conozcan el pasado, el presente y el futuro, y que el papa no agonice ni sufra al ser envenenado sino que lo veamos abriendo una puerta y bajar, curioso, una escalera que lo conduce al infierno. La etiqueta que fácilmente habría de lanzársele al libro es la de la narrativa fantástica; en la trayectoria del autor se vincula con En el lejero –novela de 2003 reeditada en Tusquets el año pasado– por su aprehensión de lo macabro y lo ultraterreno.

A estas alturas ni cómo negar que en Plegaria se utiliza como mero pretexto a Juan Pablo I: se le presenta menos como un papa ante el dilema de reformar la iglesia, nunca como un personaje dominado por fisuras morales o dudas religiosas, y sí enteramente como un escritor. La cuestión es esta: Luciani, cultísimo, habría escrito a lo largo de su vida cartas a admirados autores clásicos quienes lo reciben, como uno de ellos, en el infierno. Esta es la sección más endeble en términos narrativos, acaso porque resulta explícita al hacer surgir el asunto central del libro: la escritura.

“El infierno existe sin Dios. [...] Nunca hubo Dios. [...] Todo fue invento de evangelistas: escritores como nosotros. Lo hicieron muy bien”, explica la voz de un poeta muerto. Otro aclara, poco antes, cuál es la “dolorosa condena” de sus cofrades: “escribimos la página sublime, aquella por la que morimos toda la vida, y una vez escrita se incendia ella sola hasta quedar convertida en cenizas”. El castigo no termina ahí: “de inmediato volvemos a escribir otra página, [...] todavía más gloriosa, portentosa, inigualable, en piedra, digna de nuestra inmensa vanidad, mucho más bella y profunda que la página escrita antes, y de nuevo la hoja se incendia ante nuestros ojos, sumiéndonos en la confusión, en la desesperanza, ¿para qué escribimos entonces?, ¿quién leerá nuestras páginas? ¡Nadie!”

El libro, desigual en tanto pieza narrativa, se salva por esa poderosa imagen del tormento a la escritura. Quizá Rosero se excedió, y la visión de la vida ultraterrena que le espera a él –a pesar de este libro– y a pocos más de sus contemporáneos habría sido más que suficiente para una pieza más enjuta, un apólogo de raigambre kafkiana que Borges habría, pienso, suscrito sin que le temblara la mano. ~