Ora el ensayo | Letras Libres
artículo no publicado

Ora el ensayo

Fernando Fernández

Contra la fotografía de paisaje

México, Libros Magenta/Conaculta, 2014, 148 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ni sombra de disturbio

México, Aueio Ediciones/Conaculta, 2014, 186 pp.

Dos tomos de ensayos de Fernando Fernández (ciudad de México, 1964) aparecieron en estos meses. Uno es Contra la fotografía del paisaje; el otro, Ni sombra de disturbio, volumen de asedios velardianos (Ernesto Lumbreras dixit). Los une la postura: no corroborar rasgos genéricos, destacar lo singular. El cuestionamiento permite desbrozar lo aparente. O sea: develar. Así el método sería una forma de interrogación.

Cinco ensayos componen Ni sombra de disturbio. Unos criban los juicios de los críticos de Ramón López Velarde y sopesan su pertinencia, amén de proyectar nueva luz al museo de curiosidades: “Retrato del primer López Velarde” y “El sueño de los guantes negros”. Otro, “Alfonso Camín, entre el canario y el murciélago”, inquiere sobre la recepción y el devenir de la obra del olvidado poeta asturiano; uno, de sutileza filológica, se interroga sobre la procedencia de la expresión “arpadas lenguas” (“La maestra del mundo”, en la que percibo huellas de la manera de ensayar de Gerardo Deniz en su “Mester de maxmordomía”) y una crónica indaga, a modo de sutil coda y de feliz cumplimiento de la sincronicidad que une al poeta Fernández con el poeta Velarde incluso en la asonancia, las relaciones entre un candil en forma de bajel y el ecfrástico poema de López Velarde “El candil”. Para descubrir relaciones y conmovernos, “todo depende de la curiosidad de quien se acerque a leer”, advierte Fernández.

Nuestro poeta y editor es un lector atento y por ello escéptico, cuya revisión de juicios entraña examen. No pocas veces, y este es el gran mérito crítico del volumen, el autor encuentra sentencias apresuradas, cuando no equívocas. Duda de que la primera poesía de Ramón López Velarde carezca de mérito y sin confrontar directamente el juicio de Octavio Paz (“Una considerable porción de sus escritos de juventud [...] me parecen sentimentales, artificiosos y, lo diré con franqueza, insoportables”), o los de otros investigadores (José Luis Martínez: “inepcias poéticas”), visita al joven Ramón y concluye que “la frontera entre las ‘primeras poesías’ y La sangre devota no parece bien definida”. Y añade: “no solo hay continuidad entre las ‘primeras poesías’ y los poemas de La sangre devota sino que incluso algunos de ellos podrían intercambiarse sin mayor problema”. Al paso advierte una transcripción errónea en la edición canónica de “Al volver”, la intercalación de unos versos de evidente torpeza: “Haces bien en reír de mis locuelas / ilusiones, ¡ay Dios!, de hacerte mía, / y en darlas un adiós, que es alegría / en el augurio de tus blancas telas.” Cuando debió decir: “Haces bien en reír de las locuelas / ilusiones pretéritas de un día.” Es decir: descubre que hay errores, lo cual, de haber aceptado con resignación que la primera poesía de López Velarde no valía la pena y era terreno trillado, no habría descubierto.

Aunque Fernández se haya convertido en un escritor discreto, distante del belicoso crítico de poesía de sus mocedades, no vacila en señalar los errores de las ediciones de López Velarde –algunas reiteradas, como si nadie escuchara las voces de alerta, así por ejemplo nos entera que el Conaculta pagó una reproducción de La suave patria en el diario Reforma con errata incluida, la de la “carretera alegórica de paja”, lo cual ameritaría despido del culpable–. Tampoco flaquea en reprochar las libertades que se tomó José Luis Martínez con su objeto de estudio; como es añadir conjeturando palabras al poema inconcluso “El sueño de los guantes negros”, obra clave dentro del universo de López Velarde y para los afanes de Fernández.

Confrontar estos dos volúmenes de ensayos, tales fueran espejos enfrentados, nos permite percibir reverberaciones. Un pasadizo es el talante narrativo y la preferencia por el retrato, pues, aunque ensayos, Contra la fotografía de paisaje es también una galería de retratos.

Fernández se revela investigador de raza cuyas indagaciones cumple con atingencia. De ahí que acuda al lugar de los hechos. Lo cual puede ser el propio texto; así coteja los originales de uno de los primeros poemas de López Velarde, para descubrir una errónea transcripción. Tampoco evade acudir a las bibliotecas, y revisar un documento para extraer la verdad y no limitarse a pergeñar errores. Lo cual se advierte en su indagación sobre Alfonso Camín, amigo de López Velarde. O rastreando el origen de la étimo “harpar” para dilucidar el sentido de “aves de arpadas lenguas”. Y, claro, su visita a la propia Academia Mexicana de la Lengua para examinar el original autógrafo de “El sueño de los guantes negros” y descubrir que en la versión canónica se omitió un artículo.

Contra la fotografía de paisaje es un diario de lecturas. Son los ensayos de un lector antes que los de un crítico. A Fernández le disgustan, como a tantos otros, los académicos fatuos, los dómines. Y lo asienta. Prefiere a los lectores cuya conversación ilustra, instruye y conmueve a la fruición literaria. Por ello sus figuras tutelares son Salvador Elizondo, Gerardo Deniz, Federico Álvarez, Eduardo Casar... Y en menor medida Felipe Teixidor, Fernando Vallejo. Autores y editores que interrogan los libros desde la planicie de la lectura escrutando los accidentes del terreno, en vez de sobrevolarlos con pulsión neurótica.

La percepción estilística, la familiaridad con las armas de la retórica, otorga a estos volúmenes una seguridad que respalda los hallazgos. Se celebra a los autores que en vez de trazar torpes correspondencias entre persona y obra, o someter el texto a los aparatejos de la teoría, razonaron sobre los motivos para elegir determinadas palabras, ciertas figuras y encontrar así el placer del texto, el placer de leer, el placer de la lengua. Una estrecha relación entre retórica y sentido, lo cual es también el método que sigue en su lectura de López Velarde. Así su relato de Salvador Elizondo es el de un maestro oral que revela a la poesía como una concatenación de recursos. Ese mismo método –hacer ver, descubrir el asombro y la verdad que se encuentra en las figuras literarias– lo ejercen, conforme a la relación de Fernández, Eduardo Casar, Federico Álvarez y por supuesto Juan Almela.

Dos volúmenes que corroboran lo buen lector y magnífico ensayista que es Fernando Fernández. Ni sombra de disturbio al respecto revela más valía que los estudios de analistas académicos cómodos con sus supuestos y puestos; encuentra errores y desface entuertos. Por su frescura, por su cuidado y, en fin, por su discreción, le auguro una categoría de clásico de los estudios velardianos. ~