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Nueva ortografía académica

Inspirado el Marqués de Villena por la Academia Francesa, funda la Real Academia Española en 1713. Así lo señala la primera acta de la recién nacida corporación: "Habiendo el Excelentísimo Marqués de Villena [...] ideado establecer una Academia en esta Villa de Madrid [...] como la hay en la Villa de París [...]" Comienza la Academia Española como una tertulia privada. Tiene un motor externo a ella muy poderoso, que la estimula: la evidente transformación de la vida cultural española, como consecuencia de la llegada de una dinastía extranjera. Con los Borbones penetra en España un enorme influjo francés. Las costumbres todas se afrancesan. El marqués de Villena y sus primeros colaboradores se alarmaron, sobre todo, por la manera en que con ello resultaba lastimada la lengua española. Las sesiones de la tertulia fueron madurando la idea de remediar la falta de un diccionario, entre otras razones, para salvar y perpetuar todo un léxico que comenzaba a no ser entendido. Ello ayudaría a que los jóvenes de entonces pudieran seguir disfrutando la lengua de los clásicos, la de la gran literatura de los siglos xvi y xvii, la que los primeros académicos habían leído, admirado y, con frecuencia, vivido. En 1715 se publica la primera versión de los estatutos de la naciente corporación. Un poco antes, en 1714, Felipe v había aprobado la idea y conformación de la Academia: "Me ha sido muy agradable —escribió el Rey— esta representación, tan conforme a mi Real ánimo, hecha por el Marqués, de establecer la Academia Española. La cual ha de estar inmediatamente, con el número ya señalado de veinte y cuatro académicos, debajo de mi amparo y Real protección..."
     Ya en el texto de los estatutos de 1715 aparece el propósito de hacer una ortografía. Ciertamente la labor principal eran la preparación del diccionario y la gramática, además de una Poética y una Historia de la lengua, pero desde entonces estaban ya conscientes los primeros académicos de la necesidad de fijar, con la mayor precisión posible, las indispensables normas ortográficas. Entre las novedosas comisiones para el trabajo, que aparecerán en los estatutos de 1848, está la Comisión de Diccionario, de Gramática y de Ortografía. La Ortografía apareció por primera vez en 1741, cuando dirigía la Real Academia Española don Andrés Fernández Pacheco, nieto del fundador. Se reimprimió varias veces. La segunda edición, todavía en el siglo xviii, vio la luz cuando dirigía la corporación el duque de Alba, don Fernando Silva Álvarez de Toledo. Después se decidió incorporar la Ortografía en el texto de la Gramática.
     Las más recientes normas ortográficas de la lengua española —inmediatamente anteriores a las que por estos días se hicieron públicas— venían teniendo vigencia desde hace casi medio siglo, cuando la Real Academia Española publicó las Nuevas normas de prosodia y ortografía (declaradas de aplicación preceptiva desde el 1 de enero de 1959), aunque, varios años después, fueron en alguna medida reelaboradas en las páginas 120-162 del Esbozo de una nueva Gramática de la lengua española (Espasa-Calpe, Madrid, 1973). En el prólogo de la Gramática de la lengua española de Emilio Alarcos, publicada por la Real Academia Española en su colección "Nebrija y Bello", se anota que "aunque hay referencias a la relación entre fonemas y grafemas, los aspectos ortográficos de la lengua se han dejado para el opúsculo que publica la Academia" (p. 19).
     Hace poco se publicó la más reciente versión de la Ortografía académica. No pretendo en estas líneas hacer precisamente una reseña de la obra. Deseo empero hacer unos breves comentarios, señalando ejemplos de sus múltiples aciertos y también de las que, en mi personal opinión, podrían seguir viéndose como pocas pero persistentes debilidades. Destaco en principio dos virtudes evidentes: es más completa que las versiones anteriores, y su redacción mucho más clara y sencilla. De sus deficiencias menciono sólo una: en varios pasajes sigue renunciando la Academia al papel rector que tiene encomendado, es decir persisten ambigüedades en varias reglas que, por ello, estrictamente dejan de serlo. Creo que en aspectos ortográficos —no necesariamente en otros, como los gramaticales o léxicos— la Academia no debe limitarse a comprobar costumbres o hábitos, sino que debe fijar reglas claras; o, en todo caso, después de la comprobación debe decidirse por una norma, voz que aquí tiene el significado de "regla que obliga por igual" a todos los que escriban en español. En otras palabras, una regla ortográfica no puede, por definición, ser potestativa, pues en tal caso me parece que corre el riesgo de perder precisamente su carácter de regla.
     Podría enumerar muchas aportaciones novedosas y útiles, observables en esta actualización de la Ortografía española. Van en seguida unos pocos ejemplos. Aunque no pudieron eliminarse del alfabeto, como en mi opinión sería deseable, la ch y la ll, se hace la siguiente necesaria aclaración:
      
     En realidad, ch y ll son dígrafos, signos ortográficos compuestos de dos letras. Desde la cuarta edición del Diccionario académico (1803) vienen, sin embargo, considerándose convencionalmente letras —cuarta y decimocuarta, respectivamente, del abecedario español— por el hecho de que cada uno de ellos representa un solo fonema (p. 2).
      
     Por tanto las letras del abecedario español siguen siendo 29: a, b, c, ch, d, e, f, g, h, i, j, k, l, ll, m, n, ñ, o, p, q, r, s, t, u, v, w, x, y, z. Algo empero se ganó: "...en el Diccionario, las palabras que comienzan por ch se registrarán en la letra C entre las que empiezan por ce y ci; las que comienzan por ll, en la letra L entre las que empiezan por li y lo" (Ibid.).
     Por lo que toca al empleo de las mayúsculas, hay nuevas reglas, tanto en relación con la puntuación, cuanto de la condición o categoría. Se estipula, sea por caso, que después de dos puntos (:), si se citan palabras textuales, éstas comienzan por mayúsculas: Pedro dijo: No volveré hasta las nueve. Se aclara que los nombres de los puntos cardinales irán con mayúscula sólo cuando alguien se refiere a ellos explícitamente: la brújula señala al Norte; pero el norte de la ciudad. También deben escribirse con mayúsculas los nombres de fechas o cómputos cronológicos, épocas, acontecimientos históricos, movimientos religiosos, políticos o culturales: la Antigüedad, la Reforma, la Revolución Francesa.
     En relación con el empleo de mayúsculas (o minúsculas) se añade una regla necesaria sobre su empleo en nombres comunes que acompañan a nombres propios de lugar. En efecto, hay que determinar si golfo, océano o estrecho se escriben con mayúscula o minúscula en designaciones como (G)golfo de México, (O)océano Pacífico o (E)estrecho de Gibraltar. En la nueva Ortografía se precisa que sólo "se escribe con mayúscula el nombre que acompaña a los nombres propios de lugar, cuando forma parte del topónimo. Ejemplos: Ciudad de México, Sierra Nevada, Puerto de la Cruz. Se utilizará la minúscula en los demás casos. Ejemplos: la ciudad de Santa Fe, la sierra de Madrid, el puerto de Cartagena" (p. 34).
     Aclaro de inmediato que no estoy de acuerdo con el primero de los ejemplos. Varias veces he expresado mi opinión de que el nombre de la capital de nuestro país no es el de Ciudad de México, sino México. Independientemente de que en efecto cada vez se emplea con mayor frecuencia la frase "ciudad de México" para no confundirla con el país (México), me parece que el nombre oficial de la capital siempre ha sido y sigue siendo México. Yo habría recomendado el empleo de la minúscula (ciudad de México). Por lo contrario, nadie duda de que ciudad en Ciudad Real va con mayúscula.
     En ésta queda más claro que en las anteriores versiones, que "aunque desde el punto de vista fonético el conjunto de dos vocales iguales o de dos vocales abiertas distintas se puede pronunciar como un diptongo más o menos consolidado, en lo que respecta a las reglas de acentuación gráfica siempre se trata de un hiato" (p. 45).
     Ello obliga, por tanto, a interpretar que voces como óleo o petróleo, en las que las vocales eo constituyen, por definición, hiato, lleven acento ortográfico porque se trata de palabras esdrújulas. En anteriores tratados de ortografía estaba claro que "cuando reside en ellas el sentido interrogativo o exclamativo, las palabras adónde, cómo, cuál, cuán, cuándo, cuánto, dónde, qué y quién son tónicas y llevan tilde". Sin embargo sólo ahora se nos aclara que "también se escriben con tilde cuando introducen oraciones interrogativas o exclamativas indirectas", como en ¿que no sabes dónde desemboca este río? Finalmente, por lo que toca a la acentuación, queda en este texto aclarado que cuando se transcribe una palabra extranjera en cursivas —por su falta de adaptación a nuestra lengua— no se utilizará ningún acento: catering, Lyon...; pero que lo llevarán, de acuerdo a las reglas, las voces incorporadas como búnker, Turín o Támesis.
     Hay algunas novedades también en lo que respecta a la puntuación, por ejemplo que pueden seguir otros signos a los puntos suspensivos: pensándolo bien...: mejor que no se presente. Antes se opinaba que el empleo de la barra oblicua ( / ) era poco elegante en casos que ahora se aceptan: el/los día/s detallados.
     En esta nueva versión de la Ortografía se proporciona asimismo una lista mucho más completa de abreviaturas y siglas y, más importante, por primera vez, varias consideraciones generales, que norman convenientemente su empleo, tan necesario y frecuente en nuestro tiempo. Entre ellas, por ejemplo, hay una que estipula que "el uso de una abreviatura no exime de poner tilde, siempre que en la forma reducida aparezca la letra que la lleva en la palabra representada. Ejemplos: admón. (por administración), cód. (por código), pág. (por página)" (p. 95).
     Dije al principio que, en mi opinión, persisten en este nuevo texto varias imprecisiones o reglas mal expresadas. Conviene dar también de estos casos algunos ejemplos ilustrativos: "suelen escribirse con mayúscula los nombres de determinadas entidades cuando se consideran conceptos absolutos. Ejemplos: la Libertad, la Ley, la Paz, la Justicia" (p. 38).
     ¿Qué significan, en un libro de reglas de ortografía, frases como "no suele utilizarse" o "suelen escribirse"? Otras fórmulas ambiguas son las siguientes:
      
     se escriben con k las palabras procedentes de otras lenguas en las que se ha intentado respetar la ortografía originaria. Ejemplos: káiser, kiwi, kermés, kurdo. Muchas de ellas pueden también escribirse con qu o c, como quermés o curdo (p. 15).
      
     No tiene forma de regla ortográfica una expresión como "muchas de ellas pueden también escribirse con qu o c". O bien:
      
     En otros casos, se mantiene la doble posibilidad en la escritura: alhelí/alelí, armonía/harmonía, arpía/harpía, etc. La Academia, con apoyo en los datos de sus archivos léxicos, prefiere, en los casos anteriores, la palabra que aparece en primer lugar de cada doblete, por ser más frecuente (p. 21).
      
     Tal vez los que consultan la Ortografía preferirían una regla y no una simple recomendación (escríbase alhelí, armonía, arpía...).
     Siempre ha habido, en la doctrina ortográfica de la Real Academia Española, indefinición en lo que toca a la acentuación diacrítica de los pronombres demostrativos. Me temo que poco se avanza en la nueva propuesta. La seudorregla se expresa en los términos siguientes: "los demostrativos este, ese, aquel, con sus femeninos y plurales, pueden llevar tilde cuando funcionan como pronombres" (p. 49). ¿Qué debemos entender por pueden llevar? Eso no se explica. Hay empero un pequeño avance, pues se reglamenta la obligación del acento "solamente cuando se utilicen como pronombres y exista riesgo de ambigüedad se acentuarán obligatoriamente para evitarla" (Ibid.), como en Dijo que ésta mañana vendrá frente a Dijo que esta mañana vendrá.
     Las indecisiones aparecen incluso en las reglas de división silábica:
      
     ...cuando una palabra está integrada por otras dos que funcionan independientemente en la lengua, o por una de estas palabras y un prefijo, será potestativo dividir la voz resultante separando sus componentes, aunque la división no coincida con el silabeo de la palabra. Ejemplos: no-sotros, nos-otros, de-samparo, des-amparo.
      
     No me parece conveniente que en un libro de Ortografía, que debe suprimir cualquier tipo de duda, se empleen expresiones como será potestativo. Tengo la impresión de que no es este el tipo de libertad que los usuarios del español escrito desean tener. Creo que se prefiere las reglas claramente expresadas.
     Otras pocas reglas, de las referentes a los signos de puntuación, me llamaron la atención porque —me parece— no corresponden a los hábitos mexicanos. Por ejemplo la siguiente regla: "Se utiliza la coma para separar la parte entera de la parte decimal en las expresiones numéricas escritas con cifras. Por ejemplo: 3,1416" (p. 90).
     No se aviene con el uso mexicano ni —al menos eso creo— con el de la mayor parte de los hispanohablantes del mundo el empleo de la coma para separar decimales. Es curioso que, en seguida de la regla transcrita, se señale que "no obstante, la normativa internacional acepta también el uso del punto en este caso" (Ibid.). Era esa entonces la oportunidad para recomendar a los pocos hispanohablantes que emplean ahí la coma que se adhieran a la más extendida costumbre de poner punto.
     Esta explicable atención y preferencia que se presta a los usos españoles o peninsulares frente a los del resto de los hispanohablantes del mundo (3,1416 y no 3.1416, por ejemplo) está presente incluso en la tolerante regla que no sólo permite sino recomienda el empleo de una x —pronunciada como j y no como ks, error cada vez más frecuente— en el topónimo México y sus derivados. Transcribo completa la nota a pie que se refiere a la j, que todavía emplean algunos: "En cuanto a las variantes escritas con j (Méjico, mejicano...), se recomienda restringir su uso en atención a la tradición del país americano" (nota 23, p. 29).
     De acuerdo: esa es la tradición mexicana, pero habría sido conveniente señalar también que el empleo de la x en México se da ahora en la mayor parte de los hispanohablantes del mundo y, por ello, mejor que por los deseos de los mexicanos, conviene que los que se separan de esta norma (costumbre) se adhieran a ella.
     En un útil apéndice se proporcionan los nombres de países reconocidos por los organismos internacionales, con sus capitales y gentilicios. Llama la atención que, como gentilicio de la capital de México (México, d.f.) se anote chilango. Yo encuentro la siguiente explicación: para hacerlo, los redactores de la Ortografía se apoyaron en el hecho de que en la más reciente edición del Diccionario académico (la vigésima primera de 1992) aparece ese adjetivo (chilango), con la siguiente definición: "Natural de la ciudad de México o del Distrito Federal; perteneciente o relativo a esta zona metropolitana". En efecto, la voz se emplea, con ese sentido, en el español mexicano. Sin embargo me parece que no puede verse como un gentilicio oficial o recomendable. Por una parte, independientemente de su desconocida etimología, nada tiene que ver, morfológicamente, la voz chilango ni con México, ni con Distrito Federal; por otra, ese adjetivo tiene cierto dejo despectivo o peyorativo. Como el también usual defeño tampoco parece gozar de general aceptación, lo más aconsejable, por lo pronto, parece que es no asignar gentilicio oficial a la ciudad de México. No es el único caso de topónimo que carezca de gentilicio. Bastará decir, en lugar de chilango o defeño, natural de la ciudad de México o del Distrito Federal.
     Si me detuve quizá más de lo debido en estas observaciones no es por otra razón sino porque creo que con ello contribuyo a una redacción más precisa y, por tanto, más útil de la Ortografía. Estoy convencido además de que esa es una verdadera obligación de todas las academias y de todos los académicos.
     Debo reconocer y dejar constancia de que, cuando la Academia Mexicana me encargó la revisión del borrador de la Ortografía —que la Real Academia Española había enviado a las academias americanas para su revisión--hice muchas observaciones. Pues bien, casi todas ellas fueron atendidas por la Corporación madrileña. Ello puede comprobarse si se compara ese borrador con el texto impreso. Eso mismo habrá sucedido, sin duda, con las observaciones que hicieron las demás academias. Ello habla muy bien de la Real Academia Española y, también, justifica plenamente que el texto impreso se publique como "edición revisada por las Academias de la lengua Española". Hace ya mucho tiempo que la Real Academia Española está en constante contacto con las academias americanas, porque en verdad le interesa que todas (y no sólo ella) se responsabilicen del fortalecimiento y la unidad de la lengua española. La Asociación de Academias de la Lengua Española, fundada aquí en México hace ya casi medio siglo, no es un membrete más. Todos sabemos que ha permitido consensar entre todas las corporaciones las delicadas decisiones que tiene que tomar, en la edición de sus publicaciones, particularmente de su Diccionario, la Real Academia Española. Así como la participación de las academias está hace tiempo patente en las sucesivas ediciones del Diccionario, también debemos contribuir, con el mejor intencionado de nuestros esfuerzos, en las otras publicaciones de la Academia madrileña, cuando éstas tienen que ver con nuestra lengua, con la lengua de todos los hispanohablantes.
     Quiero terminar felicitando a la Real Academia Española por la publicación de esta nueva versión de su Ortografía. Esta publicación resulta, en mi opinión, doblemente destacable. Primero porque hacía ya tiempo que no se atendía la normatividad ortográfica. Entre 1959, año de las más recientes normas —sin considerar las contenidas en el Esbozo—, y 1999 —en que ve la luz la nueva Ortografía— se ha dado a las prensas un buen número de ediciones del Diccionario. Correspondía su turno ya a la Ortografía. Sé que está muy avanzada la edición de la nueva Gramática, que también es urgente. Creo que en efecto, de las publicaciones académicas las tres más importantes, para la unidad de la lengua, son el Diccionario, la Gramática y la Ortografía. Ahora bien, me parece que aquélla en la que la acción plenamente normativa de las academias viene a ser no sólo más útil sino más justificada es precisamente la Ortografía. Trataré de decir por qué. No falta quien ponga en duda o no acate una decisión académica contenida, por ejemplo, en la Gramática. Me da la impresión de que la autoridad académica, en asuntos gramaticales, existe ciertamente, pero es limitada o, si se quiere, no toda la gramática ni puede ni debe expresarse en reglas normativas. Por su lado el Diccionario tampoco contiene todas las palabras aceptables de la lengua española ni sus definiciones son siempre indiscutibles.
     Por lo contrario, estoy convencido de que la casi totalidad de hispanohablantes del mundo acata y respeta las normas ortográficas de la Academia. Ello sucede por algo de obvia explicación. Las reglas ortográficas, que tienen un innegable fundamento lógico y, muchas veces, etimológico, son, en definitiva, arbitrarias. Lo arbitrario no se discute; o se acata o se rechaza. En la ortografía, entonces, la Real Academia Española —y, a su lado, las academias hermanas— desempeña una verdadera acción normativa. Establece normas que, por su más que centenaria autoridad, son acatadas no sólo por las personas físicas sino también por las personas jurídicas que tienen que hacer uso de la lengua española, como los medios de comunicación o las casas editoriales. Todos los que empleamos la lengua española debemos felicitarnos por contar con normas ortográficas precisas; ello, por una parte, nos facilita mucho el trabajo y, por otra, ayuda de forma consistente y comprobable a la unidad de la lengua y, con ella, a la mejor intercomunicación entre todos los que tenemos el privilegio de tenerla como lengua materna. Tengo la impresión de que las ortográficas pertenecen a ese reducido grupo de normas que la sociedad no sólo acata sino también agradece. Más aún, opino que a los usuarios de la lengua española no nos interesa mucho discutir sobre la validez o aceptación de tal o cual norma ortográfica. Lo que suele discutirse es precisamente aquellos pasajes de la Ortografía que no contienen verdaderas reglas sino donde sólo se explican tendencias de uso. Estoy seguro de que si la Real Academia Española se decide a modificar esos pasajes, a convertir en regla lo que en la actual redacción todavía no lo es, cumplirá aún mejor su responsabilidad y contará, desde luego, con el apoyo y el reconocimiento de todos los hispanohablantes. Todo lo anterior no significa que no debamos todos regocijarnos por esta nueva obra académica. Procuremos ahora darla a conocer a todos, principalmente en las escuelas, en las editoriales, en la redacción de los diarios y revistas. Es este un nuevo y muy importante paso hacia la unidad de la lengua española. -