Nos acompañan los muertos, de Rafael Pérez Gay | Letras Libres
artículo no publicado

Nos acompañan los muertos, de Rafael Pérez Gay

No hay reglas: imposible saber cuándo los hijos se convierten en los padres de sus propios padres. Tampoco hay una palabra en los diccionarios que responda a esa situación: ¿cómo denominar a los vástagos que se encargan de cuidar a sus progenitores? No hay reglas, no hay palabras. Lo que sí existe es la realidad. Cada vez es más frecuente que los hijos se responsabilicen de sus viejos. La razón es simple: en las sociedades ricas las personas viven más tiempo.

En muchas comunidades cada vez hay más octogenarios y no pocos nonagenarios. Muchos, quizá la mayoría, padecen enfermedades. En algunos es el cuerpo el que claudica; en otros es el alma la que cae. Es frecuente que alma y cuerpo enfermen a la vez. En esas circunstancias (casi) nada sirve: ni el cariño, ni el estetoscopio, ni la voluntad de los hijos. El resquebrajamiento suele no admitir diálogos; así sucede cuando los viejos enferman “de todo”. Ambas patologías, la corporal y la del alma, son crudo espejo de nuestro tiempo, y, paradójicamente, una de las monedas de la tecnología médica. La paradoja es cruel e insalvable: mientras que la biomedicina ha logrado envejecer a la población, la sociedad no ha generado elementos suficientes para albergar y dignificar la vida de los ancianos.

El divorcio entre la maravilla de los instrumentos tecnológicos y la merma en la moral de las personas es evidente. Recuérdese cómo mueren solos los viejos en los veranos europeos y no se olvide que una de las tasas más altas de suicidio en Europa sucede en la población senil. La soledad, el abandono y algunas enfermedades son las razones principales de esas muertes. Los instrumentos médicos son inadecuados para lidiar con muchas de las patologías de los viejos e inexistentes para mitigar la epidemia de soledad que sepulta a muchos ancianos. Rafael Pérez Gay (ciudad de México, 1957) habla de esos dolores en Nos acompañan los muertos.

Nos acompañan los muertos es un libro escrito por el autor para su alter ego. Lo escribió para entender lo que le sucede al hijo acostumbrado a contar con progenitores relativamente sanos cuando dejan de serlo. La idea de la muerte y el insoportable peso de la enfermedad adquieren otro rostro cuando los padres empiezan a morir. Poco se repara en la finitud de la vida cuando se vive bajo el cobijo de los progenitores, aunque sean seniles. Las muertes lentas, las enfermedades que carcomen poco a poco, la vida que se escapa en el amanecer y que regresa más estropeada al oscurecer, y el dolor que se apersona cada vez con mayor frecuencia en la casa y en los cuerpos de sus seres queridos son los motivos del relato. Por medio de la escritura Pérez Gay mitiga el silencio de las noches interminables y acompaña su frustración ante la dureza de los días irreparables.

“¿Qué es autobiográfico y qué es ficticio en un relato?”, pregunta el autor. En un relato donde la vida de los progenitores sufre los atropellos de la vejez (“le cambiaron la actividad cotidiana por la jubilación del movimiento, la paz de la vejez por el motín de los dolores”), donde el final se adueña del entorno (“la muerte aparece en las cosas antes de apoderarse de la persona”), donde la incapacidad conspira contra el deseo (“Explícame: ¿por qué no puedo caminar?”) y donde el recuerdo lastima (“no quedaba nada del hombre alto, fuerte y sano que se comió a puños el polvo de la vida”), todo, absolutamente todo lo escrito es autobiográfico. Ni la muerte, ni el dolor, ni la pérdida de la dignidad, ni la imposibilidad de detener la caída son ficción cuando es el hijo quien narra la caída. Cuando se acompaña a los seres queridos hacia la tumba el dolor propio sintetiza la pérdida de los otros.

En Nos acompañan los muertos Pérez Gay glosa el encuentro de sus viejos con la enfermedad y el periplo de su madre hacia la muerte. Lo cuenta sumido en el dolor, en el dolor de sus ancianos. Lo escribe desde la pérdida, que en ocasiones lo desmorona: “la cercanía de la muerte de los padres nos vuelve débiles, neuróticos. Me enfrenté a mí mismo muchas veces en busca de una respuesta ante la decadencia humana y la enormidad de la muerte”. Esa cercanía, ese respirar la muerte de los progenitores adquiere voz en un juego en que los recuerdos de la infancia y la crudeza del presente se entremezclan con la historia de la familia y con su incapacidad para contener o vencer las enfermedades. En Nos acompañan los muertos se vive la impotencia del hijo para dignificar los días y para menguar las heridas que deja a su paso el tiempo. Cuando la voluntad ante la tragedia no basta, hay quienes escriben para seguir viviendo y hay quienes lo hacen para lidiar con la existencia por medio de las palabras. Eso hace Pérez Gay.

El sufrimiento y la larga agonía convierten al hijo escritor en hijo médico. El autor intenta paliar sus heridas escribiéndose a sí mismo: “día y noche los viejos me hablaban en voz baja, aparecían en mis sueños y me decían que sus ochenta y nueve ruinosos años eran, más que mi pasado, mi futuro”. Busca atenuar la tristeza de sus seres queridos: “no sólo te abandonas tú, nos abandonas a todos. Perdónate tu vejez; no te dejes morir, déjate vivir el tiempo que sea necesario”.

El recuento de Pérez Gay debe leerse con un lápiz en la mano: son muchas las ideas dignas de subrayarse. La lectura fluye con facilidad, evoca. La prosa penetra, tanto por lo que dice como por el esmero con que fue trazada.

La novela confronta a Pérez Gay, como le sucedió a Philip Roth en Patrimonio y a Julio Ramón Ribeyro en Las botellas y los hombres, con el ocaso, con el desencuentro y con el hueco que queda cuando la vida de los progenitores se va. Lo confronta, y le permite, por medio de las palabras, abrazarlos y acompañarlos hacia el final de sus vidas. Sus páginas funcionan como un diván construido con el cemento del recuerdo y la cal del presente; son también un recorrido por la historia familiar y por algunos episodios de la política de México (los recuentos políticos y heráldicos son demasiado extensos; lo mismo sucede con los artículos extraídos de otros sitios: poco añaden a las reflexiones sobre la vejez y rompen la cadencia del relato).

Nos acompañan los muertos es un testimonio profundo sobre el deterioro de los seres queridos. Es un recuento que duele y reconforta. Cuando los viejos se van queda un vacío imposible de llenar. Desde ese vacío escribe Rafael Pérez Gay. Dedica porciones de su ser para evocar la vida de los padres. Escribe largas horas para atemperar la tristeza y habitar su vacío. Las palabras escritas y las borradas siempre son buena pócima: permiten seguir viviendo acompañado por los muertos. ~