No vamos a hacer nada | Letras Libres
artículo no publicado

No vamos a hacer nada

José Mariano Leyva

Imbéciles anónimos

México/Morelia, Mondadori/INBA-Conaculta/Secretaría de Cultura de Michoacán, 2011, 319 pp.

 

En convenio con universidades y órganos estatales de cultura, el Instituto Nacional de Bellas Artes cada año convoca a premios para obras inéditas de distintos géneros literarios. Salvo el volumen que recibe el premio de poesía, prontamente editado, ningún otro manuscrito tiene la publicación asegurada: depende del autor gestionarla. Más que buscar que literatura de mérito llegue a los lectores –el mismo gobierno federal cuenta con dos editoriales: el Fondo de Cultura Económica y la Dirección de Publicaciones de Conaculta–, el INBA parecería contentarse con ejercer su presupuesto solo para beneficio de los miembros del gremio literario, quienes se conformarían con escribir para tener premios aunque no lectores. Curiosa política de promoción cultural: es como si la Secretaría de Comunicaciones construyera carreteras solo para el uso de automóviles pertenecientes a ingenieros civiles. En un país menos ilógico, los libros galardonados por una institución oficial habrían de publicarse, leerse, discutirse.

No acostumbro detenerme en la circunstancia de los premios al comentar un libro. Hago ahora una excepción para empezar diciendo que, debido a esa política, Imbéciles anónimos no se publicó sino hasta ¡dos años! después de recibir el Premio José Rubén Romero, convocado por el INBA y el gobierno de Michoacán. Esta, la primera novela de José Mariano Leyva (Cuernavaca, 1975), es paralela a las pesquisas que el también ensayista abordó en El complejo Fitzgerald (2009): un examen de la ficción escrita por autores de edad joven que indagan en los temas de la misma juventud, los excesos generacionales y las preocupaciones éticas ante una época dominada por el desencanto.

Imbéciles anónimostiene a cinco personajes que van llegando a sus años treinta. Luego de episodios adversos que los hacen entrar en crisis, un cocainómano (Elías), un gerontofílico (Marsé), un escritor homosexual (Carlos) y una DJ feminista (Sunny B.) llegan, cada uno por su cuenta, a una casa ajena en Cuernavaca. Lo que sucede esa noche les cambia la existencia y los lleva, posteriormente, a conocer un secreto terrible. Aunque de trayectorias vitales diferentes, los cuatro personajes comparten el marco generacional que va de la música electrónica y los videojuegos a las drogas de diseño y el malestar psicótico, desde la crítica a los padres setenteros hasta los dilemas del cuerpo y la sexualidad.

La prosa de Imbéciles anónimos se sustenta en la frase corta, para efectos de enumeración progresiva (“Una casa, dos coches y un perro. Domingos de futbol. Cerveza. Piyama hasta las seis de la tarde. La conciencia está aniquilada”), como herramienta introspectiva (“Vestida. Varón. Vulnerable. Víctima. Todas las palabras de la coincidencia iniciaban con V. No de Victoria. De una letra que simulaba su propio sexo”) y en busca de velocidad dialéctica (“Los pobres padres de Leyva se enfrentaban a las generaciones que los precedían. Lidiaban con los ancianos. No se los cogían”). Al interior de la frase, y usualmente con propósito descriptivo, la prosa se permite riesgos lingüísticos –que en más de un caso la hacen derrapar en el tropiezo fónico o la vaguedad–, como la aliteración (“anfitrión del anfiteatro”), la adjetivación inusitada (“caderas huérfanas de grasa”), el arcaísmo irónico (“el mancebo está convencido de que se ha vuelto duro”) o la traslación de sentido (“logró darle una cacofonía en la nuca”). El resultado es una prosa extrañada e inquieta, a ratos estridente y arrítmica, que intentaría mimetizar el movimiento y la hibridación de la música electrónica, pasión de tres de los personajes, incluido el narrador.

Este último, con el artificio de la autoficción, se llama “José Mariano Leyva”, y es el encargado de desarrollar las dos líneas principales de la estructura del libro: la fabulación, en tercera persona, de los sucesos, emociones y pensamientos de sus cuatro amigos; y la reflexión, en primera persona, por supuesto, sobre las características de su generación y también sobre otros temas, como las relaciones paternofiliales, la educación, la muerte, el desencanto, la situación del país; ese temperamento ensayístico a menudo se ve condensado en aforismos (“El muerto no siente el encierro. Ya no está. Pero sí puede provocar terrores de estatismo en el vivo”) y no se niega a la paradoja (“La seguridad es lo más peligroso que existe”). Tal vez por ese doble perfil, de narrador y ensayista, “Leyva” acostumbra no solo mostrar lo que sucede, sino también, incluso cuando no habría sido dramáticamente necesario, enunciarlo (luego de describir lo que escucha uno de sus personajes en la cárcel, “Leyva” resume: “Elías escuchaba atento la armonía del infortunio humano”). Una vez establecida esa condición dual de “Leyva”, la novela fluye con un dúctil manejo de la focalización, que puede pasar de la conciencia de un personaje a la de otro sin perder agilidad y fuerza persuasiva y, a cambio, confiriendo rasgos contundentes y reacciones verosímiles, sobre todo a la hermosa e inteligente Sunny B. y a Marsé, el seductor incansable.

Más que la secundaria trama histórico-policial –que se resuelve pronto e importa no por sí misma sino por lo que provoca en “Leyva”–, destacaría yo en Imbéciles anónimos la forma en la que estilo y estructura coinciden en la severa disección generacional. No es gratuito que la prosa se trastoque hasta la estridencia y que “Leyva” se bifurque antidramáticamente en fabulador y ensayista; ambos aspectos podrían impacientar a cierto lector, pero advierto que ejemplificarían la naturaleza neurótica, inestable e hipercrítica de los cinco personajes con los que la novela arriesga una fotografía de la generación nacida en la década de 1970, que no pretende ser representativa sino de un fragmento minoritario de la sociedad mexicana. Creo, sí, que a partir de que “Leyva” lee la última carta de su padre, la historia se extiende en reiterar lo que, sobre esta generación, ya ha quedado claro. Pero acaso ese exceso sería juzgado, de acuerdo a las reglas del libro, como orgánico. Quiero decir: estos muchachos para eso están hechos, para pensar y hablar demasiado y, en cambio, para no actuar, diluidos en su “exceso de apatía”: lo suyo ha sido “demasiado MTV, demasiados videojuegos, demasiada coca, [...] demasiado vacío. No vamos a hacer nada”. ~