Museo de paleontología | Letras Libres
artículo no publicado

Museo de paleontología

Luis Jorge Boone

Las afueras

México, Ediciones Era/Dirección de Literatura de la UNAM, 2011, 245 pp.

 

Las afueras tiene a Coahuila como escenario. Su protagonista recorre el estado con el propósito de acopiar leyendas macabras, a partir de las cuales redacta guiones para un programa de radio. Paralelamente, el libro esboza las historias de quienes han definido la vida afectiva de James: varias mujeres y su hermano William. Sin embargo, ni la geografía ni el tema amoroso serían lo paradigmático de la primera novela de Luis Jorge Boone (Monclova, 1977), obra que se sustenta en una escritura de consistencia poética y una estructura fragmentaria y discontinua.

Frente a las discusiones sobre la representatividad social y lingüística de la narrativa contemporánea del norte de México, Las afueras se manifiesta como una excepción. Por un lado, los asuntos de la violencia, la emigración y el narcotráfico, no insólitos en buena parte de los autores de la frontera con Estados Unidos, se hallan aquí casi por entero ausentes. Por otro, ocurre que la prosa se ve en mucho refractaria a nutrirse de las jergas locales. No es, claro, obligación de ningún escritor asumir la tarea de otorgarle un estatuto literario al magma verbal de su tierra. Consigno el rasgo para señalar que, más que con la hibridación idiomática de Daniel Sada, el autor se afiliaría al estilo neutro y deslocalizado de Martín Luis Guzmán. Hable de fósiles, borracheras, accidentes, balnearios o desamores, la novela ejerce un pulso estilístico de talante clásico, límpido y brillante, reiterado en imágenes de filo evocativo y epifánico (una muchacha cuya hermana gemela ha muerto recientemente es comparada con “un pequeño espejo que no sabe ya en quién reflejarse, en dónde buscar su propio rostro”), así como en fórmulas elocuentes en su proyección sapiencial (“Toda leyenda cuenta una versión del miedo, y el miedo es el alma de toda leyenda, su parte de verdad”). La escritura se detiene en situaciones del dominio físico y las despliega con detalle y don perceptivo, siguiendo una premisa de James mismo: “Solo hay que mirar de cerca las cosas que pasan, poner atención.” No omito mencionar también que la prosa registra más de una caída en la imprecisión y lo declamatorio (“la agreste senda de la madurez que los acechaba desde siempre”), propensión que, como diré más adelante, deshumaniza al protagonista.

Las tres secciones de Las afueras se ven integradas por capítulos de diversa índole: guiones radiofónicos, una carta, monólogos, relatos sueltos en tercera persona sobre los hermanos, las muchachas en quienes ellos se han interesado, y otros caracteres secundarios. La estructura no es lineal, sino que avanza con saltos en el tiempo y el espacio. Pero la dispersión cronológica da pie a la búsqueda de una unidad simbólica: los datos sobre pesquisas paleontológicas y las leyendas tétricas de Coahuila son equiparables a los episodios en los que aparecen el hermano menor y las mujeres objeto de deseo, porque él y ellas se convierten en una suerte de espectros o fósiles en el “alma dañada” del protagonista. Las afueras  señala el parentesco entre el pasado –prehistórico y legendario– de Coahuila y los incidentes particulares de las distintas edades de James, y de esa forma consagra el peso determinista con que el paisaje local y el pasado amoroso lo congelan en su vida emocional.

Es de esta condición, aunque orgánica y en distintos tramos narrativamente sugestiva, de donde nacería mi reparo: Las afueras  crea una imagen plural del pasado de James, pero entrega una imagen unívoca de su interioridad. Así, resulta un personaje dramáticamente cojo: otros, como Bárbara o Sagrario, e incluso William, se ven desarrollados, aunque en breve espacio, con mayor sensibilidad y brío fabulador que el propio James. Si bien se narran sus encuentros y desencuentros, sus andanzas y soledades, la complacencia casi conmiserativa con que se retrata lo pasivo e inmóvil de su condición reduce mucho y matiza poco el conocimiento de su vida profunda, como para que sostenga sin daño el audaz andamiaje de la novela.

En la carta a su hermano, James expone una visión pesimista de la existencia: “El ahogo, la desesperación, son la materia de la que venimos. Donde desaparecemos. [...] No hay nadie a quien reclamar nuestra suerte cuando la muerte y el vacío toman forma a nuestro alrededor.” El rasgo de carácter que supone esta declaración no se ve contrastado por la forma extremista con que la voz narrativa describe su estado anímico aquí y allá; por ejemplo, en el primer capítulo (“La incomodidad que lo corroía en cuerpo y alma era absoluta, incurable”) o en uno de los últimos (“Mientras rozaba su cuello con la hoja del rastrillo, James se sintió vencido por el peso de los muertos”). No se habría tratado de discurrir con mayor holgura sobre las emociones de James, sino de observarlas con una lente más precisa, menos impostada. El problema no es que James se vea pasivo e inmóvil, sino que esa pasividad e inmovilidad se exhiban con expresiones que, de tan drásticas y a veces lastimeras, se vuelven vacuas y le restan humanidad.

Por esto, aunque distintos capítulos muestren a un narrador eficaz y perceptivo, el conjunto de la novela –y de esto se resiente más la tercera sección– pareciera carecer de vitalidad. Las afueras  presenta historias de desamor y pérdida, pero esas experiencias se fosilizan y a la distancia, en la memoria del lector, devienen un objeto añejo, propio para la contemplación en la vitrina de un museo. “Mientras se dejaba hipnotizar por la monotonía del paisaje que circundaba el camino, James superpuso a la realidad la imagen de un saurio corriendo por el lodo de un pantano, dejando sus huellas sobre una placa movediza que se solidificaría con los milenios.” Esto creería ver yo en Las afueras: una prosa rutilante que, sin embargo, entrega una postal congelada del movimiento íntimo de su protagonista. ~