"Mi siglo", de Günter Grass | Letras Libres
artículo no publicado

"Mi siglo", de Günter Grass

Una crónica impar

Günter Grass,  Mi siglo, Alfaguara, México, 1999, 428 pp.

El siglo de Günter Grass es, obviamente, un siglo alemán; pero esto no significa que el libro se desarrolle únicamente en Alemania, sino que da cuenta de los acontecimientos en el mundo que nos afectan o afectaron a todos. Como siempre ocurre, su universalidad se encuentra en el hecho de ser buscadamente local. Tratemos de explicarnos. Formado por breves anotaciones con distintos narradores que cubren cada una de ellas un año en la vida del siglo, el libro consta por tanto de cien capítulos. Es una novela cuya estructura debe considerarse la de un libro de cuentos. En esta novela el  personaje sería Alemania y sus protagonistas los diferentes sucesos que la configuran. Podemos objetar que esta no es una novela, sin embargo, ¿quién es capaz de saber a estas alturas lo que es una novela? Lo apropiado sería decir que Mi siglo es un libro de Günter Grass en el que al narrar año por año, paciente, imaginativa, brillante, rica y siempre irónicamente el contexto de la "historia" de nuestra  época ella adquiere un carácter unitario y masivo, tal como corresponde a cualquier novela minuciosa. Günter Grass siempre ha sido un escritor minucioso. Es también deslumbrantemente rebelde y su siglo es el producto de una mirada ácida mediante la cual se crea inmediatamente un juicio sobre él.
     Mi siglo se inicia cuando el káiser dirige unas palabras encendidamente patrióticas a los voluntarios alemanes que se dirigen a China para combatir en la guerra de los boers, teniendo como aliados, en una significativa mezcolanza, a ingleses y japoneses. Los alemanes llegan tarde, nos dice el narrador de este fragmento que es uno de los voluntarios, y sólo participan en los fusilamientos de los boers por parte de los ingleses y ven las decapitaciones por parte de los japoneses. Éstos tienen que cortarles las trenzas a los boers porque les estorbaban en su tarea, y el narrador se lleva una de ellas como recuerdo, aunque sabemos que su futura esposa termina tirándola porque "esas cosas traen fantasmas a casa". Y en efecto, el fantasma que recorre todo el libro de Günter Grass es la guerra. El último capítulo termina con la madre de Günter Grass, a la que él resucita, pidiendo que ojalá en el siglo siguiente no haya tantas guerras.
     En tanto, a lo largo de las 428 páginas de este libro hemos asistido a un panorama desolador, tal vez soportable nada más por la maravillosa forma elegida por Günter Grass y los prodigios de su estilo. Hay muchos adelantos en nuestra época, pero Günter Grass permite o, mejor dicho, nos obliga a verlos como algo siniestro. Lo  positivo se encuentra en las costumbres de antaño, desde reunirse a conversar con antiguos compañeros de oficio hasta viajar con la familia o practicar la cada vez más olvidada costumbre de buscar hongos comestibles personalmente. ¿Puede esto ser más importante que todos los adelantos de la tecnología? Sí. En esta dirección el libro de Günter Grass es audazmente un defensor de las tradiciones perennes y enemigo de la modernidad. Y una nación moderna por excelencia es la Alemania de esta época. Por algo el escritor es el narrador del capítulo o el fragmento en el que se comenta la unión de las dos Alemanias divididas después de la Segunda Guerra Mundial y su opinión es "¡Qué locura!" No deben existir naciones como la Alemania actual, no debe existir la otan del mismo modo que no debió existir el nacionalismo capaz de provocar la Primera Guerra Mundial y mucho menos el nazismo posterior. La opinión de Günter Grass es muy clara en ese sentido, pero nunca se expresa más que diagonalmente en el libro. Se nos hace sentir, por algo es un libro narrativo: su forma es indirecta siempre. Daré algunos breves ejemplos. Los cuatro años de la Primera Guerra Mundial están contados mediante el uso de una investigadora suiza que nos relata su supuesta  entrevista con Jünger y Remarque, el autor belicista y el autor pacifista. Desde un extremo u otro las versiones de ambos comunican el mismo horror extremo. Pero en cambio el estilo de Günter Grass logra comunicarnos la escena como la civilizada reunión de dos ancianos caballeros alemanes a quienes interroga una suiza neutral. El nazismo se da a través del inicial entusiasmo de las marchas por parte de los fundadores de este partido, la descripción de los bombardeos ingleses que destruyen Berlín, Hamburgo y Dresden, respondiendo a algo que los alemanes iniciaron al bombardear Londres, y los posteriores comentarios de los antiguos cronistas de guerra en el frente ruso y que ahora se reúnen para hacernos saber cómo tenían que cortar las malas noticias cuando empezó el desastre. Luego está la continua burla del milagro que fue la recuperación alemana bajo el gobierno, protegido por los americanos, del canciller Adenauer, Berlín como centro de muchos acontecimientos que van desde la limpieza de la ciudad destruida después de la guerra hasta la  ruidosa y falsa alegría de una próspera  juventud. Y se sigue así. Hay crónicas de deportes con diferentes tonos; hay la visión de un profesor de filosofía que empieza en Berlín, sigue con la visita a la cabaña en la Selva Negra en donde vive Martin Heidegger, quien intercambia palabras con el poeta Paul Celan antes de que éste se  suicide tirándose al Sena; hay una carta del empleado de una empresa naviera que le vendió submarinos a los argentinos  durante la guerra de las Malvinas y atribuye a la torpeza de éstos para emplear los modernos submarinos el hecho de que no se venciera a los ingleses; hay una carta a la Volkswagen de un ama de casa quejándose desde la Alemania comunista de que no le hayan mandado su coche aunque su marido y ella siempre trabajaron para la Volkswagen, ya han pagado el automóvil y su único defecto es que les haya tocado vivir en la Alemania comunista. Los ejemplos podrían multiplicarse. Nos resignamos a recomendar tan sólo la lectura del libro de Günter Grass y a lamentar la pésima traducción de Miguel Sáenz, quien se empeña en destruir libros alemanes. -

OTROS LIBROS DEL MES
Eduardo Lizalde, Tablero de divagaciones. II tomos, FCE, México, 2000.Una amplia muestra de la actividad crítica y periodística del gran poeta mexicano nacido en 1929. De Gutiérrez Nájera a Canetti, de León Trotski a Octavio Paz, sin excluir a varios autores mexicanos contemporáneos.
      
     Leonardo Martínez Carrizales, La gracia pública de las letras.  Tradición y reforma en la institución literaria de México, Colibrí, México, 1999. El  autor, nacido en 1966, es uno de los nuevos críticos literarios mexicanos: su  mirada sobre la mitología revolucionaria del Ateneo de la Juventud, Agustín Yáñez, Octavio Paz, Jaime García Terrés y Juan Rulfo llamará la atención.
      
     Marco Tulio Quintiliano, Institución oratoria, prólogo de Roberto Heredia Correa, CONACULTA, México, 1999. Rescate de la traducción española de fines del siglo XVIII de una obra considerada "el único tratado sistemático con base psicopedagógica de la antigüedad".
      
     Teodoro Pródromos, Rodante y Dosicles, traducción de José Antonio Moreno Jurado, Ediciones Clásicas, Madrid, 1997. Delirante novela bizantina donde un poeta del siglo XII recorre Constantinopla mendigando favores en las cortes y las aldeas. Un libro insólito de un autor fallecido en 1170 que está más vivo que muchos de nuestros contemporáneos.