México, más allá del neoliberalismo | Letras Libres
artículo no publicado

México, más allá del neoliberalismo

Francisco Suárez Dávila

Crecer o no crecer. Del estancamiento estabilizador al nuevo desarrollo

México, Taurus, 2013, 336 pp.

No siempre hemos tenido, en México, nada más que neoliberalismo. No siempre –aunque lo parezca– el neoliberalismo, con las particularidades que su acrítica instrumentación en este país le han conferido, permanecerá como el modelo económico vigente. La razón: antes de concluir la primera década del siglo XXI una crisis financiera a escala planetaria se encargó de hacer dimensionar al mundo los excesos de los mercados libérrimos, con los costos (en términos de bienestar, crecimiento y estabilidad sociopolítica) observables desde entonces. Frente a la nueva crisis, una vieja disyuntiva (¿más Estado, menos mercado?) vuelve a hacerse presente en el debate teórico y político, siendo posible aventurar que de él se desprenderá lo que ya antes se ha dicho de un modo o de otro: no hay mercado que pueda, por sí solo, garantizar la justicia distributiva en una colectividad determinada, pues es necesario contar para ello con la participación del Estado.

En esta línea argumentativa se entiende Crecer o no crecer, el título más reciente de Francisco Suárez Dávila. La tesis del libro es menos compleja de lo que en principio pudiera suponerse. El neoliberalismo en México –traducido en lustros completos con bajo crecimiento económico– ha significado para el país y para el resto de América Latina una serie de fracasos en términos de bienestar, equidad y desarrollo. Ello obliga a oponer a esa expresión ideológica del liberalismo económico un constructo teórico y político, capaz de revertir en México el retroceso que, en sí mismo, ha implicado su estancamiento. Tal constructo, adoptado ya en países como Brasil, China e India, así como en Japón, Corea del Sur y Singapur, bajo la forma de toda una estrategia de crecimiento, recibe el nombre de neodesarrollismo.

Nada enteramente nuevo cabría esperar de este modelo –mezcla de viejas y más o menos novedosas formas de abordar las causas del crecimiento en países desarrollados y emergentes–. Suárez Dávila se encarga, en su libro, de hacer un recuento somero de las corrientes de pensamiento ascendientes en un esquema de crecimiento que considera indispensable de cara a la actual coyuntura por la que atravesamos los mexicanos. El neodesarrollismo se nutre, así, del mercantilismo que permeó en los Estados-nación europeos durante los siglos XVI y XVII; abreva del keynesianismo, en boga durante los años que siguieron a la Gran Depresión, pero vigente aún cuando de pugnar por la intervención del Estado en la economía, a través del gasto público y la política fiscal, se trata. Por lo concerniente a América Latina, la escuela estructuralista acabaría por dotar al neodesarrollismo en estas latitudes de un conjunto de nociones teóricas para la conformación deseable de una industria sólida, a salvo de aperturas comerciales indiscriminadas.

Con tales referentes ineludibles, Suárez Dávila procede a hacer el recuento histórico del desarrollismo, tal como este se implementó en México entre 1934 y 1970, los años que en la consolidación económica del país corresponden de lleno, según su apreciación, a este modelo. En términos generales, el recuento que el autor ofrece a lo largo de las más de trescientas páginas; su documentada aproximación al cardenismo en tanto precedente más apreciable de la puesta en marcha del desarrollismo mexicano, así como la robusta exposición de las distintas etapas que este atravesó hasta llegar al llamado “desarrollo estabilizador” (1958-1970), constituyen a todas luces un ejercicio útil para intentar comprender lo mucho que se desmanteló con la llegada del neoliberalismo “a la mexicana”.

¿Es posible, en el actual entorno mexicano, apostar por el neodesarrollismo? Suárez Dávila responde a este respecto que sí, definitivamente. El neodesarrollismo no solo es, como se esfuerza en demostrar, posible sino absolutamente necesario. Lo es, porque, entre otras cosas, el trade-off entre inflación y crecimiento resulta ser a estas alturas insostenible; porque desde su instrumentación, a partir de 1982, la estrategia neoliberal ha demostrado ser francamente fallida en lo que a bienestar y desarrollo se refiere, y porque la experiencia reciente de otros países demuestra que el neodesarrollismo es, como quizá nunca antes, una alternativa válida si lo que se pretende es avistar una luz al final del túnel que ha supuesto el estancamiento.

No es menor, en este sentido, la tarea de delinear, así sea en términos generales, el camino a seguir en los próximos años bajo una estrategia que vuelve a situar al Estado en el centro de las transformaciones indispensables. Se impone –sugiere Suárez Dávila– retomar los elementos exitosos del desarrollismo puesto en marcha hace más de setenta años y aprender las lecciones derivadas de la incomprensión de las causas de su agotamiento. Hace falta articular las reformas que, en su momento, dejaron de instrumentarse convenientemente y reorientar el financiamiento hacia actividades productivas con alto valor agregado.

No son pocos los riesgos que supondría para México la adopción de un neodesarrollismo mal entendido y, peor aún, mal instrumentado. El problema del neodesarrollismo es que, tarde o temprano, se encuentra con los límites macroeconómicos a los que cualquier modelo de crecimiento debe enfrentarse. Países como Argentina (donde Néstor Kirchner desde 2003 echó a andar una variante neodesarrollista) y el propio Brasil, en América Latina, además de China, para hablar del gigante asiático, enfrentan hoy desequilibrios que ponen en riesgo su estabilidad cambiaria y comercial, problemas que junto con la inflación y la precariedad de los salarios reales han derivado ya en evidentes conflictos sociolaborales.

En México la urgencia de abandonar la aplicación desmedida y grosera del neoliberalismo no debiera traducirse en la adopción de otro modelo, sin el rigor y la crítica que saludablemente convienen. Que el desarrollismo vuelva, tras más de tres décadas de ausencia, por sus fueros no significa necesariamente que deba quedarse de forma indefinida sin reformulaciones ni inevitables cambios. ~