Malicia, que algo queda | Letras Libres
artículo no publicado

Malicia, que algo queda

Héctor Aguilar Camín

Toda la vida

Ciudad de México, Literatura Random House, 2016, 136 pp.

Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) conjuga literariamente la historia, el periodismo y la política en su undécima novela, Toda la vida, una historia de amor romántico que apela a la nostalgia como su principal recurso narrativo. Todo ocurrió ayer: la mujer perfecta (aunque desquiciada), la adrenalina periodística, el México donde todavía los criminales estaban subordinados a los policías. No dice Aguilar Camín: todo pasado fue mejor, porque sabe que el pasado estuvo tan manchado como lo está el presente. Dice: antes era mejor, lo cual no quiere decir que se tratara de algo bueno, sino simplemente que era mejor que lo que ofrece el ahora. Antes, al menos, estaba ella.

En el centro de la novela se encuentra Liliana, la mujer-diosa, y su cantor. El protagonista vive: trabaja en un periódico, investiga, con los recursos del historiador, una matanza, escribe libros, pero la aparente línea recta de su vida es en realidad una espiral, las trayectorias de un satélite que gira alrededor de un planeta que le da sentido. Ese planeta es Liliana, por quien pelean los hombres, a quien tener es un trofeo, pero también una maldición. No hay nadie que salga indemne de sus relaciones con ella: alcohólica, juerguista, amante, lleva a sus hombres al límite y después los abandona. El aparente propósito de la novela es recobrarla. Recordarla para recobrarla. Ella nunca pudo ser enteramente de Serrano, el protagonista y álter ego del autor. Él nunca se atrevió a pedirle que se quedara a su lado. “Si hubieras tenido güevos –le dice Liliana–, serías mi dios.” La frase, que en un principio solo parece cursi, termina con una pedantería: “serías mi dios. El dios que andamos buscando y que no existe”.

Héctor Aguilar Camín ve al mundo con malicia. Nunca está en la luna, ha escrito Hugo Hiriart, que destaca de él su “falta de ingenuidad, astucia manifiesta y perpetuo estado de alerta” (Revista de la Universidad, agosto de 2010). Esa suspicacia permanente es perfecta para el periodismo de opinión que practica cotidianamente en Milenio. En los ochenta, Aguilar Camín participó activamente en la puesta en marcha del Unomásuno y La Jornada, diarios emblemáticos y combativos de la época. Esa atmósfera es la que recrea Toda la vida, cuyo personaje central, por cierto, el autor ya había ensayado con fortuna en el Carlos García Vigil de La guerra de Galio: una figura construida a medio camino entre las agitaciones periodísticas y las exigencias del novelista.

El que Serrano se dedique al periodismo no tiene nada de azaroso. De hecho, con malicia, Aguilar Camín cuenta los amores desorbitados de Liliana para narrar otra historia, la que verdaderamente le interesa. Sus aventuras sentimentales son apenas la fachada que oculta la crónica de un asesinato. Una mujer le pide a un hombre que mate a quien ha deshonrado a su hermana menor. Esa es la historia que, en realidad, quería contar Aguilar Camín. Serrano la ha escuchado numerosas veces de labios de Liliana, siempre de forma distinta. Pese a las variaciones, “tiendo a creer que la historia es verdadera [...] Siempre sé que la escena contiene una novela”. Para narrar esa historia se escribió Toda la vida.

Cuenta de sí mismo el protagonista: “soy un escritor, no hay inocencia en mis frases [...] no basta con leer lo que escribo, hay que sospechar”. Sospechar, por ejemplo, de la investigación que el historiador Serrano está llevando a cabo sobre la matanza de Huitzilac, donde asesinaron al general también apellidado Serrano y a trece personas más. La matanza –que, por otro lado, aparece en La sombra del caudillo– fue dictada desde el poder para garantizar la gobernabilidad callista. En Toda la vida las pesquisas de Serrano en torno al asesinato que mandó ejecutar Liliana para vengar a su hermana Dorotea lo conducen a un viejo policía que habla de otras muertes, de otros asesinatos dictados desde el poder: los asesinatos de un escuadrón de policías que, a pedido de las víctimas, ejecutaban al victimario por una módica suma. Ejecutaban “cuando se trataba de lacras, de violadores reincidentes, de multihomicidas”. “No maté a ningún cabrón que no lo mereciera”, dice el viejo agente, sin vanagloriarse pero sin culpa: “es la única policía que ha habido en este país”. Esa “higiene social”, esos elementos histórico-periodísticos, ese arco de violencia que va de la matanza de Huitzilac a una “escuadra de ejecutores” en los setenta, esos asesinatos que mantienen el orden, finalmente son los que estorban al vuelo literario de la novela. Para ser perfecta, una novela breve debe aligerar el equipaje, soltar el lastre de las historias secundarias (aunque relevantes en un sentido periodístico) y concentrarse en la historia central, una novela de amor, de deseo y de desamor. En vez de eso, por esa tendencia inevitable a maliciarlo todo, lo que tenemos es un libro sobre la higiene social de la década de los setenta.

Toda la vida es una novela de amor, la novela de una pasión y la historia de una debilidad. La historia de amor es tópica: el escritor enamorado de una mujer bellísima y medio perturbada que produce en los hombres el efecto Hobbes: “la vida amorosa vuelve a ser precaria y violenta, como quiere Hobbes, pero también intensa, llena de riesgo y brillo”. Serrano posee a Liliana, y después la pierde, la busca, la reencuentra. Finalmente –como para darle la razón a Woody Allen acerca de que el corazón es un músculo flexible– Serrano termina poniendo sus ojos en Dorotea, la hermana menor.

La pasión a la que alude esta novela es el periodismo. La búsqueda por iluminar aquello que se encuentra en la sombra. Detrás de la historia de amor de Liliana se halla el mal. En las novelas de Aguilar Camín, dice también Hiriart, “se percibe una maldad acechante, escondida, difusa, imposible de localizar con precisión, una perversidad y una vileza política, social, pero secreta”. Como dije esta es igualmente la historia de una debilidad. La que hace pensar a su protagonista que la sociedad tiene resortes secretos que le permiten funcionar. Engranajes perversos que no son evidentes. Esta debilidad, que puede ser confundida con la fuerza de voluntad, lleva a Serrano a bajar todo el tiempo la vista y observar los gusanos y los insectos que pululan debajo del suelo, como en la famosa primera escena de Terciopelo azul. Pero husmear en los sótanos y subsuelos del poder no es lo mismo que mirar los abismos de lo humano.

Toda la vida, una buena novela menor. ~