Los secretos de la aurora, de Jorge Aguilar Mora | Letras Libres
artículo no publicado

Los secretos de la aurora, de Jorge Aguilar Mora

Jorge Aguilar Mora, Los secretos de la aurora, Era, México, 2002, 400 pp.
NOVELA
La rebelión de los mil

Los secretos de la aurora, de Jorge Aguilar Mora, es un vasto y extraño libro que se propone la invención total de un universo novelesco. Ése debería ser el propósito de la mayoría de los novelistas, pero, al menos entre los actuales autores de la lengua española, escasea esa voluntad de estilo, ese compromiso proteico. Aguilar Mora decidió, antes que narrar, escribir de principio a fin la historia de una familia, de una ciudad y de una revuelta, elementos conjugados en un tiempo metahistórico que sólo a él le pertenece. Los personajes de Los secretos de la aurora son legión, como intrincadas las relaciones que los entrelazan y variados los paisajes del alma que habitan. Esta obra sólo convocará a un puñado de elegidos, esos lectores morosos y subjetivos en peligro de extinción, para quienes la civilización descansa sobre la prosa.
     Aguilar Mora, como lo hicieron Onetti, Carpentier, Mujica Lainez o García Márquez, decidió hacer de un libro el mapa de una ciudad, entendida como una polis que se legitima por el pensamiento y como una arquitectura cuyas inquietantes ruinas están llamadas a habitar nuestra memoria. Los secretos de la aurora está dividida en cuatro partes, cada una de las cuales comienza con el motivo de Telémaco, el hijo que parte a la búsqueda de un padre extraviado en las contiendas civiles. Aunque en este caso sabemos que el padre ha muerto, esa muerte es el mecanismo elegido para llenar su ausencia y hacer de la memoria la reconstrucción de la polis. A través de ese padre, Aguilar Mora va presentando la ciudad de San Andrés y la Rebelión de los Mil que la cimbró.
     Saga familiar, catálogo de encuentros eróticos, exasperante descripción de ambientes, Los secretos de la aurora parece una novela tradicional hasta que empezamos a quebrarnos la cabeza pensando a qué tradición pertenece. En ese punto descubrí, no sin azoro, que a pesar de sostener relaciones oblicuas con la gran narrativa latinoamericana del siglo pasado, Los secretos de la aurora es una novela política en el antiguo sentido que Jenofonte le habría dado a la palabra: descripción de una guerra donde una ciudad-Estado se pregunta por su misión sobre la tierra, crónica de una guerra que sucedió en un no-lugar que es la ciudad misma, tragedia representada por un puñado de hombres y mujeres tan hastiados de ser héroes como resignados a no ser dioses.
     Muchos novelistas, como el padre-que-muere en la propia novela de Aguilar Mora, son competentes diseñadores de maquetas; pocos son capaces, como él, de presentar la miniatura arqueológica de una civilización, recordándonos que el novelista debe evocar lo imaginario como si fuese real. Pero mientras me paseo por las plazas, puentes, callejones y cuarteles que componen San Andrés, la ciudad donde ocurren Los secretos de la aurora, no renuncio a indagar en los sustratos sobre los cuales Aguilar Mora construyó ruinas tan imponentes. Y creo que es cierta historia mexicana la que el novelista ha transubstanciado en su libro, llamado por la amarga urgencia de escribir esa ilusoria novela postclásica e intimista de la Revolución Mexicana que Martín Luis Guzmán, Nellie Campobello o José Vasconcelos habrían debido escribir en un mundo ideal.
     Aguilar Mora (México, 1946) se ha cuidado de poner la carta sobre la mesa. Aunque Los secretos de la aurora está configurada por numerosas resonancias de la historia y la literatura de América Latina, en ella ocupa un sitio axial un personaje histórico, el sabio decimonónico mexicano Juan Nepomuceno Adorno (1807-1880), inventor curioso de un fusil que podría disparar sesenta tiros por minuto, de una máquina de grabación de documentos y de un ferrocarril rapidinámico. Nuestro Adorno, a su vez, publicó en 1862 un tratado titulado La Armonía del Universo. Ensayo filosófico en busca de la verdad, la unidad y la felicidad, mismo que al parecer había aparecido primero en Londres. Sería una imperdonable jactancia aventurarme sobre un personaje del que poco sé, pero creo ver en esta nota de pie de página la gruta que nos conduce al centro vulcánico de Los secretos de la aurora. Gracias a este utopista, realizamos una anábasis que nos aleja la cansina reflexión fenoménica tan propia de la novela contemporánea.
     "Las palabras", escribe Aguilar Mora, "tenían que ser orgánicas, con vida propia, y tan antiguas como el primer resplandor, y tan idénticas como el primer rostro". Con esa convicción, estas ruinas, vistas desde arriba, no pueden sino equilibrar el principio masculino de la arquitectura —el padre conspirador y diseñador de ciudadelas imaginarias— con el principio femenino, la madre pianista, a través de la cual habla la música, y muy especialmente el piano, suerte de demiurgo creador cuyas notas llevarán la destrucción a San Andrés. También ello proviene del verdadero Juan Nepomuceno Adorno, inventor de un piano melógrafo que fue presentado en la Exposición Universal de París, y para cuya correcta utilización escribió una Mélographie ou nouvelle notation musicale.
     La Rebelión de los Mil ocurre fuera del foco narrativo de Aguilar Mora. Poco importa cuándo sucedió, pues, como la Guerra de Troya, es un episodio cuya inexacta ubicación en el tiempo permite su transfiguración en el horizonte común de todos los hombres. A través de esa dilatada historiografía novelesca, tan propia para la evocación psicológica, Los secretos de la aurora desarrollan un segundo motivo, la conspiración, que incluye lo mismo la escritura de tratadillos que los encuentros eróticos, y culmina en el tema de la elección de un traidor que legitimará el fracaso mismo de la rebelión. Profundizando: si Juan Nepomuceno Adorno nos conduce a un libro secreto, éste pone el no-lugar como la esencia del discurso de Aguilar Mora. Se desdobla así una historia paralela que, alimentada por un sabio perdido y acaso prescindible, convierte a la polis mexicana en un sinsentido y la traslada a un reino imaginario que es nuestra única garantía de sublimación. Me sorprende mucho, y me entusiasma, que Aguilar Mora haya llegado, mediante el arte de la novela, a escribir una crítica tan radicalmente conservadora de la historia como liberación. La Rebelión de los Mil está condenada tanto a repetirse sin cesar como a fracasar una y otra vez. Novela del pensamiento, una de las pocas que se han escrito entre nosotros, Los secretos de la aurora es un tributo al pesimismo trágico. ~