Los hijos de la revolución | Letras Libres
artículo no publicado

Los hijos de la revolución

Hace pocas semanas ha salido en España, en Tusquets Editores, un libro de Jorge Masetti, El furor y el delirio, que se había publicado hace algunos años en edición francesa, pero que sale ahora en castellano en una versión mucho más completa y definitiva. El libro lleva un subtítulo significativo: “Itinerario de un hijo de la Revolución Cubana“. Hemos conocido, desde luego, desde los años treinta hasta hoy, muchos de estos itinerarios, muchas memorias del desengaño político. El libro de Masetti, sin alcanzar grandes niveles literarios, cosa que el autor, que no es escritor profesional, no se ha propuesto, se incorpora a una larga lista de testimonios importantes. Parecería, a estas alturas, que ya no se puede escribir nada demasiado nuevo en esta materia, la del desengaño frente a las revoluciones contemporáneas. Pero el libro de Masetti tiene un valor singular, derivado de la insólita experiencia de su autor, hijo de revolucionario y educado desde niño para servir a la revolución en forma incondicional y en las misiones más peligrosas. No es frecuente que una persona así consiga sobrevivir, que salga del círculo de hierro de los hombres de confianza del poder absoluto y que esté dispuesto a contarnos lo que vio y lo que vivió.
     Jorge Masetti es hijo del periodista argentino Ricardo Masetti, compañero del Che Guevara, fundador de la agencia cubana Prensa Latina y muerto en 1964 en Salta, Argentina, cuando dirigía una guerrilla que había sido organizada desde La Habana. Ricardo Masetti fue uno de los primeros héroes de la revolución, una figura emblemática, y Jorge, su hijo, formado en el círculo de los dirigentes de máxima confianza, trató desde adolescente de imitarlo y de seguir su camino. Fue educado para la lucha armada, para las actividades clandestinas, para llevar una permanente doble vida, dentro de los sectores más secretos, más especializados, más cercanos al poder militar y político. Su intermediario permanente con las altas esferas fue el comandante Manuel Piñeiro Losada, conocido también como El Gallego y como Barba Roja, quien dirigía un curioso Departamento de América del Partido Comunista Cubano, sección dedicada en parte menor a la diplomacia y a la información, en grado determinante a la actividad subversiva de todo orden. Piñeiro aparece en este libro como una especie de padrino afectuoso del autor. Es la persona que le comunica la muerte de su padre, después de casi un año de ocurrida, en épocas en que la comunicación entre los frentes guerrilleros del sur del continente y La Habana era extremadamente difícil. Es el que lo lleva los días de fiesta a la playa o al cine en compañía de sus propios hijos. No está de más que diga por mi lado que, cuando llegué como diplomático chileno a La Habana, en diciembre de 1970, una de las primeras personas que encontré, como por casualidad, fue el mismo Manuel Piñeiro. Los funcionarios que empezaron a llegar casi todos los días a solicitarme un visado para Chile pedían a menudo conversar con “el compañero Eguar“ por encargo expreso del comandante Piñeiro. En aquellos días, la embajada chilena estaba formada por mi propia persona, por mi habitación del hotel Habana Riviera y por una máquina de escribir portátil, aparte de una secretaria y un chofer colocados por los servicios cubanos y que respondían muy bien a las órdenes de dichos “servicios“. La embajada de Cuba en Santiago, en flagrante contraste, estaba en vías de convertirse en una organización importante y que se ramificaba por todos lados en el país. De ahí las visas diarias que yo tenía que otorgar, sin que el Ministerio de Relaciones chileno se inquietara demasiado por el asunto, y de ahí la suspicacia con que empecé a ser mirado por el comandante Piñeiro y sus amigos. Yo era un eslabón débil dentro de un complicado proceso de infiltración de la vida chilena y había que reemplazarme pronto. Como comprenderá el lector un poco avezado, los sucesos posteriores no fueron ajenos a estos “desequilibrios“ iniciales.
     Jorge Masetti recibió una completa instrucción política y militar en el mítico Punto Cero de Cuba y emprendió a partir de ahí un camino de difícil regreso. Los días de su instrucción forman páginas de lectura sumamente útil, ya que todos, unos más, otros menos, hemos sido ingenuos en estos asuntos. Participó después en misiones especiales en Argentina, en Colombia y en Angola y luchó junto a los revolucionarios sandinistas de Nicaragua. No fue del todo ajeno, al parecer, a determinadas misiones en el Chile de Pinochet, pero el libro no da detalles a este respecto. Su aspiración, como joven entusiasta de la revolución castrista, consistía en intervenir siempre en acciones operativas, como se decía en la jerga de entonces, y no en la vida militar regular. Él prefería en aquellos años, como lo escribe ahora, “la revolución rebelde a la revolución instalada en sus jerarquías y medallas“. Tuvo que aceptar muchas veces, sin embargo, por disciplina, misiones que no eran precisamente militares ni guerrilleras. En un momento determinado se vio comprometido en operaciones de falsificación de dólares, destinadas a obtener divisas para la revolución sacrosanta, cuyos fines superiores justificaban todos los medios. En otra etapa fue contrabandista de marfiles. Supo también de operaciones de secuestro de personas destinadas a obtener rescates en dinero para las arcas revolucionarias.
     Las actividades clandestinas encaminadas a conseguir fondos se hicieron mucho más urgentes, como era de prever, después de la caída del Muro de Berlín y del fin de la ayuda soviética a Cuba. Ellas dependían de un misterioso departamento de operaciones ligado a la Dirección General de Inteligencia. Pues bien, el jefe de dicho departamento era el coronel Tony de la Guardia, hermano de Patricio de la Guardia y amigo del general Arnaldo Ochoa, héroe de la guerra de Angola. Además, Jorge Masetti se casó con una hija de Tony de la Guardia, quien pasó de este modo a ser su jefe, su suegro y su gran amigo. Todos saben lo que sucedió con el general Ochoa y con los hermanos De la Guardia a mediados de 1989. Fueron detenidos en forma repentina y acusados de tráfico de drogas. Después de un breve procedimiento a puertas cerradas, con abogados militares designados de oficio, Ochoa, Tony de la Guardia y algunos otros fueron condenados a muerte y fusilados. Patricio de la Guardia recibió una condena a cadena perpetua. Todos admitieron, como ha sido habitual en los procesos de corte estalinista a lo largo de este siglo, que eran culpables, que sus condenas estaban plenamente justificadas y que morían arrepentidos y con más fe que nunca en los ideales de la revolución. El general Ochoa, después de sentenciado, declaró ante el tribunal, denominado sin la menor ironía “tribunal de honor“, que el que hablaba ahí era “un revolucionario mucho más limpio que el de hace veinte días“. Las razones que da el libro de Masetti para explicar este proceso, aunque conocidas, fueron vividas muy de cerca por él. Por un lado, las investigaciones estadounidenses, ya conocidas por la prensa, estaban a punto de denunciar con pruebas contundentes toda la red cubana de narcotráfico. Por otro, era sabido que Ochoa y sus amigos habían tomado un serio interés en la perestroika de Gorbachov, tema que estudiaban y discutían en forma constante. El peligro para el poder castrista era evidente: la disidencia se originaba en este caso en el núcleo central de las Fuerzas Armadas, encabezada por un héroe militar de gran popularidad. Jorge Masetti, que había participado en falsificaciones de dinero y en contrabandos de marfil enteramente oficiales, nos hace ver que el narcotráfico dependía de los mismos departamentos, conocidos en la jerga como MC (Departamentos de Moneda Convertible). Ahora bien, Fidel Castro, con su olfato característico, husmeó el peligro, se adelantó a los hechos y sacrificó sin el menor escrúpulo al general Arnaldo Ochoa y a sus seguidores. ¡La revolución así lo exigía!
     Jorge Masetti consiguió salir de Cuba un año más tarde, en 1990, después de trámites angustiosos, ya que las autoridades no permitían en los primeros meses salir a su mujer, hija de uno de los condenados. Sus reflexiones finales son trágicas: trágicas para él y para todos los que todavía no han entendido estos fenómenos, que a menudo dan la impresión de ser la mayoría. Como tantos otros, como muchos de los mejores de dos o tres generaciones latinoamericanas, Masetti entregó su juventud a una lucha que tenía una apariencia generosa, humanista, pero cuyos medios se sobreponían a los fines y la convertían en una acción inmoral y delirante, que no se detenía ante nada, que exigía un permanente ocultamiento de la verdad. La justificación definitiva, última, vale decir, la revolución, era una abstracción extraordinaria, una diosa devoradora y que se encontraba por encima de todo. El joven Masetti, a juzgar por sus memorias, sólo vio una vez de cerca a Fidel Castro, el Supremo, pero lo vio en un momento en que su entusiasmo por el personaje lo cegaba, le quitaba toda posibilidad de un juicio lúcido. Al final, sin embargo, después de la eliminación de su suegro y del general Ochoa, entendió la naturaleza perversa de la identificación entre los ideales revolucionarios y el poder personal. Defender a Fidel era defender la revolución, contra viento y marea, por aberrantes que fueran los hechos que se defendían. Era una lógica absurda y en el fondo bárbara.
     En las reflexiones de los últimos capítulos, Jorge Masetti llega a pensar que la guerrilla revolucionaria no era diferente, en su esencia, del poder militar que se le oponía. El carácter represivo de los regímenes militares que se extendieron por todo el continente no era más que una consecuencia directa del fenómeno castrista. Un mal había provocado el otro. Claro está, cuando Fidel Castro comprendió las limitaciones de la guerrilla, comenzó a utilizarla con gran habilidad como un instrumento de su política exterior. Para un país de América Latina, tener buenas relaciones diplomáticas con Cuba era una garantía frente a la infiltración guerrillera y de todo orden. El castrismo se colocaba en una posición negociadora favorable, como se ha visto en estos días en el difícil proceso de pacificación de Colombia. En otras palabras, mirada desde esta perspectiva, uno tiende a pensar que la Revolución Cubana fue esencialmente militarista, expansiva, comparable en este aspecto, en pequeña escala, a la etapa bonapartista de la Revolución Francesa, pero de gran ineficacia en el terreno de la economía.
     “Hoy puedo afirmar“, escribe Jorge Masetti hacia el final de su libro y hablando de la revolución en Argentina y en el resto de América Latina, “que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia con Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada“. Es una conclusión terrible, y lo único razonable y válido, en la política latinoamericana de ahora, en esta época de reflujo, de posrevoluciones y posdictaduras, es mirar dicha conclusión de frente, con coherencia y con honestidad intelectual. Es la única salida posible y aceptable de lo que ahora podemos ver como una larga noche de golpes y contragolpes sangrientos.-