Lo pequeño es ambicioso | Letras Libres
artículo no publicado

Lo pequeño es ambicioso

Gonçalo M. Tavares

El barrio y los señores

Traducción de Florencia Garramuño,

Oaxaca, Almadía,

2012, 640 pp.

 

La gente decente y letrada no está en contra de la brevedad, a menos que  sea una mala brevedad, como la  que puede presentarse en los libros de frases célebres o en las conferencias cuyas entradas nos costaron dos mil pesos. Salvo contadas excepciones, la tendencia es aplaudir que nada se alargue tanto como para sentir que hemos perdido una parte de nuestras vidas. En la era del ingenio, la eficacia literaria se ha entendido como la capacidad de comunicar, emocionar, molestar y divertir sin acudir al incómodo proceso de releer tres veces un mismo párrafo.

Sin embargo, esta no es una cara prestigiosa en los estantes del canon: seguimos pensando en la alta literatura como en un conjunto admirablemente pesado de páginas y en sus autores como en tipos que aspiran a escribir veinte libros que dialoguen entre sí y con la tradición. Esas dos posturas que a primera vista parecen irreconciliables nos obligan a formular una pregunta: ¿Es descabellado pensar todavía en una obra ambiciosa en estos tiempos felices para los miniaturistas?

El barrio y los señores, la más reciente entrega de Gonçalo Tavares en nuestro idioma, demuestra que esto no solo es posible sino que, puesto en primer plano, resulta estimulante. Lo que este portugués ha logrado con solvencia es apostar por una literatura que explote las virtudes de la brevedad, sin renunciar a la ambición de un plan. Conformado por diez “novelas” muy cortas que fueron publicadas en Portugal entre 2002 y 2010, este libro da cabida a lúdicas miniaturas protagonizadas por señores cuyos apellidos rinden homenaje a una decena de autores indispensables: Calvino, Breton, Brecht, Michaux, Walser, Juarroz, Kraus, Eliot, Swedenborg y Valéry. Divertidísimas unas, poéticas otras, sorprendentes todas, las historias que protagonizan estos personajes apuntan a iluminar asuntos cotidianos con la intención de volverlos ya irreconocibles como asuntos cotidianos.

La bibliografía de Tavares (Luanda, Angola, 1970) sorprende por su diversidad: de su exploración de los mecanismos del Mal en novelas como Jerusalén o La máquina de Joseph Walser a las caras de la violencia en los relatos de Agua, perro, caballo, cabeza, o sus experimentos con la historia de la filosofía en Historias falsas, el autor se ha empeñado en parecerse cada vez menos a sí mismo. El barrio y los señores no solo es producto de un proyecto amplio, meditado y, sin embargo, con las virtudes de la espontaneidad, sino que confirma esa imagen de un volumen que ha sido construido y no simplemente redactado. Como resulta imposible sostener una obra de 637 páginas donde todas sean ficciones breves, por muy vivaces, ingeniosas y poéticas que resulten, Tavares ha querido torcer las diversas formas de lo que hemos dado a llamar “literatura fragmentaria”. El hit de nuestros tiempos que en sus manos parece algo más que el eufemismo con que consolamos a los autores nuevos por ser incapaces de sostener una misma trama por más de veinte páginas.

Bien mirados, los personajes de Tavares no son gente de acción. Pocas cosas suceden en estas páginas, pero la animosa verbosidad de su entramado representa su apuesta más radical.

Tavares ha declarado que para él “pensar y contar historias es el mismo mundo, no dos separados”  y los hombres de letras deEl barrio y  los señores cumplen a la perfección ese cometido. Como sucede con otros de sus personajes (pienso en Theodor Busbeck, de Jerusalén, obsesionado con descubrir una lógica que explique la crueldad humana), los señores de este vecindario libresco viven para elaborar complejas maneras de resistir al caos. Ya sea con teorías disparatadas o conductas excéntricas, acuden a una sorprendente variedad de modos de ordenar el mundo (o desordenarlo). El propósito, cuanto está destinado al fracaso, solo puede conducir al humor, un “humor heroicamente cuerdo”, como describía Foster Wallace al humor de  Kafka. Una risa que tiene menos  de neurosis que de un desconcierto legítimo ante el mundo.

La galería es entrañable: el señor Valéry, quizás el personaje más alucinante de todo el ciclo, establece una lógica desquiciada para tratar los problemas de su vida diaria: toma los objetos de su izquierda solo con la mano izquierda o traza recorridos que le permiten ir de un lado a otro sin que lo toque una gota de lluvia. El señor Henri –más literario y más hablador– mezcla recuerdos y conocimientos enciclopédicos para animar sus celebraciones de absenta. El señor Swedenborg ha decidido servirse de la geometría plana (y su novela es rica en líneas, puntos, cuadrados y círculos) para ilustrar la seducción, el deseo o la música de Bach. El señor Breton se pregunta acerca de los valores de la poesía y las propiedades masticables de los versos; el señor Eliot encabeza un ciclo de conferencias donde expone hallazgos sorprendentes salidos de  líneas no especialmente célebres  de Char, Auden o Plath. Todos hablan y piensan y especulan y conversan y se ignoran unos a otros. Pero hay algo más que poesía, ingenio o excentricidad en las novelitas de Tavares. Las fábulas del señor Brecht  (pobladas de desempleados que aceptan ser mutilados, gatos que son confundidos con ratones, librerías que venden versiones numeradas de un libro único, gallinas cultas, etcétera) muestran la fragilidad de nuestro contexto moral. Lo mismo podría decirse de las historias del señor Kraus quien ha descubierto que la única forma objetiva de comentar la política es a través de la sátira.

Como puede observarse, los asuntos de El barrio y los señores son variados, pero Tavares ha logrado que cada novela muestre una coherencia interna con la cual sea posible pensar que quienes desvarían son los personajes y no el autor. La anécdota de escritores, la fábula moral, la ficción política, los aforismos, las historias fantásticas o la crítica literaria tienden, bajo su dominio, a ser mucho más que etiquetas para describir una prosa. No meras parodias de esos géneros, estas ficciones establecen un estado de tensión para cada uno. Por eso, hay que atender la recomendación del propio autor de no leer este libro como si se tratara de una novela: en su lugar, nos pide formas inventivas de tratar con él.

En una de sus sabrosas disquisiciones, el señor Valéry reflexiona que si la verdad es única y la mentira, múltiple; descubrir la primera es una tarea poco menos que imposible. “Lo que se necesita es tener tantas verdades como mentiras”, concluye. A ese tipo de verdad apela la literatura de Tavares. ~