Las puertas del reino, de Héctor Toledano | Letras Libres
artículo no publicado

Las puertas del reino, de Héctor Toledano

Al hablar de la novela de ciencia ficción, Robert Silverberg decía que la principal tarea de ese género era “crear mundos con cuidadoso detalle”. Me niego a pensar que el multipremiado autor de Dying Inside (1972) haya ignorado que en su definición se describía precisamente la labor de la ficción en general, pero sobre todo de la novela, que permite un desarrollo mayor del tema y de los personajes que el cuento corto. El cuento corto, como decía Silverberg, puede ofrecer “sólo una fugaz y vívida mirada al mundo inventado”; pero en la novela este pionero de uno de los géneros más vilipendiados veía “un receso del escenario” ante la obligación de ampliar la trama. Lo que Silverberg extrañaba en la novela era la primacía del entorno en que se ubicaba la trama. En Las puertas del reino, de Héctor Toledano (Distrito Federal, 1962), hay una frescura similar a la que hacía sentir la primera novela de Silverberg; un olor conocido, una atmósfera extrañamente familiar que sin embargo enfrenta al lector con la inesperada violencia lograda sólo por los siempre raros tours de force.

La suya no es una novela inserta en la ciencia ficción, ni siquiera en géneros cercanos. Ubicada de modo apresurado por la crítica en el cajón de las así llamadas “novelas de anticipación” –etiqueta tautológica e innecesaria–, esta opera prima de Toledano hace de la ingenuidad genérica –por inventar un término–, es decir, de su separación de la genealogía temática de las novelas de ciencia ficción y la fantasía, un acierto sorprendente. La premisa es harto conocida: una megalópolis en ruinas y una compleja historia de amor en la que sus personajes se encuentran perdidos, en búsqueda perpetua de su pasado y su presente. En un momento indeterminado del futuro, la ciudad de México yace inundada y destruida. Dos hombres mayores, quizá ancianos, Quicho y Aurelio, sobreviven en la “urdimbre”, la urbe que no es más que ruinas que se asoman por la superficie del agua omnipresente. En una vuelta a sus orígenes, el df es un laberinto de canales donde todos los antiguos puntos de referencia se han perdido. Lo único que queda es la memoria: la novela de Toledano traza un recorrido a través de los flujos de conciencia de sus personajes, filtrados por un narrador en tercera persona que, como insolente voyeur, atestigua clínicamente pasado y presente, abriendo ventanas hacia un triángulo amoroso, al mismo tiempo secreto y pervasivo, acontecimiento del cual sólo queda una fotografía, borrosa y maltratada, como la apariencia física de estos sobrevivientes de una tragedia que no logran explicar. En el centro de la red que construye su utopía negativa, Toledano revela otra matriz tejida por preocupaciones fundamentales: la computadora y el humano, la fotografía y la memoria, la vejez y la juventud, la búsqueda y el recorrido, la genealogía como acto de recuerdo a través del salvamento de los restos y la ruina.

Disfrazada de historia de amor, Las puertas del reino es la fotografía móvil, literaria, de una situación distópica; la cuidadosa construcción de un mundo imaginado; la elaboración literaria de eso que todo autor se plantea ante el teclado al momento de escribir una novela: qué pasaría si. De algún modo, Toledano logra resolver el conflicto planteado por Silverberg, que veía a la ciencia ficción peligrosamente seducida por el cuento corto y limitada ante las grandes exigencias de la novela. Stephen King pasó ocho años redactando The Stand (1978), su incomprendida obra magna donde presenta un país devastado por la plaga y una colección de personajes en busca de su historia y de su porvenir. Como King, Toledano presenta, en su propia utopía negativa, una historia que, se percibe, pasó pensando y escribiendo durante años. En Las puertas del reino es la ciudad derruida la verdadera protagonista, y la trama, para decirlo con Silverberg, recede, y se vuelve una suerte de escenario. La inédita madurez de esta primera novela se hace explícita en la manera en que el narrador se toma el tiempo para describir, lenta y pacientemente, un paisaje incomprensible, sólo edificable a partir de símiles con referentes únicamente imaginables. Esta ciudad de los Palacios de Hierro herrumbrosos e inundados, es innegablemente hermana del Londres bajo el agua de la también primera novela de J.G. Ballard (The Drowned World, 1962), pero sin las pretensiones críticas, parabólicas y políticas del autor de la Exhibición de atrocidades: se trata de una novela donde el mundo imaginado es, precisamente, el punto nodal y protagónico, donde las causas de la devastación no importan, sino el modo en que se sigue siendo humano en una ciudad en insoportables circunstancias. ~