Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo XX, de Carlos Monsiváis | Letras Libres
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Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo XX, de Carlos Monsiváis

Pesquisas de un herederoCarlos Monsiváis, Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo XIX, Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América, México, 2000, 414 pp.La cultura moderna, con todo su plebeyismo, no logra desentenderse de las leyes de la herencia. En materia genealógica, el intelectual moderno es, por lo menos, ambivalente. Así como inventa una herencia espiritual que justifique sus acciones, resiente que detrás de alguna tradición se esconda la autoridad del pasado, la obligación de respetar la sangre. El moderno es, por ello, un huérfano incómodo en su orfandad, un hijo que, como en el poema de Lezama, ha huido de sus padres, siguiendo el "llamado del deseoso", y que a mitad de la fuga siente el horror de una ausencia que "se ahonda como un cuchillo".
     Carlos Monsiváis explora esta ambivalencia de la modernidad, tan memoriosa como olvidadiza, en su libro Las herencias ocultas. "¿Por qué —se pregunta el autor de Días de guardar— han quedado en las sombras los grandes escritores liberales mexicanos del siglo XIX?" A Monsiváis, sin embargo, más que explicar el olvido le interesa practicar el recuerdo. Por eso su respuesta es intangible: el ocultamiento de la herencia liberal decimonónica en el México de fines del siglo XX se debe al "analfabetismo funcional", a la falta de un espíritu arqueológico en la política editorial, al predominio de un lector incapacitado para asimilar viejas retóricas. Luego de estas insinuaciones al paso, Monsiváis va a lo suyo y nos ofrece las semblanzas de siete liberales mexicanos del siglo XIX: Juan Bautista Morales, Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Payno, Vicente Riva Palacio y Manuel Gutiérrez Nájera.
     Estas semblanzas, pequeñas piezas de biografía política e intelectual, comparten la valoración de la pedagogía cívica en el liberalismo mexicano. Los liberales del siglo XIX fueron fundadores de un Estado nacional que se levantaba sobre la tradición corporativa y estamental del antiguo régimen novohispano. De ahí que casi todos ellos asumieran el rol de educadores morales, de maestros espirituales de la nueva ciudadanía. Esta función, más republicana que liberal, los obligó a colocarse en el centro del espacio público, repartiendo sus vidas entre el periodismo, la conspiración, el gobierno y la tribuna. "La política en una nación incipiente —dice un Monsiváis cercano a Tocqueville—, es atmósfera inescapable". Esa centralidad de lo político, propia de todo romanticismo, inclinó la escritura de los liberales hacia géneros didácticos, como la oda, el diálogo, la memoria, el folletín, la crónica, el costumbrismo y la historia patria.
     Uno de los aciertos de este libro es, a mi juicio, la capacidad de leer atmósferas y voluntades afines en textos y autores tan diversos. En El Gallo Pitagórico de Morales, en Memorias de mis tiempos de Prieto, en las utopías del Nigromante, en  El Renacimiento de Altamirano, en las novelas de Payno, en los folletines de Riva Palacio y en los poemas de Gutiérrez Nájera, Monsiváis encuentra una misma política de la escritura, una similar instrumentación de las letras con fines públicos. Política de la literatura que es, también, una poética de la historia nacional, en la que el México liberal, con su culto a la Independencia y la Reforma, pelea a muerte contra el México conservador, que reclama el legado del Virreinato y de los imperios de Iturbide y Maximiliano. Monsiváis, por cierto, reconstruye el maniqueísmo de aquellos nacionalistas liberales sin tomar distancia de sus tópicos más firmes, como si buscara, en el siglo XIX, alegorías de sus batallas posmodernas.
     Pero es dentro de cada semblanza donde se explaya la agudeza del ensayista. El autor de Aires de familia tiene el don de iluminar paradojas: el catolicismo anticlerical de Morales, el gusto por el poder del independiente Prieto, el conservadurismo lírico del radical Ramírez, los desencantos del laborioso Altamirano, el racismo de Payno, cierta nostalgia virreinal en el descolonizador Riva Palacio, la visión sombría del periodismo en el publicista Gutiérrez Nájera. Este énfasis en la paradoja es prueba de que Monsiváis, aunque no oculta sus simpatías intelectuales, practica la biografía de un modo crítico. La semblanza y el retrato eran, para los lectores de Carlyle y Emerson, géneros de difusión de personajes virtuosos que actuaban como guías espirituales del pueblo republicano. Para Monsiváis, en cambio, las vidas ejemplares de aquellos liberales no son inmunes a las taras morales del romanticismo y el modernismo, de la República Restaurada y el Porfiriato.
     Puestos a elegir afinidades, prefiero las semblanzas de Ignacio Ramírez, por su admirable lectura de una oratoria radical, y la de Manuel Gutiérrez Nájera, indagación sobre las posibilidades cívicas del flâneur, a las de Payno y Riva Palacio. La alianza de Payno con los conservadores en 1857, desde la difícil posición de un liberal moderado, no es suficientemente atendida en tanto hito biográfico que se reflejará en su novela El hombre de la situación. El apoyo de Payno al gobierno conservador de Félix Zuloaga es uno de esos momentos estelares de la Traición, según la historiografía liberal, que informa sobre la inclemencia de las ideologías nacionales en el siglo XIX. En la semblanza de Riva Palacio lo biográfico y lo literario logran una mayor hilvanación, aunque se echa de menos un análisis detenido de México a través de los siglos, documento insoslayable de la misión pedagógica que asume una historia patria.
     Las herencias ocultas es uno de esos libros en los que se insinúan argumentos de otros libros posibles. Pienso, por ejemplo, en una historia de los intelectuales mexicanos, entre la República Restaurada y el Porfiriato, que estudie el cambio de la función social de la literatura y los letrados a fines del siglo XIX. En algún pasaje enjundioso, Monsiváis advierte que a partir de los años setenta, cuando se enfría la epopeya de la Reforma y de la guerra contra la intervención y el imperio, los intelectuales dejan de ser estadistas, a la manera de Payno y Prieto, y, sin abandonar la opinión pública, se entregan a las "bellas letras". Algunos síntomas de la poética modernista —la ironía, el escepticismo, el ocio, la decadencia— habrían sido, dice Monsiváis, "inadmisibles en una economía literaria de guerra".
     Otro libro implícito sería aquel que explicara el olvido de la tradición liberal, el porqué de unas "herencias ocultas". ¿Acaso el liberalismo no ha sido ese tronco "correcto" del pensamiento mexicano del siglo XIX, reclamado como "fundacional" por casi todas las ramas ideológicas del siglo XX: la revolucionaria, la nacionalista, la institucional, la marxista, la neoliberal...? Más comprensible sería que las "herencias ocultas" se refiriesen a la tradición conservadora, la cual ha ocupado siempre el lugar del "traidor" en la historiografía nacional. Sospecho, sin embargo, que el argumento de Carlos Monsiváis es más sofisticado: la herencia liberal se oculta bajo las malas lecturas —instrumentales y teleológicas— del nacionalismo revolucionario. La visibilidad del pensamiento liberal, esa que le han concedido las élites políticas del siglo XX, es falsa o, a lo sumo, simbólicamente real.
     Las herencias ocultas pueden ser leídas, entonces, como las pesquisas de un heredero. ¿Qué rescata Monsiváis de un legado tan manido, tan escamoteado por el régimen autoritario de ayer? Más que ideas, actitudes. El laicismo de Morales y Ramírez, la valentía política de Prieto, el tino sociológico de Payno y Riva Palacio, la ubicuidad pública de Altamirano y el refinamiento de Gutiérrez Nájera son virtudes que el autor de Los rituales del caos considera vigentes y necesarias, facultades que hacen de aquellos clásicos nuestros contemporáneos. Y aunque, por lo general, se le ha visto como un seguidor del arquetipo del cronista urbano, creado por Altamirano y continuado por Novo, Carlos Monsiváis, hay que decirlo, ha hecho suyas esas virtudes liberales y ha dado vida, por más de cuarenta años, a la valiosa tradición del intelectual público en México. -