Las complejas historias de la vuelta a casa | Letras Libres
artículo no publicado

Las complejas historias de la vuelta a casa

En su última novela, Juan Cárdenas reinterpreta la fábula y la novela negra para narrar la lucha interna de su protagonista al volver a su hogar. Es, entre muchas cosas, una metáfora del fracaso donde el regreso a casa no tiene nada de entrañable.

Dentro de los tópicos literarios, la vuelta al hogar encabeza la lista. Quien sale de casa lo hace porque debe superar una serie de pruebas que lo ayuden a reestablecer el orden. A todo movimiento de partida le corresponde uno de llegada, de lo contrario no es posible hablar de triunfo. El ejemplo más socorrido es el de Odiseo, quien tras una década lejos de Ítaca vuelve a los brazos de Penélope después de enfrentarse a cíclopes, hechiceras, sirenas y pretendientes para reclamar el trono que siempre le perteneció. Pero ¿qué pasa cuando no hay un triunfo en el regreso, cuando las aspiraciones se convierten en decepciones y se carga la maleta con desencanto?

En la última novela de Juan Cárdenas (Colombia, 1978), El diablo de las provincias (Periférica, 2017), la vuelta al hogar del protagonista no representa un descubrimiento nostálgico de las raíces, sino un constante recordatorio del fracaso. Al volver después de un exilio voluntario de quince años, el protagonista —cuyo nombre desconocemos— vuelve a la “ciudad enana” porque en la academia extranjera no hay lugar para él. A pesar de estar más preparado que el resto de los habitantes de su país natal, el biólogo no es más que una “mercancía vulgar” que solamente puede aspirar a ser profesor sustituto en un internado de jovencitas embarazadas. La “ciudad chica”, el “casipueblo” o el “lugar conservador y atrasado” donde tuvo la desgracia de nacer, se burla en su cara cuando vuelve porque no le queda de otra.

Mientras el biólogo intenta ignorar las panzas puntiagudas y el fanatismo religioso de sus alumnas, un reencuentro con dos mujeres de su pasado y con su tío trae de vuelta al fantasma de su hermano asesinado. El protagonista queda atrapado en una red que involucra sectas religiosas, bebés peludos, haciendas, producciones televisivas y grupos criminales. Aunque el biólogo desee tomar el control de su vida, pronto descubre que la vuelta a su casa es parte de un plan maléfico destinado a la ruina porque “[…] la vida es dura y al mismo tiempo inestable, insensata, y a la vez está regida por una geometría que no podemos conocer pero sí sentir en carne propia, y cuando uno elabora un plan, cuando uno proyecta una idea y diseña y forja y esculpe, la vida siempre se encarga de deformarlo todo, como si esa vida estuviera gobernada por demonios malignos”.

Cárdenas se separa del tópico del feliz regreso a casa porque su protagonista constantemente está cuestionando lo que observa. Las comparaciones que realiza entre la tierra que dejó y la tierra a la que volvió carecen de asombro y en su lugar muestran la decepción por la monotonía de la vida. A pesar de que la ciudad enana haya crecido y ahora cuente con centros comerciales y carreteras que la conectan con otros puntos del país, a los ojos del protagonista estas muestras del “progreso” no son más que un recordatorio de la miseria en que se encuentran sus habitantes. Incluso, las memorias que el protagonista tiene del hogar no son positivas. A diferencia de la magdalena que despierta los recuerdos de la infancia del narrador de En busca del tiempo perdido, las mantecadas que el biólogo prueba mientras recorre las calles de su ciudad natal le provocan asco. La rememoración fracasada incita que el protagonista se sienta como un extraño en su propia ciudad.

La riqueza de las descripciones de los espacios contrasta con la nula descripción física de los personajes porque solamente los conocemos por aquello que dicen y hacen. Tampoco conocemos sus nombres, los identificamos por sus profesiones o relaciones: el díler, la madre, el hermano, el tío. Yuri Herrera hace algo similar en Trabajos del reino (Periférica, 2010) y el mismo Cárdenas emplea este recurso en Los estratos (Periférica, 2013). Sin embargo, lo que distingue a esta novela es la reflexión de la lengua como mecanismo de adaptación que recupera los acentos, léxicos y tonos para sobrevivir a los cambios en el entorno. Un fenómeno recurrente entre quienes dejan su hogar es la variación lingüística, palabras y acentos se “pegan” y modifican el habla. La vuelta a casa implica una recuperación de la lengua madre, la cual nunca se pierde del todo, pero que queda expuesta ante la influencia de otras lenguas. El biólogo nota estos cambios en la conversación que sostiene con su amigo de la infancia: “Así se habían hablado siempre, sin recurrir al melifluo tuteo con el que algunos paisanos intentaban disimular ante los demás el trato de vos, la sorna cómplice, las consonantes aspiradas, el dialecto machetero del sur que el biólogo, a pesar de los años de exilio voluntario, no había perdido del todo”.

Como el científico humboldtiano que el biólogo aspira a ser, Cárdenas asume su singularidad y desde la fragilidad de su espacio pinta una imagen fragmentaria del mundo. Las miniaturas que la componen no nos son ajenas porque aluden a nuestras más profundas aspiraciones y temores sin caer en el cliché emocional. Esto, aunado a su prosa ágil, la convierte en un texto que difícilmente se puede encasillar en un solo género.

La historia de Cárdenas abreva también de las novelas negras que son metáforas del poder que revelan las relaciones entre los criminales y el Estado, donde la verdad no puede ser descubierta. Cárdenas retoma esta idea al denunciar la falta de acción de las autoridades para resolver los crímenes. Su personaje principal intenta descubrir qué pasó con su hermano mientras él se encontraba en el extranjero, pero pronto llega a la conclusión de que eso será imposible porque “no hay mejor forma de matar una historia que volviéndola cada vez más complicada, ahogándola de información inútil y desconcertante. La atención del lector se va dispersando entre las mil y un ramificaciones de una trama cada vez menos interesante y es de esta guisa, señoras y señores, es con estas mañas de culebreros y cuentacuentos, como se fabrican las impunidades en este país”. El colombiano construye la intriga para mantener al lector en expectativa. En sus páginas no hay pistas ni soluciones a los problemas a los que se enfrenta su protagonista.

El diablo en las provincias no es solo una novela negra, es también una fábula, como lo deja entrever su subtítulo: Fábula en miniaturas. Una forma narrativa que comparte con la novela de Yuri Herrera y que permite narrar la violencia desde otro registro que no es realista o periodístico. Cárdenas prescinde de las prosopopeyas y rimas, pero mantiene una voz narrativa en tercera persona que expone los vicios y costumbres de la especie humana. Constantemente, este narrador emite juicios sobre temas polémicos: el abuso de las tierras, el consumismo, la discriminación hacia la comunidad afroamericana, el fanatismo religioso, entre otros, que llevan la reflexión más allá de los ideales de éxito y fracaso. Pero Cárdenas no abusa del tono moralizante, su historia carece de un desenlace feliz donde el biólogo sale triunfante y los misterios se resuelven. La moraleja tanto para los lectores como para el protagonista es que el regreso a casa no siempre resulta como esperamos y que es necesario conocer el sabor del fracaso para habitar el hogar.