Las coartadas de la mediocridad | Letras Libres
artículo no publicado

Las coartadas de la mediocridad

 

Carlos Elizondo Mayer-Serra

Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre

México, Debate, 2011, 368 pp.

 

La energía del Estado es indispensable para la vigencia de los derechos. Lo anticipó Hobbes, lo aceptaba Locke, lo entendieron bien los federalistas en Estados Unidos. Sin un poder común, los derechos son palabras, las libertades declaraciones. En México, los primeros liberales no lo aprendieron de esos libros sino de la experiencia. José María Luis Mora se percató de que el liberalismo aquí, antes que restringir al Estado, tenía que fundarlo, fincarlo como una palanca para los derechos. Si había que combatir al régimen de los privilegios, era indispensable emplear la palanca del poder público. Carlos Elizondo Mayer-Serra ha publicado un libro que continúa esa vieja indagación sobre el vínculo entre el poder y los derechos, el Estado frente a los privilegios.

Carlos Elizondo explora las razones de nuestro estancamiento. Armado de estudios de la OCDE, de reportes del Banco Mundial, de un arsenal de piezas académicas, pero también de la anécdota y la observación imaginativa, expone los nudos de nuestra mediocridad: barreras a la competencia, instituciones atrancadas, árbitros escuálidos, ventajas certificadas por ley. Tal vez su libro sea el intento de apropiarse de un insulto. Darle la vuelta a la descalificación común para convertirla en prenda de orgullo. “Neoliberal” es la ofensa más común en el debate político. De izquierda a derecha, del PAN al PRD pasando por el PRI, todos coinciden en que el neoliberalismo es un cáncer. Ser neoliberal es ser el malnacido que no entiende de la historia, un dogmático que desconoce la realidad, un usurero que está dispuesto a convertir las pirámides en un centro comercial. Elizondo advierte desde las primeras páginas del libro que nuestro problema no es que sobre liberalismo, sino que falta. Tuvimos privatización pero no saltamos a la competencia; tenemos democracia pero nuestra legalidad está agujereada. Después de todo, decir liberalismo es decir, antes que cualquier otra cosa: Estado eficaz.

A México no lo maldice su origen. No es lo que somos sino lo que hemos hecho lo que nos impide crecer acelerada y sostenidamente. Mientras Jorge G. Castañeda regresa a la literatura de la identidad en su libro reciente, Carlos Elizondo destaca el impacto de las instituciones. Dejemos al alma mexicana en paz. Hablemos de nuestras decisiones, de nuestras reglas. La gran competencia en el mundo contemporáneo no es por los recursos de la naturaleza sino por los artefactos del ingenio institucional. La competencia global, dice, es una competencia por tener las mejores instituciones. Por ello, la suerte de México no depende de la propiedad de los líquidos del subsuelo sino del complejo de estímulos y castigos que envuelven la actividad política y económica. Para Elizondo las instituciones son la hidráulica esencial del desarrollo: canalizan las energías sociales, reducen la incertidumbre, apuntalan ciertas expectativas, encaminan el conflicto. No se trata de estructuras neutrales sino, por el contrario, de piezas que prefiguran ganadores y perdedores. Las instituciones no son la superación de las diferencias, sino otro momento del conflicto. Ese es el meollo: nuestras instituciones fueron capturadas por un grupo de predilectos bien organizados: los empresarios monopolistas, los grandes sindicatos, las burocracias de los partidos. Las reglas del juego político (las escritas y las otras) les otorgan ventajas descomunales: los colocan por encima de la ley y los resguardan de la amenaza de la competencia.

La mediocridad es conquista de nuestro diseño institucional. Las reglas premian a la sanguijuela rentista, no a la abeja que produce. Si la escuela fracasa es porque fue construida para el sindicato y la burocracia, no para los niños que se sientan en los pupitres. Si la política es sorda es porque está bien pertrechada: mandan las burocracias y no necesitan perder el tiempo rindiendo cuentas. Si la economía apenas crece es porque es sierva de los privilegios. Si festejamos rutinariamente un nuevo récord Guinness es porque nos empeñamos en participar en competencias donde somos los únicos: nos orgullecemos así por preparar el tamal más grande del planeta.

Por eso estamos como estamos. La economía política de un crecimiento mediocre es el mejor libro que podemos leer sobre las zancadillas que nos hemos puesto. Con la ley en la mano, un pie traba al otro. Vestimos los estorbos como herencias culturales, señas de identidad, orgullos ideológicos. Son intereses crudos incrustados en instituciones. Este es un libro sobre dos reformas inconclusas. En realidad, se trata de dos éxitos que se agotaron. Éxitos que exigían perseverancia terminaron encallando. Al momento de acercarse a los intereses más profundos, el paso reformista se detuvo. Una lenta reforma política terminó por matar al presidencialismo apabullante. Pero el pluralismo que nació de los cambios electorales no dio lugar a una coalición eficaz sino a una democracia torpe que cohabita con una confederación de poderes autoritarios. Las reformas económicas abrieron la economía al mundo, transfirieron propiedades del Estado a particulares pero no fundaron instituciones regulatorias fuertes y negaron la competencia. Algunos creyeron en la magia del voto, otros compraron el paraíso del Primer Mundo como obsequio del Tratado de Libre Comercio. Estas desilusiones simultáneas han llevado a muchos a optar por la nostalgia: unos anhelan la restauración de la presidencia mayoritaria, otros idealizan la economía de tiempos pre-neoliberales. Para Elizondo el camino no está atrás sino afuera. Es democrático y abierto. Y es también relativamente sencillo: aprender de lo que funciona en otras partes. De la historia pueden extraerse lecciones pertinentes pero más vale alimentarse del mundo. Su propuesta (que cae en el tic del decálogo) no es un paquete de complejas recetas económicas, sino un retorno a lo elemental: promover de verdad la competencia, recompensar el mérito, fundar un Estado sólido que asegure derechos universales.

Alexis de Tocqueville habló en su momento de la teoría del interés “bien entendido”. Se refería a la necesidad de embonar los intereses individuales con los bienes públicos. Carlos Elizondo bosqueja en su libro algo así como una teoría del estatismo bien entendido. Necesitamos Estado: un Estado que sea capaz de imponer efectivamente la legalidad, un Estado que tenga la fuerza para combatir los privilegios, un Estado capaz de retomar la senda del reformismo, un Estado que se levante por encima de los intereses parciales, un Estado que haga efectivos los derechos y exija el cumplimiento de las obligaciones. Solo un Estado fuerte –que no gobierno autoritario– podrá transformar el país de los privilegios en nación de derechos que premia el mérito y se aviva en competencia. ~