La voluntad del ámbar, de Coral Bracho | Letras Libres
artículo no publicado

La voluntad del ámbar, de Coral Bracho

Parecería que sustraer y desincorporar son las consignas de Coral Bracho en su nuevo libro La voluntad del ámbar. Se evidencian en él las afinidades conocidas de la poeta: limpidez y concreción. Una primera lectura de este singular puñado de poemas revela un mundo de menudencias e intimidad, un mundo fino y lustroso mostrado en viñetas de impecable factura. Todo esto es cierto, pero hay que notar que es el resultado de un contrapeso que subyace y sostiene, me parece, a la leve construcción que se manifiesta en la superficie. Cada poema anuncia, sugiere y a veces revela una sólida raigambre que está ahí para mejor mostrar lo que afuera sucede: la luz, el aire, la epidermis. Modesta, necesaria hondura. Si la poesía de Coral Bracho parece levitar e, incluso, alejarse volando, es porque el contraste gravitacional verifica la audacia de ese vuelo. Si así no fuera, la audacia sería temeridad y fruslería: no habría vuelo sino conato, y el libro se desbarataría entre nuestras manos. La luz, por ejemplo, que es muchas veces protagonista de La voluntad del ámbar, no es simplemente un ente iluminador sino dador de cuerpo y relieve; es una luz que proyecta sombras nítidas que delimitan y enfatizan, así, la transparencia. Hay una obra negra que, como tal, no se ve, pero es fundamento y punto de partida para la conquista de la levedad. Escrito con los cinco sentidos desplegados y alerta, este libro es una colección de atmósferas que suceden en un tiempo instantáneo. No son un tiempo y un espacio ubicables, sino existentes en tanto que cobran vida ante nuestra desprevenida mirada, que encuentra, sin buscar, ámbitos insólitos. Ahora bien, el tiempo instantáneo es así porque aprehenderlo significaría aterrizarlo, detenerlo e, incluso, como lectores, manipularlo. La virtud de esta poesía es que, estando ahí, se fuga siempre, y tiende –como en el poema “Piedra en la arena”– a dejarse releer como si ya no existiera. Coral Bracho hace patente su intriga –que también es regodeo– por las reacciones del lector. Jala hilos, seduce, provoca y siempre desaparece. Nunca deja de sospechar, además, que ella también participa de otra lectura movida por hilos movidos por quién. “Dios me ve”, dice, pero su aseveración es sostenida por un lindo juego retórico que parece entregarse más a la religiosidad de las palabras que a la devoción dominical. Dije modestia y desaparición. ¿En dónde está, o a dónde se ha ido, el personaje que pronuncia “yo” en La voluntad del ámbar? Respondo prosaicamente: tras bambalinas. No se ha ido del todo, pero tampoco espía: responde al llamado de otras voces apenas audibles, la voz del remanso y la quietud, la voz de la sombra. La trama de la luz ha sido urdida por alguien que no resiste la tentación y el cobijo que ofrece la penumbra. Hay una voz sin boca, digámoslo así, una representación sin autor que se genuflexione ridículamente ante aplausos o abucheos pero que tampoco nos escucha tras la espesa cortina: lo perdimos, está ya en la otra orilla, y desde ahí, al cambiar de poema, nos volverá a convocar. El libro es provocador en más de un sentido: inquieta su construcción formal, su aparentemente arbitraria distribución de sintagmas. Sabemos que no hay tal arbitrariedad, que –muy al contrario– a Coral Bracho le interesa y gusta particularmente la figura del encabalgamiento: pasmar la respiración y la vista apenas un segundo, dar otra vuelta de tuerca que enfatice, o altere, o acelere, el sentido original de una lectura con la que ya comenzábamos a sentirnos cómodos. Parecería que la distribución de los versos –con encabalgamientos abruptos, según la clasificación de Dámaso Alonso– tiene un objetivo concientizador, que cada vuelta está ahí para acentuar el camino (y de paso evitar que el caminante se distraiga: no hay errancia en estos poemas). No es, al cabo, una cuestión meramente rítmica sino casi silogística: el movimiento es conceptual, se pasa de una deducción a otra. Esta sólida experimentación formal destaca el trabajo de la autora de Peces de piel fugaz de entre sus contemporáneos, la sitúa en el lugar de la inquietud y la búsqueda, voz inasible, proyectándose siempre hacia adelante. Poesía del éxtasis y la revelación, creadora de atmósferas y de temple oriental (léase “Mariposa”), se presta a la automática comparación con la obra de Elsa Cross. Pero el impulso se arrepiente: el cotejo hallaría tesituras semejantes y no más. La escuela (entendida como senda) ha sido depurada de la poesía de Coral Bracho, no se pretende iniciar a nadie ni demostrar el aprendizaje sino, simplemente, actuar con sabiduría. Decir lo justo, administrar las palabras y no arrojar luz sino iluminarse: como el ámbar, como un acuario encendido por sus peces. La temática central de este libro es el amor, manifestado como tiempo suspendido, pasmo. Los ojos enamorados de la poeta insisten en el conocido dictum: lo importante no es lo mirado, sino la mirada. Esa mirada, sensual, crea mundos insospechados por la originalidad de su ritmo, por el raro enlace de sus vocablos y por su perspectiva oblicua. Cada poema, más que un paisaje (pues así parecería en una primera instancia), es un momento de rara belleza. Los mundos creados son mundos en el tiempo, o mejor: a salvo del tiempo por virtud de esa mirada. Profundos y fugaces, raros, los poemas de este libro acaso descubren nuevas correspondencias y nos hacen recordar ese parfois del célebre soneto de Baudelaire. Saludable y resfrescante aparición la de La voluntad del ámbar, que demuestra una vez más que para alcanzar la sencilla perfección de un trazo es necesario reunir, como en la anécdota de Chuang Tzu el dibujante, paciencia y pertinacia. Un guijarro es una piedra alisada y redondeada a fuerza de rodar impulsada por las aguas. ~